¿Y ahora qué?

En 1994, Nelson Mandela le prestó una camiseta de rugby a toda una nación recién salida del apartheid. Fue una señal de unidad en un país fragmentado, y también una lección sobre lo que significa gobernar para todos. Esa imagen me rondó la noche del domingo, cuando Colombia eligió a su próximo presidente.

El análisis del resultado vendrá después, y otros lo harán con más datos de los que yo podría aportar. Lo que me parece urgente y difícil es la pregunta sobre qué viene después de recibir este resultado.

Menos de un punto porcentual separó a los dos candidatos, con casi veintiséis millones de colombianos participando en la jornada electoral, una participación histórica. Un margen así es la radiografía de un país que eligió presidente sin resolver sus tensiones de fondo.

En la Revista Comfama sobre democracia de este año, David Escobar escribió algo que vale la pena repetir: en esta elección habrá ganadores y perdedores, pero no necesariamente vencedores y vencidos. La diferencia es ética, política y, en el fondo, la diferencia entre una democracia madura y una desgastada.

Ganar una elección con ese margen es una invitación a gobernar para todos. La historia colombiana tiene suficientes ejemplos de presidentes que llegaron convencidos de transformar el país de raíz y terminaron profundizando las fracturas que prometían sanar. El desafío del nuevo gobierno está en encontrar puntos donde quienes no votaron por él también puedan reconocerse y sumar.

Cerca de doce millones setecientos mil colombianos votaron por el candidato que no ganó. Una democracia que trata esa voz como un error a corregir, en lugar de una perspectiva a integrar, cava su propia zanja. Es una voz que el nuevo presidente tendrá que escuchar si quiere que su gobierno llegue más lejos que su campaña.

Hans-Georg Gadamer sostenía que el diálogo verdadero ocurre cuando ambos interlocutores son transformados por el encuentro. Aprender a vivir con la incomodidad de la diferencia exige algo que la polarización puede volver escaso: la humildad de reconocer que el otro, aunque piense distinto, puede estar actuando de buena fe e incluso tener ideas valiosas para los problemas que compartimos.

La política es el espacio donde los seres humanos aparecen unos ante otros y actúan en concierto decía Hannah Arendt. Aparecer, en su sentido más profundo, significa mostrarse ante el otro con la propia perspectiva, sin borrarse ni intentar borrar al otro. Una democracia viva no es aquella donde todos piensan igual sino aquella donde todos tienen lugar para hablar y ser escuchados. Cuando ese espacio se reduce al espectáculo del enemigo, lo que se produce no son victorias, son ruinas compartidas.

Antioquia votó con una convicción clara el domingo. El rechazo a los últimos cuatro años fue aquí profundo y genuino, y sería deshonesto ignorarlo. Pero esta región lleva décadas demostrando que las convicciones fuertes y la capacidad de construir juntos no son incompatibles. Hemos aprendido que el desarrollo no llega cuando una visión aplasta a las demás sino cuando distintas visiones encuentran un cauce común. Ese aprendizaje hoy le puede hablar al resto del país, es la evidencia que se puede avanzar desde la diversidad.

¿Y ahora qué? Esta es una pregunta dirigida hacia los territorios, hacia las comunidades, hacia las instituciones, hacia los acuerdos concretos que nos permitirán seguir siendo un país y construir un futuro compartido. No es un llamado a olvidar lo que nos divide sino a encontrar lo que todavía nos convoca. Colombia necesita hoy menos trincheras ideológicas y más conversaciones. Esa tarea no empieza el 7 de agosto, empieza hoy, y es de todos.

Daniel Bedoya Salazar

Estudiante de Filosofía UdeA
Ciudadano, creyendo en la utopía.

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