![]()
Esta columna es un espacio dedicado a la búsqueda del sentido de las palabras. Un ejercicio arqueológico, etimológico y, si se puede decir, biográfico. Cada entrega nos permitirá conocer la historia, el significado, el uso y el sentido de una palabra. Mauricio A. Montoya.
“El mercado no es un invento del capitalismo. Siempre ha existido. Es un invento de la civilización”.
Mijaíl Gorbachov.
En las leyes que rigen la economía moderna, el mercado es considerado como una figura abstracta o una “mano invisible”, como lo definió el economista escocés Adam Smith, que lo regula todo en el mundo del libre comercio. Dicho de otra manera, el mercado es una suma de actores –productores, vendedores, consumidores y hasta “recicladores”–, que hacen parte de una ruleta que tiene como lemas el “laissez faire, laissez passer” (dejar hacer, dejar pasar).
Pero no siempre fue así, ya que en su denotación más universal, el mercado alude a un lugar público (plaza de mercado o supermercado, como lo llamamos hoy) al que la gente acude para abastecerse de bienes o víveres que son intercambiados, no a manera de trueque, con los comerciantes (mercaderes) que los ofrecen en estos lugares. Una transacción que se realiza gracias al dinero en efectivo, a las tarjetas electrónicas y a los, cada vez más usados, códigos QR.
La historia del término en cuestión (mercado) se remonta hasta los etruscos, un pueblo que habitaba la península itálica desde el siglo VIII a.C., y que comerciaba con los romanos diferentes tipos de productos. Al parecer, la raíz merk, empleada en la lengua etrusca, pasó al latín como mercatus y se refería a todo lo relacionado con las mercancías y el comercio. En su acepción como verbo el vocablo era mercari (comprar) y llegó al castellano bajo esa forma en la primera mitad del siglo XIII.
La palabra siguió evolucionando y de ella derivaron conceptos como mercader, mercante, mercancía, mercelogía, mercenario, mercadeo y mercadotecnia, estas dos últimas muy exitosas en el español para referirse a los estudios que tienen que ver con los mercados y a la vez para tratar de liberarse de la expresión inglesa marketing, usada generalmente en los escenarios oficiales y populares. No sobra decir que en el siglo XVI europeo, surgió una teoría económica que adoptó el nombre de mercantilismo y según la cual, la riqueza dependía del oro y la plata que se podía poseer y que por aquellos tiempos eran extraídos por los europeos de las colonias del nuevo continente (América).
Desde tiempos milenarios, los pueblos que habitaron la península arábiga fueron grandes mercaderes. Controlaron la ruta comercial del incienso y la mirra desde lo que hoy es Yemen, y tuvieron el monopolio marítimo del Océano Índico, navegando por las costas orientales de África y llegando hasta India y China para proveerse de especias como la canela y de artículos de lujo como la seda. La Meca, ciudad sagrada en la actualidad para los musulmanes, fue un bastión para las caravanas de mercaderes que recorrieron e invadieron el mundo con sus dromedarios y posteriormente con la doctrina religiosa del Islam.
Durante la Edad Media y el Renacimiento son recordados los mercaderes venecianos, en especial Marco Polo, una figura legendaria que nos legó en su “Libro de las Maravillas” miles de historias entre las que se cuentan la de las tumbas de los reyes magos en Persia o las referidas a su viaje, como emisario de la corte de Kublai Khan, al territorio de Ceilán (Sri Lanka).
Aunque antes de estas épocas ya existía el papel moneda para los intercambios comerciales, el siglo XII trajo como innovación, gracias al ingenio o la avaricia de los Templarios, las letras de cambio y las cartas de crédito, antecedentes de nuestro actual sistema financiero. Los Templarios emitían este tipo de documentos como respaldo de sus copiosas riquezas. Esta fue una de las razones, según algunos novelistas e historiadores, por las que el rey Felipe IV, llamado “el hermoso”, y el papa Clemente V, los persiguieron, los declararon herejes y los pulverizaron en las hogueras de la Santa Inquisición.
El mercado continúo su historia con la aparición de monopolios comerciales como la Casa de Contratación de Sevilla (1503), encargada del comercio entre el Imperio Español y el Nuevo Mundo, o las compañías Neerlandesas de las Indias Orientales y Occidentales creadas en 1602 y 1621 respectivamente, para el manejo de los negocios en sus territorios coloniales. Posteriormente y con la aparición de la Revolución Industrial (siglos XVIII – XIX), el mercado desencadenó sus tentáculos y utilizó como estrategias la explotación de materias primas de sus colonias (caso India) y la apertura de mercados comerciales por la fuerza (guerras del opio contra China).
La segunda Revolución Industrial, liderada por EE.UU a principios del siglo XX, trajo el dominio de industrias como la del carbón, el petróleo (Rockefeller), la guerra (Primera Guerra Mundial) y las de aquellas dedicadas a los sistemas de producción en cadena (Tylor y Ford). Con ellas se posicionó el capitalismo bursátil en la personificación de Wall Street. Importó poco la Gran Depresión de 1929, pues el New Deal y la Segunda Guerra Mundial terminaron por entregarle a los norteamericanos el poder y la potestad para firmar el Tratado de Bretton Woods (1944), el mismo que ordenó la apertura comercial del mundo, el uso del dólar como divisa internacional y la constitución del FMI (Fondo Monetario Internacional), el BM (Banco Mundial) y el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y de Comercio – Transformada en 1995 en la OMC / Organización Mundial del Comercio).
Planes como el de la reconstrucción de Europa (plan Marshall) o el de apoyo económico a proyectos militares, sociales y de infraestructura en América Latina (Alianza para el Progreso) solidificaron las “cadenas” del mercado a nivel global. Ni siquiera la revolución de los años 60 pudo acabar con el mercado, pues como lo dijo Vicente Verdú, “aquella generación que apostaba por el comunismo, terminó, con los años, siendo la más consumista e individualista del planeta”. Una completa ironía.
No me ocuparé en esta columna de temas como la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín, el desmoronamiento de la U.R.S.S o la victoria del Capitalismo con el famoso Consenso de Washington (1989). Son asuntos ya bastantes manidos y que, tan solo, ratifican la consolidación del mercado, ese mismo al que hoy llamamos Globalización.
No obstante, me gustaría terminar esta nota haciendo mención a la que hoy podría ser considerada la mayor multinacional del mercado: la FIFA. Interviene descaradamente en asuntos de los estados, pues ningún gobierno o sistema de justicia local puede atreverse a investigar a las federaciones nacionales de fútbol, so pena de que su selección o equipos locales sean inhabilitados –internacionalmente– para participar en eventos futbolísticos. Exige a los gobiernos de los países anfitriones de las copas del mundo (no hablemos ya de los sobornos) prebendas como la exención de impuestos a sus socios comerciales, control de la oferta de productos alrededor de los escenarios deportivos, cobro de impuestos a quienes usen alguna de sus marcas y los derechos exclusivos de transmisión. Tranza con autócratas como Trump para concederle un premio de paz, asignarle al país la mayoría de sedes del mundial 2026 (11 en total) y cambiar las reglas disciplinarias del juego; no vaya ser que se enoje “el anaranjado” y reviva el FIFA Gate de 2015, esta vez contra Gianni Infantino y sus secuaces. Controla los tiempos y el mercado de las transferencias y fichajes de los jugadores en todas las ligas del mundo (quién sabe si también invierte en otro tipo de tráficos). Promueve las apuestas sin ningún pudor, pues seguro cree que hacen parte de la función (menos mal que todavía quedan jugadores como Kylian Mbappé, que se han negado –rotundamente– a que su imagen sea usada para promocionar la industria de las apuestas). Y, finalmente, pero seguro que no es lo último, busca, a toda costa, acabar con la esencia del torneo orbital, con tal de incluir en la próxima cita mundialista a China e India, dos de las economías más consumidoras del mundo; no en vano se hace la de la “vista gorda” con situaciones anómalas ocurridas a favor de la selección Argentina en este campeonato. Qué tal que a la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) se le ocurra cancelar los contratos que desde 2022 tiene con compañías Chinas. No finjan sorpresa cuando se enteren que la selección Argentina de mayores jugó un amistoso contra Australia, en territorio Chino, en el año 2023 o que Lionel Messi hizo una gira, cual estrella de rock, por varias ciudades de la India en diciembre de 2025. Una de las ciudades fue Calcuta, lugar donde se había construido una estatua de 21 metros de altura en honor a “la pulga”, pero que tuvo que ser retirada meses después por cuestiones de seguridad.













Comentar