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Hay momentos en la historia de un pueblo en los que la mayor virtud no es la fuerza, ni la imposición, ni siquiera la capacidad de convencer al otro. Es la cordura.
Hoy, el municipio de Andes atraviesa uno de esos momentos. La discusión sobre la modificación excepcional del Plan Básico de Ordenamiento Territorial (PBOT) y sus implicaciones para la ampliación del relleno sanitario ha despertado profundas preocupaciones en amplios sectores de la comunidad. Se trata de un debate que marcará el futuro ambiental, social y territorial del municipio, y precisamente por ello merece ser abordado con absoluta serenidad, respeto y responsabilidad.
La cordura exige escuchar antes de decidir. Exige informar antes de imponer. Exige dialogar antes de confrontar.
Ninguna administración pública puede olvidar que gobierna para todos los ciudadanos, incluso para quienes no comparten sus decisiones. La Constitución Política no concibió la participación ciudadana como un simple requisito formal, sino como un verdadero derecho que permite a las comunidades intervenir en aquellas decisiones que afectan directamente su territorio y su calidad de vida.
Por eso preocupa que, frente a las inquietudes legítimas de numerosos habitantes de la vereda La Solita y de otros sectores del municipio, la respuesta parezca orientarse más a acelerar un procedimiento que a construir consensos. Cuando una comunidad solicita información, pide estudios técnicos, exige explicaciones o reclama espacios reales de participación, no está obstaculizando el desarrollo; está ejerciendo un derecho constitucional.
La cordura también exige reconocer que nadie posee la verdad absoluta. Ni la Administración Municipal, ni los ciudadanos organizados, ni las autoridades ambientales. Precisamente por eso existen los estudios técnicos, los procedimientos administrativos, el control judicial y los mecanismos de participación ciudadana. Su finalidad es garantizar que las decisiones públicas sean transparentes, legales y suficientemente justificadas.
En una democracia, disentir no convierte a nadie en enemigo. Quien expresa reparos frente a un proyecto público no puede ser visto como opositor del desarrollo, así como quien considera conveniente una determinada obra tampoco debe ser descalificado automáticamente. El verdadero progreso nace cuando las diferencias pueden discutirse con argumentos y no mediante descalificaciones.
Andes siempre ha sido reconocido como un municipio trabajador, cafetero, solidario y profundamente humano. Esa identidad merece ser protegida. No podemos permitir que un debate sobre el futuro del territorio termine fracturando la convivencia entre vecinos, familias y amigos.
Hoy más que nunca necesitamos autoridades abiertas al diálogo, concejales que ejerzan con independencia su función de control político, instituciones que garanticen la transparencia de los procedimientos y una ciudadanía que continúe participando de manera respetuosa, organizada y responsable.
La historia demuestra que las mejores decisiones públicas son aquellas construidas escuchando a la comunidad y no aquellas impuestas desde un escritorio.
Si realmente queremos proteger el interés general, la primera condición debe ser la confianza. Y la confianza solo nace cuando existe información completa, participación efectiva, respeto por la ley y voluntad sincera de escuchar.
- Que la serenidad sustituya la confrontación.
- Que los argumentos prevalezcan sobre las descalificaciones.
- Que el diálogo reemplace la imposición.
- Que la legalidad sea el camino y no un obstáculo.
- Y, sobre todo, que la cordura sea el principio que guíe cada decisión sobre el futuro de nuestro municipio.
Porque cuando pase esta controversia, cuando los procesos administrativos y judiciales concluyan y cuando las decisiones definitivas sean adoptadas, seguiremos siendo vecinos, seguiremos perteneciendo al mismo pueblo y seguiremos compartiendo el mismo territorio.
Ese futuro merece construirse con respeto, con responsabilidad y, ante todo, con mucha cordura.
Los pueblos no se engrandecen cuando una administración logra imponer una decisión; se engrandecen cuando sus gobernantes tienen la grandeza de escuchar a su gente.













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