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— Dime una cosa, compadre: ¿Por qué estás peleando?
— ¿Por qué ha de ser, compadre? —contestó el coronel Gerinaldo Márquez—. Por el gran Partido Liberal.
— Dichoso tú que lo sabes —contestó él—. Yo, por mi parte, apenas ahora me doy cuenta de que estoy peleando por orgullo.
Este breve diálogo de Cien años de soledad resume la tragedia del coronel Aureliano Buendía. Después de años de guerra, descubre que aquello que creyó una causa terminó siendo una prisión. Ya no combatía por unos ideales, sino porque la guerra se había convertido en su única manera de existir.
Señor presidente, usted ha dicho en varias ocasiones que se identifica con el coronel Aureliano Buendía. Quizá lo hace seducido por el romanticismo del rebelde, por la imagen del hombre que desafía al establecimiento y se levanta contra el poder. Sin embargo, omite el desenlace del personaje: un hombre incapaz de reconciliarse consigo mismo, condenado a fabricar pescaditos de oro mientras la soledad termina devorándolo.
Pero en usted también asoma otro personaje de García Márquez: Arcadio. El joven que confundió la autoridad con el autoritarismo, que convirtió el gobierno en un ejercicio de imposición y estuvo a punto de arrastrar a Macondo a una dictadura absurda. Entre el orgullo de Aureliano y la soberbia de Arcadio, parece debatirse buena parte de su manera de ejercer el poder.
El coronel Aureliano Buendía tuvo innumerables oportunidades para negociar la paz. Pudo cerrar un ciclo mediante acuerdos políticos, pero una y otra vez prefirió volver al campo de batalla. Su obstinación terminó costándoles la vida a miles de hombres, entre ellos a muchos que lo siguieron convencidos de luchar por una causa noble. Incluso arrastró a su propio hijo, Aureliano José, a una guerra que nunca debió heredar.
En una cosa sí acertó usted al identificarse con ese personaje: ambos parecen descubrir demasiado tarde que la revolución puede convertirse en una identidad. Hay quienes no encuentran paz en la tranquilidad y necesitan el conflicto para sentirse vivos. La poesía revolucionaria termina siendo apenas el eufemismo de una guerra interior que se proyecta sobre todo un país.
Pienso entonces en su propio hijo, a quien usted tampoco crió y que ha terminado envuelto en controversias públicas derivadas, en buena medida, de las batallas políticas de su padre. La historia cambia de escenario, pero conserva un inquietante parecido.
En los últimos meses usted ha llegado incluso a insinuar la posibilidad de llevar consigo a sectores de las Fuerzas Militares a la clandestinidad. En un país marcado por décadas de violencia, semejantes afirmaciones no alimentan la esperanza: alimentan la incertidumbre. Cuando la polarización alcanza niveles tan peligrosos, las palabras de un presidente dejan de ser simples opiniones para convertirse en factores de tensión nacional.
Su gobierno tuvo la oportunidad de demostrar que la transformación podía construirse desde las instituciones y no desde la confrontación permanente. Sin embargo, el balance parece otro: un mandato consumido entre trinos impulsivos, mensajes contradictorios, escasa autocrítica y una permanente necesidad de encontrar enemigos. Resulta paradójico que quien con tanta facilidad califica de “nazi” a quienes discrepan de usted termine reproduciendo la lógica de dividir el mundo entre los buenos que lo siguen y los malos que lo contradicen.
Pronto terminará su mandato. Pasará el tiempo y los colombianos juzgarán su legado con mayor serenidad que la que permite la coyuntura. Sospecho que esos años serán recordados no como la epopeya que usted imaginó, sino como cuatro años de soledad en los que el país permaneció atrapado en una confrontación interminable, como si la guerra nunca hubiera abandonado el discurso del poder.
Ojalá encuentre la paz que durante tantos años pareció buscar en la confrontación. Porque las guerras más peligrosas no siempre son las que se libran con fusiles. A veces son las que un hombre, incapaz de reconciliarse consigo mismo, termina obligando a pelear a toda una nación.













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