El auge del socialismo democrático en Estados Unidos: cómo la izquierda ha convencido a los jóvenes de que la riqueza se transfiere

Distintas reacciones en línea a recientes comentarios de Alexandria Ocasio-Cortez de que «nunca puedes ganar mil millones de dólares» revelan algo más significativo que el furor habitual en torno a cualquier frase que se vuelve viral.

Ese giro lacónico encapsula la manera en que los socialistas democráticos hablan de la riqueza, el capitalismo y la desigualdad. En términos políticos, conecta con frustraciones reales que muchos jóvenes estadounidenses sienten frente al aumento de los alquileres, la deuda estudiantil, la inflación, el estancamiento de la movilidad social y la creciente desconfianza en las instituciones. Pero quienes defienden la redistribución primero deben transformar toda una mentalidad económica. Para sembrar las semillas del resentimiento, no basta con reconocer que los multimillonarios se han enriquecido; el objetivo es persuadir a los jóvenes de que la riqueza solo puede obtenerse mediante la explotación o la redistribución.

Esta visión del mundo, tan insidiosa como poderosa, sigue tres pasos: un patrón diseñado para convencer a las nuevas generaciones de que la riqueza no se gana realmente, sino que se le quita a alguien más.

Paso 1: convencer a la generación Z de que el sueño americano ha muerto

Es posible que las generaciones más jóvenes ya estén inclinadas a considerar que el sistema económico está fundamentalmente diseñado en su contra. Tomemos el caso de Cristian Spariosu, un antiguo republicano partidario de Trump que ahora se define socialista independiente. «Fui un gran creyente en el sueño americano durante toda mi vida, y ahora simplemente pienso que es un sistema amañado y que los ricos no pagan la parte que les corresponde», declaró Spariosu al diario The Times de Londres. «Mucha gente se siente desesperanzada ante la posibilidad de pagar una casa y formar una familia. El sueño americano: muchos de nosotros pensamos que ha muerto», añadió.

Tal creencia, repetida con frecuencia por voces de los medios de comunicación, es a la vez persuasiva y corrosiva. Si las personas escuchan reiteradamente que, sin importar cuánto trabajen, jamás lograrán realmente salir adelante —que el sistema está construido para mantenerlas rezagadas—, la desesperanza se refuerza. Los altos costos de la vivienda, el aumento de los precios de los alimentos y la asfixiante deuda estudiantil son frustraciones reales, y el discurso político suele capitalizar ese malestar. No obstante, cuando la frustración depende de la convicción de que la movilidad social es imposible, la ambición se va transformando paulatinamente en ansiedad y resentimiento.

¿Por qué asumir riesgos?, ¿por qué construir?, ¿por qué crear?, ¿por qué apostar por el trabajo duro, el emprendimiento o la riqueza a largo plazo si el juego está amañado? Esa mentalidad pesimista cultiva un terreno fértil para la política redistributiva. Si un número creciente de personas comienzan a creer que el sueño americano ha muerto, entonces quitarles más a quienes están en la cima empieza a parecer, además de justificado, el único camino a seguir.

Paso 2: convencerlos de que la riqueza no se crea, sino que se transfiere

Una vez que la desesperanza echa raíces, el siguiente paso consiste en convencer a los jóvenes de que la riqueza es un pastel fijo: no se crea, solo se transfiere o redistribuye.

Si cada ganancia obtenida por los multimillonarios perjudica automáticamente a todos los demás, el éxito mismo se convierte en evidencia de que alguien fue explotado. Los miles de millones de Jeff Bezos deben depender de pagarles mal a sus empleados o aprovecharse de ellos. La enorme riqueza de Steve Jobs probablemente indique que no remuneró debidamente a sus trabajadores o que engañó a sus clientes. Bajo esta visión del mundo, la riqueza no se crea: se transfiere, o en otros términos, se toma. Es una lectura completamente equivocada de cómo se crea la riqueza en una economía de libre mercado.

Dentro del capitalismo, la riqueza es fruto del ingenio de personas que conciben algo verdaderamente valioso para que millones decidan voluntariamente comprarlo, porque se convencieron de que valía la pena renunciar a su dinero a cambio de ello. Nadie ha sido obligado a comprar en Amazon, adquirir un iPhone o suscribirse a Netflix. Cada empresa, y sus líderes, tuvieron que competir. Cada una crea y comercializa productos que los consumidores eligen entre múltiples alternativas. La riqueza se acumula en manos de quienes proporcionan valor.

Los clientes intercambian voluntariamente su dinero únicamente cuando valoran más aquello que compran que el dinero que gastan. Ese es el componente clave que los socialistas democráticos y otros críticos del capitalismo tienden a pasar por alto: en un intercambio voluntario, ambas partes obtienen un mayor bienestar, según su propia valoración. En el proceso, las ideas de miles de millones de dólares generan nuevos empleos, servicios, oportunidades económicas e incluso infraestructura para millones de personas más; pensemos en todos los pequeños vendedores que dependen del sitio web, los almacenes, los camiones y los empleados de Amazon. En el relato distorsionado de suma cero, la ganancia queda reducida a explotación. La ganancia constituye la evidencia de que alguien tuvo una idea, corrió un riesgo, invirtió tiempo y dinero, y ofreció una solución que millones de personas valoraron hasta el punto de adquirirla libremente.

Paso 3: convencerlos de castigar el éxito

Una vez que la riqueza se considera tomada, en lugar de ganada o construida, la redistribución se presenta como una necesidad moral: un mecanismo para corregir una injusticia.

La expresión “parte justa” pertenece a un poderoso —y peligroso— lenguaje político, pues desplaza la conversación de la economía hacia la moral. Las preguntas sobre cómo se crea la riqueza y cómo generar más desaparecen. La pregunta pasa a ser: ¿es justo que los multimillonarios tengan tanto cuando otros atraviesan dificultades?

Y esa pregunta abre espacio para un cambio todavía más profundo. Los votantes guiados por la “justicia moral” no se preguntan si una política mejora la situación de las personas, fomenta el crecimiento, recompensa la inversión o amplía las oportunidades. El enfoque de la sociedad se aleja de cómo empoderar a más personas para progresar, crear riqueza, ejecutar nuevas ideas y elevar su calidad de vida. Desde esa lógica, el objetivo pasa a ser redistribuir la riqueza existente, antes que propiciar un entorno donde más personas prosperen por sí mismas.

Generación Z, cuidado: las malas creencias derivan en malas políticas

El radical y persuasivo mensaje que se está transmitiendo a las generaciones más jóvenes sigue una contundente secuencia de tres pasos: 1) progresar es inútil; 2) la riqueza se roba, no se construye; y 3) la justicia exige castigar el éxito. Conforme las personas adoptan este esquema de tres partes, sus ideas sobre una política económica productiva se corroen. Los jóvenes muestran una marcada preferencia por políticas que atacan agresivamente la riqueza privada en nombre de la justicia y buscan redistribuir la riqueza existente. Al hacerlo, esas mismas políticas desalientan la inversión futura, reprimen la creación de empleo y limitan el crecimiento que extendería nueva riqueza.

Gústenos o no, la redistribución no puede construir empresas, impulsar la innovación, crear productos ni generar prosperidad a largo plazo. Un gobierno enfocado en gestionar la desigualdad, en lugar de favorecer la aparición de oportunidades, empieza lentamente a priorizar la división de la riqueza por encima de su crecimiento.

Toda una generación a la que se le enseña a observar la riqueza, las ganancias y el éxito con resentimiento, antes que con aspiración, terminará entregando un poder cada vez mayor a políticos que atacan el éxito al asumir que es inherentemente explotador. Las condiciones económicas de la vida adulta joven están cambiando con rapidez, y los jóvenes tienen todo el derecho a sentirse frustrados por las opciones que deben enfrentar. Sin embargo, están siendo engañados deliberadamente acerca de la riqueza y del crecimiento por quienes prefieren convencerlos de atribuirse el derecho al éxito ajeno, en detrimento de forjar algo valioso por sí mismos.

La generación Z merece algo mejor que una visión del mundo erigida sobre el resentimiento. Merece una visión del futuro que la anime a innovar, emprender, construir, resolver problemas y creer que su vida puede mejorar mediante su propio esfuerzo e ingenio. Porque el futuro no corresponde a quienes discuten sobre quién merece el éxito de otro: corresponde a quienes escriben la próxima historia de éxito.


Esta columna fue publicada originalmente en inglés por The Daily Economy y en español por El Insubordinado.

Holly Jean Soto

Creadora de contenido y escritora especializada en libertad y economía. Su trabajo se centra en hacer accesibles al público general ideas complejas relacionadas con la economía, la política y la sociedad. Es economista por la Universidad George Mason y colaboradora de «Young Voices».

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