El oficio de las mil profesiones

Considero que el oficio del artista es sublime, pero habitar la piel de un actor es una coyuntura tremendamente afortunada. Quien ejerce esta labor posee un don mágico y una virtud esquiva: la de pertenecer a la única carrera que le permite a un ser humano encarnar cualquier otra existencia. Si el actor se convence de su personaje y lo aborda con absoluta convicción, rompe las leyes del tiempo y el espacio —ya sea en las tablas del teatro, bajo las luces del cine, en la televisión o en los escenarios no convencionales de la vida— para ser, por un instante eterno, lo que quiera ser.

Existen profesiones loables y nobles que sostienen el tejido de la historia. Psicólogos, psiquiatras, médicos, arquitectos, abogados, ingenieros, enfermeros, biólogos, astronautas o periodistas; cada disciplina es determinante para el progreso de una nación. Sin embargo, hay un quehacer que he decidido bautizar como “el oficio de las mil profesiones”: la actuación. En este peculiar territorio se experimentan las mayores catarsis y los nirvanas más profundos del ser.

Los invito a reflexionar sobre este noble arte de observar y explorar el mundo. No es más que la recolección de insumos, conocimientos y saberes que luego se transformarán en herramientas vivas. Como bien decía un sabio teórico teatral: “en la vida, como en el teatro, no hay saber inútil”. Haber caminado por este sendero no fue una coincidencia; prefiero llamarlo causalidad. No creo que haya sido un azar del destino haberme graduado como Maestro en Arte Dramático un 19 de agosto de 1989, el mismísimo día de mi cumpleaños, bajo el signo de Leo, como quedó consagrado con orgullo en mi diploma.

Es extasiante comprender que un actor puede transitar desde la vulnerabilidad de un habitante de calle hasta la investidura del presidente de la república; desde el analfabeto hasta el doctor más ilustre; desde el más despiadado asesino hasta el mártir de fe; desde el ratero común hasta el político que compra votos en los autobuses; desde el científico hasta el corrupto. Un actor puede ser médico, penalista, cantante, karateca, el Chapulín Colorado, el Chavo del Ocho o un filósofo. Puede ser o no ser, porque en este oficio, al final, “lo más seguro es quien sabe”.

La vida no siempre alcanza para aprender todas las disciplinas, como ocurría en la antigua Grecia o en Roma, donde los genios dominaban múltiples saberes, muchas veces de forma autodidacta. Pero el actor desafía esa limitación cronológica. Por eso, este es el oficio de las mil y una profesiones.

Para encarnar un personaje existen métodos universales. A grandes rasgos, recordamos la tradición stanislavskiana, con su célebre concepto del “sí mágico” y el realismo; o la búsqueda de Grotowski, más inclinada a construir desde la rigurosidad exterior hacia la psique profunda. Todo esto sin olvidar la biomecánica de Meyerhold o el psicodrama. No obstante, estas fuentes teóricas serían letra muerta sin el barro de la experiencia empírica, ese que se moldea en los sets o en los espacios no convencionales donde el arte asalta la realidad.

Bajo esa premisa, creería que todo buen abogado debe albergar en sí el alma de un artista. El derecho no puede ser ajeno a la sensibilidad del arte, que es, en últimas, la materia prima de la cultura universal. Es por ello que me resulta imperativo citar las palabras de un gran jurista de nuestra historia patria, a quien admiro profundamente, cuando pronunció ante un recinto de la democracia:

”No reconozco jefatura política de ningún tipo. Mi único jefe ha sido, es y será Dios y la Constitución Nacional. La Fiscalía General de la Nación no es un apéndice político ni el directorio de ningún partido… Hoy por hoy, me persigue la inquisición”.

Encarnar o no encarnar, he ahí el dilema. Para quienes deseen profundizar, sugiero el libro Mi vida en el arte de Konstantín Stanislavski; o el monólogo de Antón Chéjov, Sobre el daño que produce el tabaco, una pieza que tuve la fortuna de interpretar en varios teatros nacionales y que retrata, con sutil humor, el drama de un hombre subyugado por su esposa. Recomiendo también La canoa de papel de Eugenio Barba, La Maestra de Enrique Buenaventura, o Fando y Lis de Fernando Arrabal. A Bertolt Brecht lo sugiero por rigurosa cultura general; manejó un teatro panfletario y de activismo político que, aunque dista de mi corriente ideológica, merece el reconocimiento de su aporte técnico. A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Eso es lo que nos distancia de la semoviente obcecación del fanatismo: la capacidad de ser imparciales, objetivos y dar a cada cual lo que merece. Es el esfuerzo diario por asemejarme a Jesús y ser tan justo como las debilidades de la carne humana me lo permitan, con la fe puesta en el cielo y pidiéndole al Todopoderoso que me convierta en hacedor de su voluntad en la tierra.

Querido lector, lectora y lecturi —para salvaguardar los términos de la inclusión—, los invito a cerrar los ojos por un instante. Al abrirlos, démonos la oportunidad de contemplar el mundo con el asombro de la primera vez. Esta sociedad parece haber perdido la capacidad de sorprenderse con las pequeñas certezas: el curso de un río, los matices de una puesta de sol o el milagro cotidiano de estar vivos. La transformación social que anhelamos comienza hoy, con la mística y la convicción de que cada colombiano, desde su respectiva labor, aporta mucho más que una profesión. Aportamos, en realidad, más de mil maneras distintas de construir una nación próspera, libre y digna.

Víctor Hugo Lucero Carmona

Abogado Penalista. Maestro en Artes Escénicas.

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