Las reglas del juego

Colombia quedó eliminada del Mundial. Empató sin goles con Suiza durante ciento veinte minutos y todo se definió en la tanda de penales, donde la suerte terminó del lado suizo. Duele, y es apenas natural que duela. Pero ni siquiera el hincha más apasionado de la selección se atrevería a decir que el resultado no cuenta simplemente porque no le gustó.

Ahí está lo curioso del fútbol, su validez no depende de que ganemos siempre, sino de que los jugadores, técnicos, hinchas, aceptemos de antemano que el marcador manda. El árbitro pita, el VAR revisa, los penaltis se cobran uno a uno, y cuando termina el último de ellos, hay un ganador. Si cada vez que perdemos discutimos el resultado, el juego dejaría de tener sentido. No habría Mundial, ni liga, ni campeonatos, ni forma de volver a citarnos para el otro partido.

El politólogo italiano Norberto Bobbio definió alguna vez la democracia en estos términos: un conjunto de reglas de procedimiento para tomar decisiones colectivas, cuyo valor no depende de que el resultado nos convenga, sino de que las reglas se hayan cumplido. Es una idea incómoda, porque nos pide aceptar resultados que quizá no nos gusten. Pero es también la que hace posible que, después de perder, sigamos dispuestos a jugar juntos.

Esa aceptación no es un detalle menor: es lo que sostiene la confianza necesaria para que el juego continúe. Cuando todos sabemos que las reglas se van a respetar, gane quien gane, nos atrevemos a participar, a competir, a poner algo en juego. Esa certeza compartida es la que crea las condiciones para seguir construyendo algo en común, incluso con quienes piensan distinto.

Colombia jugó también, hace poco, su propio partido en las urnas. El resultado fue estrecho, pero fue claro, la voluntad popular, expresada siguiendo el procedimiento que la Constitución de 1991 y el Código Electoral establecen, eligió como próximo presidente a Abelardo de la Espriella.

En un país tan fragmentado como el nuestro, es previsible que a unos les guste y a otros no, ahí está la prueba de fuego de una democracia, sostener la institucionalidad nos gusten o no nos gusten los resultados. Este es el gesto más exigente que nos puede pedir la vida en común, porque solo así queda garantizado que también habrá, en cuatro años, otro partido.

Todos conocemos al niño que, cuando pierde, agarra el balón y se va para su casa. Es una escena pequeña y cotidiana, sabemos que ese día nadie más vuelve a jugar. Un país no se puede dar ese lujo. No hay que llevarse el balón, hay que respetar las reglas del juego y seguir jugando.

Daniel Bedoya Salazar

Estudiante de Filosofía UdeA
Ciudadano, creyendo en la utopía.

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