Resumen Económico de la Semana del 15 al 19 de Junio de 2026

Resumen Ejecutivo

La tercera semana de junio fue la del veredicto de los bancos centrales, y el mensaje fue inequívoco: la firma del acuerdo entre Estados Unidos e Irán para reabrir el estrecho de Ormuz alivió la inflación importada, pero llegó demasiado tarde para revertir el daño ya consolidado, y la autoridad monetaria global respondió endureciendo el sesgo en lugar de relajarlo. El petróleo retrocedió cerca de 80 dólares por barril desde los 118 de marzo, pero el alivio convive con la advertencia de que la mayor inflación tardará trimestres en disiparse.

El centro de la semana fue el debut de Kevin Warsh al frente de la Reserva Federal. El presidente que llegó con fama de moderado mantuvo la tasa en 3,50%-3,75% pero endureció el tono, elevó la inflación proyectada al 3,6% para 2026, dejó un dot plot inclinado al alza e inauguró una Fed más opaca que renuncia a la orientación prospectiva. Los mercados castigaron la sorpresa y descontaron un alza para septiembre. El Banco de Inglaterra resistió la presión y mantuvo tasas en 3,75% con dos disidencias, mientras el economista jefe del BCE, Philip Lane, calibró el choque europeo como moderado y reclamó una respuesta mesurada. En Asia, el Banco de Japón consumó su alza al 1% —máximo en 31 años— con su gobernador hospitalizado, sin lograr frenar la caída del yen a mínimos de 39 años por el ensanchamiento del diferencial con Estados Unidos.

En América Latina, Banxico confirmó el fin de su ciclo de recortes con la inflación de vuelta en el rango, mientras el COPOM brasileño recortó la Selic a 14,25% a contracorriente de una inflación que sus propias proyecciones sitúan en 5,30% para 2026, en una apuesta de timing al alivio energético.

Colombia recibió el veredicto de los analistas sobre el Marco Fiscal: Fedesarrollo y XP Investments coincidieron en que el ajuste necesario para estabilizar la deuda supera lo previsto por Hacienda, con estimaciones que llegan a 100 billones de pesos —cerca del 5% del PIB— frente a los 30,2 billones que plantea el Gobierno. La economía real, en cambio, sorprendió al crecer 3,3% en abril impulsada por los servicios y el consumo, aunque con un fuerte componente de gasto público electoral. Los mercados locales protagonizaron una triple valorización en pleno trade electoral: el COLCAP subió 4,9% hasta acercarse a máximos históricos, los TES se comprimieron con un flujo extranjero verificable de 3,52 billones de pesos, y el peso se apreció contra un dólar en máximos de un año.

La semana entrante concentra el desenlace: el domingo 21 de junio Colombia define en segunda vuelta entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda si el giro que sus mercados ya descontaron se confirma o se desmiente. Los propios estrategas cuantifican la asimetría —entre 5% y 10% de alza adicional si se valida el escenario, frente a una corrección de 10% a 20% si lo contradice—, en una apuesta direccional de alta convicción sobre un evento binario cuyo resultado decidirá si la euforia de los activos descansa sobre fundamentos o sobre una expectativa que la realidad fiscal terminará corrigiendo.

 

I. Estados Unidos: Warsh debuta endureciendo el tono sin tocar las tasas, eleva la inflación proyectada al 3,6% y estrena una Fed más opaca

La semana confirmó el desenlace que la edición anterior había dejado planteado como la gran incógnita del calendario: cómo manejaría Kevin Warsh su primera reunión al frente del Comité Federal de Mercado Abierto en un entorno que contradecía punto por punto el argumento con el que llegó al cargo. El resultado fue una paradoja que el mercado tardó pocas horas en castigar. Warsh, que había defendido ante el Senado que las ganancias de productividad derivadas de la inteligencia artificial permitirían bajar tasas con desinflación, debutó con el discurso más restrictivo que se le recuerda, mantuvo la tasa sin cambios y dejó una proyección de inflación sustancialmente más alta. El presidente que llegó con fama de moderado sonó, en palabras de un estratega de Evercore, como el viejo gobernador halcón que fue hace quince años.

La decisión de tasas en sí no ofreció sorpresa alguna. El FOMC mantuvo el rango de fondos federales en 3,50%-3,75% por tercera reunión consecutiva, esta vez con voto unánime, y la herramienta FedWatch de CME Group había situado la probabilidad de un recorte por debajo del 1% antes de la reunión. Con la inflación al consumidor en 4,2% —su nivel más alto en más de tres años, según el dato que la edición pasada documentó—, sostener las tasas era el resultado cantado. Lo relevante no fue la decisión sino todo lo que la rodeó: el sesgo, las proyecciones y, sobre todo, el rediseño de la forma en que la Fed se comunica con los mercados.

El primer giro estuvo en el comunicado. Warsh sustituyó las narrativas extensas de la era Powell —textos que solían superar las 300 palabras y que los inversionistas diseccionaban línea por línea— por una declaración de apenas 130 palabras, directa y con poca ambigüedad. El cambio no fue solo estilístico. El comité eliminó la referencia a futuros ajustes de política que en abril había generado tres disidencias por interpretarse como sesgo acomodaticio, retiró la evaluación tradicional de riesgos relativos entre inflación y empleo, y cerró con una sola frase declarativa: el comité alcanzará la estabilidad de precios. Esa formulación es deliberadamente más contundente que el lenguaje condicional previo, y Warsh la reforzó en la conferencia de prensa empleando el término estabilidad de precios cerca de una docena de veces. Para un presidente que había opinado repetidamente a favor de recortar, fue un viraje que el mercado leyó sin ambigüedad: el rendimiento del Tesoro a dos años, el más sensible a la política monetaria, se disparó 14,4 puntos básicos.

Las proyecciones económicas confirmaron el endurecimiento de fondo. La Fed elevó su pronóstico de inflación del gasto en consumo personal para el cierre de 2026 al 3,6%, nueve décimas por encima del 2,7% que proyectaba en marzo, y subió la subyacente seis décimas hasta 3,3%. El comunicado atribuyó el repunte a choques de oferta en varios sectores, no solo el energético, una precisión que importa porque sugiere una preocupación más amplia por la persistencia de las presiones de precios. El dot plot acompañó el giro: la mediana de tasas se desplazó al alza hasta 3,8% para finales de 2026 —por encima del punto medio del rango actual— y 3,6% para 2027, una senda claramente más restrictiva que la de marzo, que apuntaba a 3,4% y 3,1%. El comité quedó dividido nueve a nueve entre quienes esperan tasas estables o un recorte y quienes prevén al menos un alza, con el punto medio inclinándose hacia un incremento de un cuarto de punto antes de fin de año. El tipo neutral de largo plazo, sin embargo, permaneció anclado en 3,1%, lo que revela el supuesto implícito del FOMC: el choque de precios es temporal y reconducible de forma gradual, no un cambio estructural del régimen inflacionario.

El segundo giro, más profundo que el primero, fue institucional. Warsh confirmó la especulación que circulaba antes de la reunión: no presentó sus propias proyecciones de tasas en el dot plot, en coherencia con su escepticismo declarado hacia esa forma de comunicación. Animó a sus colegas a seguir aportándolas, pero él se abstuvo, marcando distancia con un instrumento que considera una limitación para la política futura. A ello sumó el anuncio de cinco grupos de trabajo encargados de revisar la comunicación del banco, su balance, las fuentes de datos en que se apoya, la productividad y el empleo, el impacto de la inteligencia artificial, y el propio enfoque sobre la inflación. El mensaje de conjunto es una Fed en revisión activa, no en estado estacionario, cuyo marco operativo lucirá significativamente distinto al de la administración anterior. El riesgo de esa transformación lo advirtieron varios analistas: una autoridad que comunica menos y que renuncia a discutir su función de reacción convierte cada publicación de datos en una fuente adicional de volatilidad. La reacción inmediata lo confirmó —los principales índices se desplomaron mientras Warsh hablaba— y la ausencia de una estrategia moduladora llevó a los operadores a descontar alzas inminentes que el propio presidente declinó discutir en detalle.

El episodio más revelador del talante del nuevo presidente llegó en el intercambio con la prensa. Cuando el corresponsal jefe de economía de The Wall Street Journal le planteó que, si la credibilidad exige cumplir, lo coherente con su discurso habría sido endurecer o al menos amenazar con hacerlo, Warsh respondió que ese juicio no lo compartía ninguna de las diecinueve personas alrededor de la mesa y que el comité volvería sobre el tema en seis semanas. La respuesta sintetiza la nueva doctrina: firmeza retórica frente a la inflación combinada con un rechazo explícito a comprometer la política con cualquier orientación anticipada. Es una Fed que quiere preservar opcionalidad por encima de transparencia.

El sentimiento institucional ya había virado en la misma dirección antes de la reunión, y la encuesta mensual de Bank of America a 198 administradores de fondos que gestionan cerca de 540.000 millones de dólares lo capturó con una cifra notable. La asignación a renta variable saltó a una sobreponderación del 50% desde el 13% del mes anterior, el incremento mensual más abrupto desde 2001 y el nivel absoluto más alto desde enero de 2022, justo antes de que las acciones iniciaran la corrección que desató la guerra en Ucrania. El dato de fondo, sin embargo, es más matizado de lo que ese salto sugiere. El 47% de los encuestados espera un aterrizaje suave y el 40% un escenario de no aterrizaje —crecimiento resiliente con tasas que permanecen elevadas—, frente a apenas 5% que anticipa un aterrizaje forzoso. Esa distribución marca un giro respecto a agosto de 2025, cuando el aterrizaje suave dominaba con 68%. El hallazgo más significativo es otro: el 40% de los gestores espera ahora que la Fed suba tasas en el próximo año, frente a solo 28% que anticipa recortes, y la inflación se consolidó como el principal riesgo de cola. Hace dos años, cuando el debate giraba enteramente sobre el momento de los recortes, ese posicionamiento habría parecido inverosímil.

El telón de fondo geopolítico se movió de manera decisiva durante la semana, y en la dirección que la edición anterior planteaba como el mejor escenario. Estados Unidos e Irán firmaron el jueves un memorando para reabrir el estrecho de Ormuz, poniendo fin formal a casi cuatro meses de guerra que habían trastocado las cadenas de suministro energético, elevado la inflación y mellado el crecimiento global. El petróleo retrocedió hasta cerca de 80 dólares por barril, muy por debajo del máximo de 118 que tocó en marzo, y Goldman Sachs recortó su pronóstico al proyectar un Brent promedio de 80 dólares al cierre de 2026 y 75 en 2027, citando una recuperación de los flujos del Golfo Pérsico más rápida de lo esperado. La firma del acuerdo, sin embargo, no disuelve el daño ya causado. Como advirtió el subjefe de economía global de Capital Economics, buena parte de la inflación adicional ya está consolidada en muchas economías: pueden pasar meses antes de que los mayores precios de la energía y los fertilizantes terminen de filtrarse a lo largo de las cadenas de alimentos hasta el consumidor final, y el gas canalizado a los hogares suele rezagarse unos tres meses respecto al mercado de producción. La normalización del tránsito será además gradual —los buques están en el lugar equivocado, las refinerías deben recuperar capacidad plena y persisten dudas sobre el costo de los seguros—, de modo que la hipótesis de trabajo más difundida sitúa la reanudación de cerca del 80% de los flujos energéticos recién hacia finales del tercer trimestre, con el gas natural tardando aún más por los daños a las instalaciones qataríes.

Esa secuencia explica por qué la firma redujo la presión inmediata sobre los bancos centrales sin eliminarla. La Fed y el Banco de Inglaterra mantuvieron tasas esta semana —en lugar de seguir el endurecimiento que el BCE inauguró la semana pasada— y el acuerdo vuelve esa pausa casi una certeza, pero el cuadro de fondo sigue siendo incómodo: el Banco Mundial, que ya rebajó el crecimiento global a 2,5% —el ritmo más lento desde la pandemia—, proyecta que la inflación mundial suba al 4% este año desde el 3,3% de 2025 aun si los flujos de petróleo se normalizan en las próximas semanas, y advierte que los fertilizantes podrían encarecerse hasta 38% con presión particular sobre Europa por sus bajos niveles de almacenamiento de gas. El propio Banco de Inglaterra subrayó que, incluso ante una resolución pronta, el restablecimiento de la producción y el transporte de energía sufrirá un retraso logístico. El riesgo que ningún banquero central quiere repetir es el de 2022, cuando se les criticó por mantener una política demasiado laxa durante demasiado tiempo, y ese recuerdo sostiene el sesgo restrictivo pese al alivio del crudo.

Valoración. El debut de Warsh invierte el guion con que llegó al cargo y deja a Estados Unidos en una configuración que el mercado todavía está aprendiendo a leer. El nuevo presidente no validó la tesis desinflacionaria de la productividad que defendió ante el Senado; al contrario, elevó la inflación proyectada casi un punto, endureció el comunicado y dejó un dot plot inclinado al alza que su propia abstención vuelve más difícil de interpretar. La señal coyuntural es inequívocamente halcón, pero la estructural es más ambigua y más consecuente: una Fed que comunica menos, que renuncia a la orientación prospectiva y que prioriza la opcionalidad sobre la transparencia traslada al mercado el costo de descifrar su función de reacción, y ese costo se paga en volatilidad. El alivio que trajo la firma del acuerdo sobre Ormuz es real pero parcial, porque la inflación energética ya está en buena medida consolidada y tardará trimestres en revertirse; el escenario más probable no es recesión ni desinflación rápida, sino un crecimiento por debajo de la tendencia en el tercer trimestre con una inflación que cede más lento de lo que descuentan los precios. La tensión de fondo que define el segundo semestre estadounidense es la misma que la reunión expuso sin resolver: si el choque de precios es tan temporal como supone el tipo neutral anclado en 3,1%, Warsh tendrá razón en preservar opcionalidad; si la persistencia que su propia proyección de 3,6% reconoce termina imponiéndose, el mercado descubrirá que la primera reunión de la nueva era no fue una pausa restrictiva sino el preludio de un alza que una Fed más opaca habrá hecho más difícil de anticipar.

 

II. Europa: el BCE confirma con Lane que el choque es moderado, el Banco de Inglaterra resiste la presión del alza y el bloque negocia un presupuesto de dos billones bajo tensión

La semana europea giró sobre la confirmación de que el endurecimiento que el BCE inauguró siete días atrás no fue un cambio de régimen sino un ajuste calibrado, y sobre la decisión del Banco de Inglaterra de resistir la tentación de seguirlo. El contraste con la edición anterior es elocuente: si la semana del BCE había dejado a Europa como el primer gran banco central en responder al choque energético con un alza, esta semana matizó el alcance de esa respuesta. El economista jefe del organismo, Philip Lane, ofreció la lectura más precisa del momento al describir el entorno como un impacto inflacionario de tamaño moderado que exige una respuesta mesurada, lejos de la gran dislocación de 2021 y 2022. Esa caracterización —ni demasiado grande ni demasiado persistente— es la clave para entender por qué el ciclo de endurecimiento europeo será más corto y más acotado de lo que el primer movimiento podría sugerir.

Lane fue explícito sobre el diagnóstico que sostiene la política del banco. Aun si el conflicto en Oriente Medio cede, ya se produjo una cantidad considerable de daño inflacionario, y el crecimiento de los precios se mantendrá por encima del objetivo del 2% de cara al próximo año, lo que justifica la acción monetaria. La inflación permanecerá por encima del 3% durante el resto de este año, con suficientes aumentos de costos en camino para sostener esa trayectoria, y ese repunte tendrá un efecto dominó sobre otros precios que probablemente presionará los salarios al alza en 2026. Es la mecánica clásica de los efectos de segunda ronda, y es precisamente lo que el BCE busca atajar. El mercado ya leyó el mensaje: descuenta entre una y dos subidas adicionales de la tasa de depósito, hoy en 2,25%, con la próxima totalmente anticipada para octubre. El matiz técnico importa para dimensionar hasta dónde puede llegar el ciclo: el propio BCE estimó la tasa neutral entre 1,75% y 2,50%, de modo que un alza más situaría el tipo de depósito en el extremo superior de ese rango, es decir, en la frontera donde la política deja de ser acomodaticia para volverse abiertamente restrictiva. Lane completó el cuadro con una nota de resiliencia que contrapesa el endurecimiento: los hogares disponen de ahorros suficientes para sostener el consumo, la inversión aumenta —impulsada por la inteligencia artificial y las mayores necesidades de defensa— y el sistema financiero es rentable y líquido, lo que le permite anticipar que el crecimiento no se alejará demasiado del potencial del bloque pese al lastre energético.

Alemania aportó la señal de precios más constructiva de la región y la primera evidencia tangible del alivio que la firma sobre Ormuz empieza a insinuar. El índice de precios al productor desaceleró su ritmo a 0,3% mensual en mayo —desde el 1,2% previo y por debajo del 0,7% que esperaba el consenso—, aunque en términos interanuales avanzó a 2,2%, su mayor nivel desde mayo de 2023, empujado por los químicos básicos (10,4% interanual), los bienes intermedios (4,2%) y la energía (2,5%). La lectura analítica del dato es doble. Por un lado confirma la vulnerabilidad estructural de la economía alemana: su industria es intensiva en energía —química, metalurgia, automoción—, de modo que cualquier encarecimiento energético se traslada con rapidez a los precios industriales. Por otro, ofrece un punto de inflexión esperanzador: la moderación mensual fue menor a la temida, y con el Brent en torno a 80 dólares frente a la media de 105 de mayo, el indicador debería retroceder en los próximos meses. Esa combinación resta presión para que el BCE prolongue su endurecimiento más allá de lo que el propio Lane describe como una respuesta mesurada.

El Banco de Inglaterra protagonizó la decisión de mayor tensión de la semana al mantener su tasa de referencia en 3,75% por segunda reunión consecutiva, en una votación que reveló la división interna del comité. Siete de los nueve miembros del Comité de Política Monetaria respaldaron la pausa, pero dos disidentes —el economista jefe Huw Pill y la externa Megan Greene— votaron por subir 25 puntos básicos hasta el 4%, una disidencia más amplia que en abril y que evidencia cuánto se ha estrechado el margen del banco. El dilema británico es el más agudo de Europa porque combina una inflación por encima del objetivo con una actividad deprimida: el dato de mayo se moderó a 2,8% —más de lo esperado, empujado por los combustibles de transporte—, pero esa moderación se atribuye a un cambio en el tope regulado de precios de la energía y se considera efímera, porque ese mismo tope subirá 13% a finales del verano, cuando los costos energéticos alcancen su nivel más alto en dos años. El comité fue transparente sobre los límites de su propia herramienta: la política monetaria no puede influir en los precios mundiales de la energía, y su tarea es impedir que la mayor inflación persista o genere efectos duraderos. El factor diferencial frente a la edición anterior, que documentó la contracción de 0,1% del PIB en abril, es que esta semana las ventas minoristas sorprendieron al alza con un avance de 1,2% mensual —muy por encima del 0,5% proyectado y revirtiendo la caída previa—, lo que ofrece al banco un respiro de actividad que refuerza su estrategia de espera. El mercado, sin embargo, sigue apostando a una subida de 25 puntos a finales de año, y los analistas dibujan la encrucijada con precisión: si los precios de la energía siguen moderándose, el debate podría volver a girar hacia los recortes, pero una reanudación de las hostilidades inclinaría de nuevo la balanza hacia el alza. El listón para subir sigue alto, y por ahora el banco gana tiempo en lugar de pasar al ataque.

El BoE quedó así enmarcado en la divergencia que define la política monetaria global de esta semana, y que esta edición documenta en sus distintos bloques: el BCE ya endureció, el Banco de Japón le siguió el martes llevando su tasa al 1% —máximo en 31 años—, la Fed insinuó alzas sin ejecutarlas, y el Banco de Inglaterra optó por la cautela. El argumento de quienes esperan que Londres evite el endurecimiento europeo es que un mercado laboral más blando y un crecimiento débil deberían limitar los efectos de segunda ronda, y que la reapertura de Ormuz reduce los riesgos al alza más extremos sobre la energía. La diferencia con 2022 es que entonces los bancos centrales fueron criticados por mantener una política demasiado laxa durante demasiado tiempo, y ninguno quiere repetir ese error; pero la diferencia a favor es que el choque actual, en palabras de Lane, es de manual, no una dislocación sistémica.

El frente fiscal y político del bloque sumó una negociación de fondo que define el reparto de recursos europeo para el resto de la década. Los líderes reunidos en Bruselas acordaron elaborar para octubre un acuerdo preliminar sobre el Marco Financiero Plurianual 2028-2034, dotado con dos billones de euros, en una fase delicada que expuso las líneas de fractura habituales del bloque. El canciller alemán Friedrich Merz lideró la presión por recortar, insistiendo en que la propuesta es demasiado alta y en que no se debe contraer más deuda porque solo se puede gastar lo que se tiene; Berlín quiere destinar menos a agricultura y cohesión y más a defensa y competitividad. Frente a ese grupo de frugales —Alemania, Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Finlandia y Austria— se alinean los dieciséis Estados de los Amigos de la Cohesión, entre ellos España e Italia, que reclaman al menos mantener las ayudas agrícolas y regionales. La presidencia chipriota propuso un recorte de 32.800 millones de euros como compromiso, que el Parlamento Europeo ya rechazó por insuficiente. El nudo más espinoso es el de los ingresos: las propuestas de nuevas fuentes —impuesto al juego, tasa digital, gravamen sobre criptoactivos— chocan con la resistencia de los frugales, mientras la idea de amortizar los fondos de NextGenerationEU mediante deuda renovable enfrenta la oposición frontal de Alemania y Países Bajos a cualquier emisión de deuda común. El bloque aspira a cerrar antes de que termine 2026 para evitar que la discusión se contamine con el calendario electoral de 2027, que incluye comicios en Francia, Italia, Polonia y España.

Ese debate presupuestario se enmarca en una angustia competitiva más amplia que recorrió la agenda europea de la semana. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, llamó desde el G7 a tejer una red más estrecha de alianzas comerciales, diversificar las fuentes de materias primas críticas y fortalecer las industrias domésticas de manufactura, tecnología, energía y defensa, advirtiendo que crisis como el bloqueo de Ormuz amplifican las vulnerabilidades estructurales del bloque. El sector bancario aportó su propia cuña: las asociaciones española, sus homólogas y voces como las de BBVA y Santander sostienen que simplificar las normas sin sacrificar la resiliencia podría liberar más de dos billones de euros en crédito y ayudar a cerrar una brecha de inversión anual que ya alcanza 1,4 billones. La Comisión evaluará la competitividad bancaria en julio, con propuestas legislativas probables en 2027. El trasfondo de todo ello es la pregunta que dominó incluso el debate parlamentario en Estrasburgo: si Europa puede competir con Estados Unidos y China cuando su crecimiento es débil, sus costos energéticos altos y su inversión insuficiente, con el bloque dividido entre quienes proponen más integración y quienes reclaman menos regulación.

Valoración. Europa cierra la semana con un mensaje de política más nítido que el de la edición anterior, y la claridad la aportó Lane: el choque es moderado y la respuesta debe serlo también. Esa caracterización desactiva el temor a un ciclo de endurecimiento prolongado y sitúa el techo del BCE a una subida de distancia, justo en la frontera de la tasa neutral, con la moderación del IPP alemán y el Brent en 80 dólares ofreciendo la evidencia de que la desinflación energética podría llegar por sí sola antes de que el banco tenga que actuar de nuevo. El Banco de Inglaterra encarna el dilema en su forma más pura: dos disidentes ya empujan hacia el alza, pero la combinación de actividad deprimida y un alivio energético en camino le permite ganar tiempo sin comprometerse, en una apuesta a que el tope de precios de julio sea un repunte transitorio y no el inicio de una espiral. El riesgo de mediano plazo para el bloque no es monetario sino estructural, y la negociación presupuestaria de Bruselas lo expone con crudeza: una Europa que necesita invertir masivamente en defensa, tecnología y energía para no quedar atrapada entre Washington y Pekín, pero que no logra acordar ni cuánto gastar ni cómo financiarlo, atada por la resistencia de los frugales a la deuda común y por un calendario electoral que estrecha la ventana de decisión. La paradoja europea de fondo es que el choque inflacionario, con ser real, es el problema reversible; el verdadero riesgo es que la parálisis fiscal y la brecha de inversión conviertan la debilidad cíclica en rezago competitivo permanente, y esa es una herida que ninguna decisión de tasas puede curar.

 

III. Asia: el BOJ consuma el alza al 1% con Ueda hospitalizado, el yen se hunde a mínimos de 39 años y China crece por exportaciones mientras su consumo se contrae

Asia resolvió esta semana la incógnita que la edición anterior había dejado planteada: el Banco de Japón consumó su primera subida de tasas en condiciones inéditas, con su gobernador votando desde una cama de hospital, y lo hizo en el mismo momento en que el yen se desplomaba a mínimos no vistos en casi cuatro décadas. China, por su parte, ofreció la confirmación cuantitativa del diagnóstico que la semana anterior anticipaba: una economía que sostiene su producción gracias a las exportaciones mientras su demanda interna se contrae por primera vez en más de dos años. Son dos expresiones de la misma tensión regional —sistemas financieros y políticas monetarias que no terminan de servir a los objetivos de sus economías reales—, pero esta semana ambas alcanzaron un punto de definición.

El Banco de Japón elevó su tasa de referencia de 0,75% a aproximadamente 1%, el nivel más alto desde 1995 y un hito que cierra tres décadas de dinero ultrabarato. La decisión, aprobada por mayoría, respondió de forma directa a la mecánica que esta edición documenta en todos sus bloques: la inestabilidad derivada del conflicto con Irán impulsó los precios internacionales del crudo, y esa presión, combinada con la persistente depreciación del yen, aceleró el encarecimiento de los productos en el mercado interno. La institución concluyó que mantener el esquema anterior amenazaba con erosionar el poder adquisitivo de los hogares, de modo que el alza busca enfriar las presiones de precios antes de que la escalada de costos se vuelva insostenible. La circunstancia que la edición anterior había anticipado se confirmó: el gobernador Kazuo Ueda, hospitalizado, no pudo asistir y recurrió al mecanismo extraordinario de manifestar su opinión y emitir su voto por escrito, mientras el vicegobernador Shinichi Uchida asumió la conferencia de prensa. La normalización monetaria japonesa avanzó así sin la voz de su principal arquitecto, un detalle que no alteró la decisión pero sí complica la lectura del mercado sobre el tono futuro del banco.

La paradoja que la edición anterior había señalado se mantuvo intacta: el BOJ sube tasas cuando su propia métrica de inflación todavía no alcanza la meta. El índice de precios al consumidor que excluye alimentos frescos se mantuvo en 1,4% interanual en mayo, sin cambios frente a abril y acumulando su cuarto mes consecutivo por debajo del objetivo del 2%, mientras la subyacente que excluye alimentos frescos y energía se situó en 1,8%. El detalle del dato revela una composición de fuerzas encontradas. La energía cayó 2,5% interanual —con la gasolina retrocediendo 7% por el fin del impuesto provisional a los combustibles y los subsidios estatales aún vigentes—, y los alimentos se desaceleraron a 3,5% gracias a una caída histórica de 4,9% en el precio del arroz, la primera en más de tres años por el excedente de la cosecha de 2025. Pero bajo esa moderación superficial se acumulan presiones importadas que anticipan el repunte: el chocolate se disparó 25,8% por la cotización récord del cacao, las bebidas subieron 8,7% empujadas por un alza de 37,9% en el grano de café —un dato que conecta directamente con el bloque de commodities y el clima brasileño—, y el turismo receptivo presionó los alojamientos al alza un 4,8%. El BOJ, como la edición anterior explicaba, no actúa sobre la inflación que observa sino sobre la que su cadena de precios le anticipa: el fin gradual de los subsidios elevará los registros, y las negociaciones salariales de primavera cerraron con un alza promedio de 5,02%, el tercer año consecutivo por encima del 5%, lo que refuerza el círculo virtuoso de salarios y precios que el banco busca consolidar. Con los tipos reales todavía en terreno negativo, la lectura del consenso apunta a una nueva subida hasta 1,25% en diciembre.

El movimiento del banco central tendrá un efecto distributivo que merece registro analítico, porque ilustra cómo la normalización monetaria reorganiza la economía doméstica. Un informe del Instituto de Investigación Mizuho estimó que el alza generará un beneficio neto global de un billón de yenes para las familias —1,5 billones en rendimientos de depósitos frente a 500.000 millones adicionales en pagos hipotecarios—, pero ese saldo positivo esconde una marcada brecha generacional. Los hogares con jefes mayores de 70 años, con ahorros acumulados y sin deuda de vivienda, ganarán cerca de 42.000 yenes anuales, mientras los treintañeros con hipotecas activas perderán unos 21.000, aunque la regla de los cinco años amortiguará el golpe al retrasar el recálculo de las cuotas. La transmisión fue inmediata: MUFG Bank elevó su tasa de depósitos ordinarios y llevó su tasa preferencial de corto plazo al 2,375%, encareciendo el crédito. El Gobierno acompaña el giro instando a movilizar el 49% de los activos familiares que permanece estancado en efectivo hacia la inversión activa, con herramientas exentas de impuestos como el nuevo NISA.

El frente cambiario fue, sin embargo, el que expuso la fragilidad de fondo de la posición japonesa, y lo hizo en sentido contrario a lo que el alza de tasas pretendía. El yen cayó hasta la zona de 161,80 unidades por dólar, acercándose a la barrera de 162 y al mínimo de los últimos 39 años y medio frente a la moneda estadounidense. La causa es precisamente la divergencia que esta edición documenta en el bloque de Estados Unidos: la atención del mercado se desplazó de las tensiones en Oriente Medio hacia la solidez de la economía estadounidense, y las expectativas de que la Fed de Warsh suba tasas antes de lo previsto reforzaron las compras de dólares ante la perspectiva de que el diferencial con Japón se amplíe aún más. La ministra de Finanzas Satsuki Katayama advirtió que las autoridades actuarán con firmeza frente a movimientos especulativos, manteniendo viva la amenaza de una intervención cambiaria, pero el episodio revela la trampa estructural del momento japonés: el BOJ sube tasas para contener la inflación importada, pero mientras el diferencial con Estados Unidos siga ensanchándose por el giro restrictivo de Warsh, la presión sobre el yen persiste, y un yen débil encarece justamente las importaciones energéticas que motivaron el alza. Es un círculo que ninguna subida de un cuarto de punto puede romper por sí sola.

China ofreció la otra cara de la tensión regional. La producción industrial creció 4,5% interanual en mayo —acelerando desde el 4,1% de abril, aunque lejos del 6% del primer trimestre—, sostenida por el dinamismo de las exportaciones y el buen comportamiento de las industrias de alta tecnología. Pero el dato que define el bloque fue el de consumo: las ventas minoristas cayeron 0,6% interanual, su primer retroceso desde finales de 2022, frente al avance de 0,2% de abril y al 2,3% del primer trimestre. Parte de esa contracción se explica por el agotamiento de las subvenciones e incentivos a la compra de bienes de consumo, el mismo mecanismo de estímulo que la edición anterior ya documentaba como insuficiente. La inversión fija urbana retrocedió 4,0% en el acumulado del año, lastrada por la debilidad inmobiliaria y la ralentización de la inversión en infraestructura. El cuadro es coherente con lo que la semana pasada se anticipaba: una economía donde la limitación al crecimiento no es la oferta de crédito sino una demanda interna que el desapalancamiento del sector privado mantiene deprimida, y donde las exportaciones operan como el único motor que sostiene la actividad.

Esa dependencia exportadora se vuelve más frágil por el frente comercial que se tensó esta semana desde Europa. Los líderes de la Unión Europea acordaron en Bruselas que la Comisión dialogue con los principales socios comerciales sobre los desequilibrios macroeconómicos globales, con China como destinatario implícito aunque no nombrado. Ursula von der Leyen anunció que propondrá una ley para exigir a las empresas del bloque diversificar sus fuentes de suministros críticos, una respuesta directa al episodio del año pasado, cuando China explotó su dominio en el procesamiento de minerales al restringir la exportación de tierras raras. El presidente del Consejo Europeo António Costa calificó de insostenible un déficit comercial de bienes con China que asciende a cerca de 1.000 millones de euros diarios, y la Comisión prepara aranceles compensatorios adicionales sobre los híbridos enchufables chinos de fabricantes como BYD, Chery y SAIC, que podrían imponerse tan pronto una mayoría de Estados miembros lo apruebe. El riesgo para Pekín es de doble filo: la presión arancelaria europea llega justo cuando los aranceles transatlánticos ya han reducido su acceso al mercado estadounidense, estrechando la única vía —la exportadora— que sostiene su crecimiento mientras el consumo interno se contrae.

Valoración. Asia ilustra esta semana cómo la divergencia monetaria global, lejos de ser una abstracción, se transmite con efectos concretos y a veces contradictorios sobre las economías de la región. Japón da el paso más significativo de su política monetaria en tres décadas con una convicción que la ausencia de Ueda no logró debilitar, pero el desplome del yen a mínimos de 39 años revela la impotencia relativa de esa decisión: mientras Warsh endurece el tono en Washington y ensancha el diferencial de tasas, el BOJ puede subir un cuarto de punto y aun así ver cómo su moneda se deprecia y reimporta la inflación que intentaba contener. La señal de riesgo de mediano plazo más relevante para los flujos globales sigue siendo la misma que la edición anterior identificó: cuando el BOJ acumule subidas suficientes y el diferencial se estreche, el desarme de las posiciones de carry trade podría reorganizar capitales con efectos que excederían ampliamente a Asia, y la cercanía del yen a la barrera de 162 mantiene ese riesgo latente. China, en contraste, enfrenta el problema inverso y más estructural: una economía partida en dos, con una mitad exportadora que crece y una mitad doméstica que se contrae, sostenida por un motor externo que la presión arancelaria europea y estadounidense amenaza con obstruir justo cuando el consumo interno no ofrece relevo. La contracción de las ventas minoristas es la señal más preocupante del bloque porque no responde a un choque coyuntural sino a una falta de confianza que ningún estímulo de oferta ha logrado revertir, y porque deja a la segunda economía del mundo dependiendo de unas exportaciones cuya estabilidad sus socios comerciales han dejado de garantizar. El contraste entre un Japón que normaliza y una China que no logra reactivar su demanda define el eje asiático del segundo semestre.

 

IV. México y Brasil: Banxico cierra su ciclo de recortes en una pausa prolongada, el COPOM recorta pese a la inflación al alza y la competitividad mexicana se erosiona

América Latina cerró la semana con dos bancos centrales que tomaron caminos opuestos pero compartieron la misma restricción de fondo: el conflicto energético, aun en vías de resolución, condiciona cada decisión. México confirmó la conclusión de su ciclo de flexibilización y se encamina a una pausa prolongada, beneficiado por una inflación que sorprende a la baja y por el alivio que trajo la firma del acuerdo sobre Ormuz. Brasil, en cambio, ejecutó un tercer recorte consecutivo a contracorriente de una inflación que sus propias proyecciones sitúan fuera de la meta, en una decisión que la edición anterior anticipaba como el dilema central del COPOM. La diferencia entre ambos define el contraste regional: donde México tiene margen para esperar, Brasil recorta apostando a que el alivio energético llegue antes de que la inflación lo desmienta.

En México, el banco central dio por concluido en mayo el ciclo de recortes que había iniciado en marzo de 2024, manteniendo la tasa de referencia en 6,50%, y los analistas de UBS prevén ahora una pausa prolongada en la reunión de junio. El respaldo de esa expectativa es doble. Por un lado, la inflación general anual cedió a 3,94% en mayo desde el 4,45% de abril, un resultado mejor al esperado que acerca el indicador al objetivo permanente de Banxico de 3% más o menos un punto, dentro ya del rango de tolerancia. Por otro, la firma del acuerdo entre Estados Unidos e Irán y la consiguiente caída de los precios de la energía redujeron los riesgos inflacionarios que preocupaban al mercado. El propio banco había señalado en mayo que mantener la tasa en el nivel actual durante un periodo prolongado podría ser la estrategia más adecuada para consolidar la convergencia hacia la meta, citando el comportamiento del tipo de cambio, la ausencia de presiones de demanda y el grado de restricción ya vigente. UBS advirtió, sin embargo, que la revisión del T-MEC —el hilo que la edición anterior identificó como la principal fuente de incertidumbre estructural— podría generar volatilidad en las próximas semanas, aunque anticipa que el peso conservará su resiliencia frente al dólar gracias al atractivo diferencial de tasas y al mayor apetito global por el riesgo.

El dato de fondo más preocupante para México, sin embargo, no fue monetario sino estructural, y conecta con la debilidad de crecimiento que la edición anterior ya señalaba. El país retrocedió siete posiciones en la Clasificación Mundial de Competitividad del IMD, cayendo de la posición 55 a la 62 entre 70 economías, en contraste con la estabilidad de años previos. El deterioro se concentró en la institucionalidad: la eficiencia gubernamental cayó al puesto 67, el Estado de derecho quedó en la última posición del ranking, y los indicadores de soborno, corrupción y transparencia se ubicaron en el lugar 68. Las finanzas públicas mostraron un deterioro de trece posiciones hasta el puesto 65, con un déficit fiscal del 4,72% del PIB y unos pagos de intereses que ya representan el 15,67% del gasto público total. El crecimiento aportó la otra cara del rezago: el PIB real avanzó apenas 0,60% y el PIB per cápita se contrajo 0,42%, mientras las competencias en inteligencia artificial quedaron en el puesto 69, reflejo de una brecha tecnológica amplia. La economía mexicana conserva fortalezas relevantes —un mercado laboral con desempleo de apenas 2,39% que la sitúa entre las primeras del mundo, exportaciones por 664.840 millones de dólares e inversión extranjera directa robusta—, pero el cuadro de conjunto es el de un país cuya competitividad se erosiona por debilidad institucional justo cuando la incertidumbre del T-MEC exige las garantías de previsibilidad que esa misma institucionalidad debería ofrecer. El dato comparativo es elocuente para nuestra región: Chile lidera en América Latina en el puesto 43, mientras Colombia se ubica en el 59, por encima de México.

En Brasil, el COPOM redujo la Selic en 25 puntos básicos hasta 14,25% en su reunión del 17 de junio, el tercer recorte consecutivo tras los meses en que la tasa se mantuvo en 15%, su nivel más alto en casi dos décadas. La decisión es analíticamente más compleja de lo que su continuidad sugiere, porque se produce en abierta tensión con el cuadro inflacionario que la edición anterior documentó cuando el IPCA se salió del techo del rango. El propio comité reconoció que las expectativas de inflación se aceleraron, distanciándose de la meta e incluso superando el límite superior del rango, con proyecciones de la encuesta Focus en 5,30% para 2026 y 4,10% para 2027, frente a un centro de meta del 3% con tolerancia de hasta 4,50%. El COPOM justificó la magnitud moderada del recorte precisamente por la persistencia de las incertidumbres sobre el acuerdo en Oriente Medio y los efectos ya materializados del conflicto sobre los precios, y llamó a la cautela de los emergentes en un entorno de mayor volatilidad de activos y materias primas. El matiz doméstico agrava el dilema: el comité observó una aceleración de la actividad en el primer trimestre, con los sectores más cíclicos recuperando protagonismo y un mercado laboral resiliente, es decir, exactamente las presiones de demanda que la edición anterior atribuía al impulso fiscal electoral de Lula. El banco recorta, en suma, una tasa que su propio diagnóstico de actividad e inflación no parece justificar, en una apuesta a que el alivio energético derivado de la reapertura de Ormuz termine validando la decisión antes de que las expectativas se desanclen del todo.

El frente regulatorio brasileño sumó un movimiento de fondo que merece registro por sus implicaciones sobre la infraestructura financiera. El Banco Central de Brasil prohibió, mediante la Resolución 561, que las fintech y los proveedores de servicios de pago liquiden pagos en el exterior usando stablecoins o criptomonedas, en una actualización de su marco de cambio de divisas electrónico que entrará en vigor el 1 de octubre. El efecto inmediato será el regreso de los diferenciales bancarios, las comisiones de bancos corresponsales y las liquidaciones en días en lugar de minutos, encareciendo las transacciones internacionales y, en particular, las remesas. La medida no prohíbe las stablecoins —que representan cerca del 90% de un mercado cripto brasileño valorado entre 6.000 y 8.000 millones de dólares mensuales—, sino que impide a los proveedores usarlas para liquidar con contrapartes en el extranjero, exigiendo además procedimientos más estrictos de identificación del cliente para reforzar la trazabilidad y la lucha contra el lavado. Las remesas serán las más afectadas, porque su infraestructura digital había permitido sortear el impuesto del 1% sobre transferencias en efectivo y el adicional de 3,5% sobre remesas y compras de moneda extranjera vigentes desde mayo de 2025. El contraste con Asia es ilustrativo: mientras los megabancos japoneses avanzan hacia la tokenización de la liquidación de activos dentro del sistema regulado, Brasil opta por cerrar el canal cripto para devolver las liquidaciones transfronterizas a los rieles bancarios tradicionales, dos respuestas opuestas a la misma pregunta sobre el lugar de los activos digitales en la infraestructura financiera.

Argentina ofreció una nota de consolidación fiscal que contrasta con el resto de la región. El Sector Público Nacional acumuló entre enero y mayo un superávit primario de 0,7% del PIB y financiero de 0,2%, sostenido a costa de un ajuste severo: el gasto primario cayó 2,2% real interanual en mayo, encabezado por un desplome de 28% en el gasto de capital y de 20% en los subsidios económicos, mientras la recaudación se contrajo 4,1% real, su décimo mes consecutivo de caída. La inflación, en cambio, sigue cediendo —el promedio móvil de cuatro semanas se ubicó en 1,9%—, y la confianza del consumidor medida por la Universidad Torcuato Di Tella avanzó 6,4% en junio, su mayor alza desde noviembre. El frente de inversión aportó la señal más constructiva: el régimen de incentivos RIGI confirmó la incorporación del proyecto minero Vicuña por 9.700 millones de dólares, elevando las inversiones aprobadas a 39.800 millones, equivalentes al 6,1% del PIB proyectado para 2026, repartidas casi por partes iguales entre minería y energía. El modelo argentino —ajuste fiscal profundo, desinflación sostenida y atracción de inversión en recursos naturales— representa una apuesta distinta a la de sus vecinos, con un costo social en gasto de capital e ingresos reales que el repunte de la confianza apenas comienza a contrapesar.

Valoración. México y Brasil exhiben esta semana dos gestiones opuestas del mismo margen estrecho. México eligió la prudencia: con la inflación de vuelta dentro del rango y el alivio energético reduciendo los riesgos, Banxico puede permitirse una pausa prolongada que consolide la convergencia, y el peso conserva el respaldo de un diferencial de tasas atractivo. Pero esa estabilidad monetaria descansa sobre cimientos institucionales que se erosionan, y la caída de siete puestos en competitividad es la señal de que el problema mexicano de mediano plazo no son las tasas sino la gobernanza, las finanzas públicas y una brecha tecnológica que se ensancha justo cuando el T-MEC amenaza con retirar la previsibilidad que el nearshoring necesitaba. Brasil tomó el camino contrario y más arriesgado: recortó la Selic a contracorriente de una inflación que su propio comité proyecta en 5,30% para 2026, apostando a que la desinflación energética de Ormuz llegue a tiempo para validar una decisión que el cuadro de actividad y expectativas no respalda. Es una apuesta de timing, no de fundamentos, y su éxito depende de una variable exógena —la velocidad con que el crudo y los fertilizantes cedan— sobre la que el banco central no tiene control alguno. El riesgo brasileño es que, si las expectativas continúan desanclándose, el COPOM se descubra habiendo recortado en el peor momento, obligado entonces a revertir el ciclo con un costo de credibilidad mayor que el de haber pausado. La lección regional es la misma que vertebra esta edición: para los emergentes, el alivio energético es la condición de la que depende todo lo demás, y comprometerse con una senda de tasas antes de que ese alivio se materialice es apostar la política monetaria a la firmeza de una tregua que aún tiene que probar su solidez.

 

V. Colombia: Fedesarrollo y XP advierten que el ajuste fiscal supera lo previsto en el MFMP, la economía crece 3,3% en abril y el país llega a la segunda vuelta con las cuentas en el centro del debate

La semana cerró para Colombia con el contraste que define el momento del país: una economía real que sorprende con un crecimiento sólido en abril, frente a unas cuentas públicas cuyo deterioro los analistas independientes consideran aún más profundo de lo que el propio Gobierno reconoció en el Marco Fiscal. La edición anterior documentó la radicación del MFMP 2026 y el deterioro que confirmó con cifras oficiales; esta semana fue la del veredicto de los analistas sobre ese documento, y el dictamen fue severo. Fedesarrollo y XP Investments coincidieron en que el ajuste necesario para estabilizar la deuda excede lo contemplado por Hacienda, justo cuando el país llega a la segunda vuelta presidencial del 21 de junio con la sostenibilidad fiscal como el verdadero objeto del escrutinio del mercado.

El análisis de Fedesarrollo fue el más sistemático. El centro de estudios reconoció que los supuestos macroeconómicos del MFMP sobre crecimiento, inflación y tasa de cambio son razonablemente consistentes con el entorno, pero concluyó que la consolidación prevista enfrenta desafíos que las proyecciones oficiales no incorporan plenamente. El núcleo de la advertencia es que el documento no detalla cómo se materializará la reducción del gasto primario prevista para 2026 ni cómo se sostendría de forma permanente: buena parte de ese ajuste depende de recortes asociados a la no aprobación de la Ley de Financiamiento y a la suspensión del Decreto 572, sin una estrategia pública que explique su implementación. Más preocupante aún, la senda fiscal incorpora un ajuste adicional de entre 1% y 1,5% del PIB cuyo origen no está definido y que, en palabras de la entidad, no se explica ni por la reforma tributaria estructural ni por el crecimiento económico. A ello suma cuatro presiones de gasto en la sombra que elevarían el esfuerzo requerido: la brecha no cerrada entre los precios internos e internacionales de los combustibles, que mantiene un déficit del FEPC de 0,3% del PIB; las obligaciones acumuladas en salud y energía que elevan el punto de partida real de la deuda; la estabilización financiera del sistema de salud; y, de manera crítica, la reforma al Sistema General de Participaciones, que trasladaría automáticamente cerca del 40% de los mayores ingresos tributarios a las entidades territoriales, reduciendo el recaudo neto disponible para el ajuste del Gobierno Nacional Central en alrededor de 0,8% del PIB.

XP Investments cuantificó el desfase con una cifra rotunda. Según la firma, el ajuste fiscal necesario para cumplir la Regla Fiscal y estabilizar la deuda se aproxima a los 100 billones de pesos —cerca del 5% del PIB—, por encima del 4% que se estimaba un año atrás. Andrés Pardo, jefe de estrategia macroeconómica para Latinoamérica de la firma, considera ambicioso el ajuste de ingresos de 30,2 billones que propone Hacienda y duda de que el déficit primario pueda llegar al 2,1% del PIB este año: su propia estimación apunta a 3,2% y el Comité Autónomo de la Regla Fiscal ha hablado de 3,7%. Por el lado del gasto, calcula que cumplir la meta de estabilización del gasto primario en 17,2% del PIB exigiría un recorte adicional cercano a 70 billones de pesos frente a lo proyectado para 2025, lo que requeriría reformas legales y cambios de política pública radicales aún no especificados. Su conclusión es la más dura: lejos de reducirse, el problema fiscal colombiano se ha vuelto más grande que hace un año, y el supuesto de partida del MFMP para 2026 luce optimista, lo que implica que el ajuste real sería todavía más exigente. El propio Ministerio de Hacienda admite en el documento un deterioro estructural del balance fiscal y reconoce que los intereses de la deuda están absorbiendo recursos crecientes —pasando de 60,8 a 65,1 billones de pesos—, mientras confía en retomar el cumplimiento de la Regla Fiscal en 2028 tras la activación de una cláusula de escape y traslada el grueso del esfuerzo a 2027 mediante una reforma estructural de 30,2 billones.

Las cifras de deuda dieron soporte cuantitativo a esa preocupación. La deuda bruta del Gobierno Nacional Central alcanzó en mayo 1.169 billones de pesos, equivalentes al 60,6% del PIB proyectado para 2026, con un aumento de 8,3% en el último año pese a una leve reducción frente a abril. La composición confirma el patrón que la edición anterior identificó como el riesgo estructural: la deuda interna creció 18% en doce meses hasta 881 billones, impulsada por la mayor colocación de TES, mientras la externa se redujo 17% hasta 288 billones. Los TES representan ya el 87% de la deuda interna, y el perfil de amortizaciones evidencia una concentración de vencimientos para 2026 que asciende a 134,97 billones de pesos, el 12% del saldo total. Es la otra cara de la estrategia que la edición anterior describió: cargar el financiamiento hacia el mercado local y de corto plazo reduce el riesgo cambiario, pero concentra los vencimientos en una ventana estrecha que el próximo gobierno tendrá que refinanciar.

El contrapunto a ese cuadro fiscal lo ofreció la economía real, que sorprendió con su mayor fortaleza. El Indicador de Seguimiento a la Economía creció 3,3% interanual en abril, una aceleración notable frente a la contracción de 0,12% del mismo mes de 2025 y una señal de tracción más sólida de lo que el mercado anticipaba para el inicio del segundo trimestre. El motor fue inequívocamente terciario: los servicios crecieron 4,58%, con el subsector de administración pública, defensa, educación y salud expandiéndose un sobresaliente 8,07% y aportando 2,16 puntos a la variación total. La lectura de los analistas, sin embargo, introdujo matices que conviene registrar. El dato se ubicó por debajo de la mayoría de proyecciones y se moderó frente al 3,9% de marzo; DaviBank vinculó buena parte del empuje de la administración pública al mayor gasto de la Registraduría en los preparativos electorales, un impulso por definición transitorio. Las actividades primarias —agricultura y minería— se contrajeron 2,35%, restando al resultado, y la construcción permaneció débil. El cuadro sectorial es, por tanto, el de una economía sostenida por los servicios y el consumo mientras los sectores productivos transables siguen rezagados, una composición que llevó a Itaú a proyectar un crecimiento de 2,1% para el cierre de 2026, por debajo del 2,6% de 2025, y a Bancolombia a mantener 2,9% pero con sesgo a la baja.

El consumo confirmó ese dinamismo con cifras robustas. Las ventas minoristas aumentaron 14,9% en abril —18,5% excluyendo combustibles—, impulsadas por vehículos, equipos de informática y telecomunicaciones, electrodomésticos y artículos culturales, mientras la confianza del consumidor medida por Fedesarrollo subió a 17,8% en mayo, 4,1 puntos más que en abril y 21,6 puntos por encima de mayo de 2025. El factor que conecta este dinamismo con el resto de la edición es llamativo: parte del auge en bienes durables se atribuye a la apreciación del peso —el mismo trade electoral que la edición anterior documentó—, que abarató las importaciones de vehículos y electrodomésticos. La producción manufacturera, por su parte, creció apenas 2% en abril, con la fabricación de vehículos disparándose 68,6% pero con sectores como textiles, cacao y caucho en fuerte caída. El propio repunte del consumo, en suma, descansa en parte sobre la fortaleza cambiaria que el resultado del 21 de junio deberá validar.

El frente laboral reabrió un debate de fondo sobre la credibilidad de las cifras. Fenalco cuestionó las estadísticas de empleo del DANE al contrastar los 814.000 empleos formales que la entidad reporta en el último año con la pérdida de más de 170.000 puestos que, según el gremio, registra la planilla de aportes a la seguridad social, y pidió que el DANE se transforme en un ente autónomo como el Banco de la República para blindar la credibilidad de sus estadísticas. El sondeo de Fenalco indica que 64% de las empresas ha reducido su planta y 93% reporta incrementos en costos laborales. El DANE respondió defendiendo la verificabilidad de sus cifras y explicando que la encuesta de hogares y los registros administrativos miden objetos distintos —la situación laboral declarada frente a los aportes efectivamente realizados—, por lo que no necesariamente coinciden sin que ello implique error, y reivindicó su independencia técnica. El episodio importa más allá de la disputa metodológica: en la antesala electoral, la confiabilidad de los indicadores oficiales se vuelve un activo institucional en sí mismo, y la sola controversia erosiona la base de datos sobre la que se construye la política económica.

La semana sumó, además, varios desarrollos regulatorios y financieros de fondo que perfilan el sistema que heredará el próximo gobierno. La Superintendencia Financiera aprobó la cesión de la banca minorista de Itaú Colombia a Banco de Bogotá, en una operación que reorienta a Itaú hacia el segmento corporativo con un aumento de capital cercano a 60 millones de dólares y que reconfigura el mapa de la banca de personas. El sistema financiero avanza también hacia el reemplazo de la DTF por el IBR como tasa de referencia a partir del 1 de enero de 2027, un cambio técnico de calado que alineará la liquidez del país con la política monetaria del Banco de la República y con los estándares internacionales. Pero el desarrollo de mayor tensión institucional fue el borrador de decreto del MinTIC que facultaría a operadores postales como 4-72, Efecty y Supergiros a prestar servicios financieros similares a los bancarios sin vigilancia de la Superintendencia Financiera. La junta directiva del Banco de la República intervino formalmente para advertir que el texto elevaría la vulnerabilidad macroeconómica del país, y Colombia Fintech denunció la creación de una vía paralela y asimétrica para la captación de ahorros, recordando que las SEDPES ya permiten la inclusión financiera bajo supervisión —nueve de ellas custodian más de 1,2 billones de pesos de más de 770.000 clientes. El riesgo señalado es doble: una asimetría regulatoria que desincentiva la competencia formal y un canal vulnerable al lavado de activos, con el plazo de comentarios venciendo el 22 de junio, un día después de la segunda vuelta.

El frente de transición energética añadió una alerta de mediano plazo que conecta con el riesgo estructural que la edición anterior identificó en el sistema eléctrico. Colombia retrocedió cinco puestos en el Índice de Transición Energética del Foro Económico Mundial, hasta la casilla 43 entre 120 naciones, acumulando una pérdida de ocho posiciones desde 2022. La paradoja del dato es instructiva: el país obtuvo una nota destacada de 66,6 puntos en la dimensión que evalúa qué tan limpio es su sistema actual —gracias a su matriz hídrica y a una de las mayores ganancias del mundo en renovables, con un crecimiento de 13,9%—, pero su calificación se desplomó a 50,6 puntos en la dimensión que mide la preparación para sostener el progreso futuro mediante políticas, capital e innovación. El sistema eléctrico, en síntesis, es limpio pero las condiciones para expandirlo se debilitan, con menor estabilidad regulatoria, más obstáculos para ejecutar proyectos y un costo del capital encarecido que dificulta atraer la inversión necesaria para modernizar las redes de transmisión.

Valoración. Colombia llega a la segunda vuelta del 21 de junio con la tensión que esta edición y la anterior han venido documentando llevada a su punto de máxima nitidez: una economía real que crece a buen ritmo —aunque traccionada por los servicios públicos y el consumo, no por la industria ni el agro— frente a unas cuentas que se deterioran a un ritmo que los analistas independientes consideran peor de lo que el propio Gobierno admite. El veredicto de Fedesarrollo y XP sobre el MFMP es el dato más relevante de la semana porque traslada el debate del terreno de las proyecciones oficiales al de la aritmética verificable: si el ajuste real ronda los 100 billones de pesos y no los 30,2 que Hacienda plantea, el próximo gobierno heredará un esfuerzo de consolidación cuya magnitud excede cualquier reforma tributaria viable en un solo periodo, y cuya credibilidad ante las calificadoras dependerá de una gobernabilidad que la segunda vuelta apenas comenzará a definir. El crecimiento de 3,3% en abril es una buena noticia que conviene leer con cautela analítica: está liderado por el gasto público electoral y por un consumo que la apreciación del peso —ella misma un trade electoral— abarata artificialmente, de modo que su sostenibilidad está atada a las mismas expectativas que el 21 de junio pondrá a prueba. La proliferación de iniciativas regulatorias de fin de mandato —el decreto postal que el propio Emisor advierte como un riesgo de lavado, la transición de tasas de referencia, la reglamentación del trabajo nocturno— dibuja un Gobierno que apura su agenda en la recta final, mientras el sistema financiero se reordena con la salida de Itaú del segmento minorista. Lo que el mercado espera del domingo no es un nombre sino una señal: que el próximo gobierno tenga la capacidad y la disposición de tramitar el ajuste que tanto Hacienda como sus críticos reconocen inevitable, solo que en magnitudes distintas. Esa señal, y no el resultado electoral en sí, decidirá si el rally de activos que la edición anterior documentó se consolida sobre fundamentos o se revela como la euforia anticipada de una expectativa que la realidad fiscal terminará corrigiendo.

 

VI. Mercados financieros

Renta variable: Wall Street cierra una semana positiva pese al freno de Warsh, el Nasdaq lidera por la tecnología y el COLCAP se acerca a máximos históricos en pleno trade electoral

La renta variable global cerró una semana de saldo positivo pero con un tono más cauteloso hacia el final, marcada por el pulso entre el alivio geopolítico y el endurecimiento de la Fed. El acuerdo preliminar entre Estados Unidos e Irán y la expectativa de reapertura de Ormuz detonaron un rally de apetito por riesgo al inicio de la semana, al reducir la prima de riesgo energético y reforzar la narrativa de menores presiones inflacionarias futuras. El S&P 500 cerró en 7.500,58 puntos con un avance semanal de 0,9%, el Dow Jones en 51.564,70 (0,7%) y el Nasdaq Composite lideró las ganancias con un alza de 2,4% hasta 26.517,93, en su mejor desempeño desde finales de mayo. El liderazgo correspondió a la tecnología y los semiconductores, con un fuerte avance de Intel tras conocerse su producción doméstica de chips para Apple, acompañado por Nvidia y Micron, lo que explica la mejor dinámica relativa del Nasdaq frente al Dow.

El impulso, sin embargo, encontró su freno en la propia reunión de la Fed que el bloque de Estados Unidos documentó. El tono más restrictivo de Warsh y un dot plot inclinado hacia un alza posterior castigaron especialmente a los activos de mayor duración y a los múltiplos de crecimiento, y los principales índices se desplomaron mientras el presidente hablaba. El cierre semanal estuvo además teñido por la fragilidad del proceso diplomático: el aplazamiento de las conversaciones de Suiza —tras nuevos enfrentamientos entre Israel y Hezbolá en el sur de Líbano, luego resueltos con un cese al fuego— recordó al mercado que la desescalada sigue siendo precaria, lo que moderó el apetito por riesgo y limitó la continuidad del rally. Con Wall Street cerrado el jueves por el feriado de Juneteenth, las plazas globales cerraron a la baja en una jornada de bajos volúmenes: el Stoxx 600 europeo cedió 0,2% y el MSCI Asia Pacífico 0,3%, alejándose de máximos históricos. En el plano corporativo, el 12,51% de los inversionistas de Commerzbank aceptó la oferta de adquisición de UniCredit por 42.000 millones de euros, y Siemens Energy avanzó cerca de 10% ante la revelación de una revisión estratégica sobre su división de descarbonización industrial.

En Colombia, el COLCAP fue de nuevo protagonista con una valorización semanal de 4,9% hasta 2.502,96 puntos, quedando apenas 2,36% por debajo de su máximo histórico de 2.563 unidades y superando a sus pares emergentes de Chile, México y Brasil. El motor fue, una vez más, el trade electoral de cara a la segunda vuelta del 21 de junio entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda: el mercado siguió descontando un escenario de menor intervención económica, reducción tributaria y mayor apertura al sector de hidrocarburos. El avance estuvo condicionado, no obstante, por la caída del Brent por debajo de 80 dólares, que generó volatilidad en Ecopetrol por su peso en el índice, junto con noticias corporativas de la petrolera —la suspensión temporal de la OPAV por Brava Energía, el acuerdo laboral con la USO por seis años y el mantenimiento de su calificación BB- con perspectiva estable por parte de S&P Global. Las acciones más valorizadas de la semana fueron ISA (10,70%), Ecopetrol (7,21%) y PF Grupo Sura (6,72%), mientras Fabricato (-2,37%) y BVC (-1,11%) lideraron los descensos. El dato que mejor dimensiona la asimetría del momento lo aportan los propios estrategas locales: de confirmarse el giro político el 21 de junio, anticipan una reacción positiva adicional de entre 5% y 10% según los primeros anuncios; en caso contrario, una corrección de entre 10% y 20% en la primera sesión, que devolvería al índice a la realidad tras una valorización extendida.

 

Renta fija: los TES extienden el rally por el flujo extranjero mientras la curva global se tensa por Warsh y el riesgo político británico

El mercado de deuda cerró una semana de dos lógicas opuestas: una curva global que se tensó al alza por el giro restrictivo de la Fed y un episodio de riesgo político en el Reino Unido, frente a unos TES colombianos que extendieron el rally que la edición anterior documentó, esta vez impulsados por un flujo extranjero masivo. En Estados Unidos, pese al bajo volumen del feriado, los operadores intensificaron sus apuestas al endurecimiento y descontaron plenamente un alza de 25 puntos básicos para septiembre a través de los swaps, frente a los apenas 8 puntos de comienzos de semana, un ajuste agresivo que responde al tono inesperadamente restrictivo de Warsh. La curva del Tesoro reflejó la tensión entre los dos vectores de la semana: el tramo a 2 años subió 9,6 puntos básicos por el sesgo de la Fed, mientras los plazos largos a 10 y 30 años cayeron 2,6 y 6,9 puntos respectivamente, recogiendo el alivio inflacionario del acuerdo sobre Ormuz y la caída del petróleo.

Europa sumó su propio foco de presión por un canal político. El rendimiento del gilt británico a 10 años escaló 8 puntos básicos hasta 4,84%, máximo de una semana, tras el anuncio del primer ministro Keir Starmer de que competirá por el liderazgo después de la victoria electoral de su retador Andy Burnham —visto como más partidario del intervencionismo y el mayor gasto—, lo que prolonga la incertidumbre fiscal del Reino Unido. El movimiento se contagió al bloque: el Bund alemán a 10 años ascendió 5 puntos hasta 2,98%, y los mercados asimilaron un escenario de tasas elevadas que ahora implica expectativas de 38 puntos básicos de ajuste adicional del BCE y 35 del Banco de Inglaterra para lo que resta del año.

En Colombia, el mercado de deuda pública registró valorizaciones sólidas a lo largo de la curva, con la referencia de TES a junio de 2032 liderando las ganancias al comprimirse 25 puntos básicos hasta 12,00%. La parte media y larga acompañó el apetito comprador —los TES a febrero de 2033 cayeron a 12,06% y los de octubre de 2050 a 11,65%—, mientras el tramo corto mostró recortes más defensivos por la expectativa de una postura más restrictiva del Banco de la República, que llegó incluso a desvalorizar puntualmente algunos nodos. El motor del desempeño fue un fundamento de flujos excepcionalmente favorable: los fondos de capital extranjero acumularon compras netas por cerca de 3,52 billones de pesos en TES durante los primeros doce días de junio —con compras reportadas de gestores como Pimco—, un influjo capaz de absorber la presión vendedora de los bancos comerciales, que liquidaron 1,7 billones, mientras las AFP rotaron sus carteras hacia bonos UVR. El riesgo de sobreoferta de corto plazo, pese a que el Gobierno ya utilizó el 70,2% de su espacio anual de subastas, se mitiga por la sólida liquidez de la Nación: los depósitos del Tesoro alcanzaron 18 billones de pesos al 12 de junio, un incremento anual de 61,6%, y las cancelaciones anticipadas por 41,75 billones han compensado holgadamente las colocaciones primarias del año.

 

Divisas: el dólar se fortalece por el giro de Warsh, el yen acusa el carry trade y el peso colombiano resiste por el ancla electoral

El mercado cambiario invirtió el signo de la edición anterior: si la semana del 08 al 12 de junio el dólar había cedido por el alivio geopolítico, esta semana se fortaleció con claridad arrastrado por el giro restrictivo de la Fed. El índice DXY avanzó cerca de 1,0% hasta el rango de 100,8 unidades, cerca de máximos de un año, anclado en el tono de Warsh y en las mayores proyecciones de tasas e inflación, con un soporte adicional como activo refugio tras la cancelación de las conversaciones de paz de Ginebra y la reducción del tráfico en Ormuz. La fortaleza fue generalizada entre las divisas desarrolladas: el euro cedió 0,8%, la libra 1,3%, el franco suizo 1,2% y el dólar canadiense 1,3%. El yen retrocedió 0,6% y acusó un castigo adicional por el ajuste de posiciones de carry trade ante la perspectiva de nuevas alzas del Banco de Japón —el mismo riesgo de desarme de flujos que el bloque de Asia identificó como latente, y que esta semana comenzó a manifestarse de forma incipiente.

En la región, la fortaleza del dólar presionó a la baja al real brasileño (-1,8%), al peso mexicano (-0,6%) y al peso chileno (-0,9%), este último afectado además por la segunda caída consecutiva del cobre. El peso colombiano, en cambio, fue una de las pocas divisas que se apreció, ganando 0,4% en sentido contrario a la marea global. El factor que explica esa resistencia es el mismo que vertebra el bloque colombiano: las encuestas electorales, la expectativa de un alza de tasas del Banco de la República y el posicionamiento previo a la segunda vuelta. El USD/COP operó en modalidad Next Day por el feriado estadounidense, cerrando cerca de 3.455 pesos en una jornada de baja liquidez que fue la última ventana de negociación antes de los comicios. El dato analíticamente relevante es que el peso se apreció pese a un dólar global en máximos de un año: es la prueba más nítida de que el ancla electoral está sobreponiéndose incluso a la gravedad cambiaria que arrastró al resto de emergentes, y de que el activo colombiano se mueve hoy más por la política doméstica que por los flujos globales.

 

Commodities: el petróleo extiende la caída por la reapertura de Ormuz, el oro y la plata pagan el tono de Warsh y los cereales intentan un rebote frágil

El mapa de commodities consolidó el giro que la edición anterior documentó, con la energía profundizando su retroceso y los metales preciosos castigados ahora por un canal distinto: el dólar y las tasas. El petróleo extendió su caída —el WTI cerca de 8% y el Brent más de 5%, oscilando en torno a 80 dólares— a medida que el mercado dio por descontada la reanudación progresiva del tráfico en Ormuz tras el acuerdo interino, con varios petroleros retomando la ruta e Irak dispuesto a reactivar gradualmente sus yacimientos. La cautela, sin embargo, no desapareció: la cancelación de las conversaciones de Washington y Teherán y la continuación de las operaciones israelíes contra Hezbolá en Líbano mantuvieron viva una prima de riesgo geopolítico residual. En el plano fundamental, la OPEP conserva una visión optimista de la demanda de largo plazo —proyecta un consumo mundial de 113,3 millones de barriles diarios en 2030, impulsado por Asia, Oriente Medio, África y América Latina—, en el habitual contraste con la Agencia Internacional de la Energía, que anticipa un retroceso.

Los metales preciosos cambiaron de driver respecto a la edición anterior. Si la semana pasada el oro caía por la expectativa de tregua, esta semana lo hizo por el endurecimiento de Warsh: el repunte del dólar a máximos de un año y la probabilidad cercana al 70% de un alza en septiembre redujeron el atractivo de un activo que no genera rendimiento. El oro retrocedió hasta cerca de 4.150 dólares la onza, encaminándose a su tercera caída semanal consecutiva, con Goldman Sachs recortando su pronóstico de cierre de año a 4.900 desde 5.400 dólares, mientras la plata sufrió una corrección más marcada al perder más de 10% en dos sesiones y caer por debajo de 65 dólares. El cobre cedió cerca de 1% hasta 13.690 dólares en Londres, presionado por el mismo factor de tasas más altas vía un dólar más fuerte y mayores costos de financiación, con los inversionistas atentos a una eventual decisión de Trump sobre aranceles al cobre refinado que podría desplazar existencias y acentuar diferencias regionales de precio. En el frente agrícola, los cereales intentaron un rebote frágil en Chicago tras tocar mínimos de varios meses, lastrados por el dólar firme, la caída del petróleo y unas condiciones meteorológicas más favorables para los cultivos estadounidenses: el trigo en torno a 613 centavos, el maíz hacia 444 y la soja estabilizándose en 1.122.

Valoración. Los mercados financieros de esta semana confirman el punto de inflexión que la edición anterior anticipaba y revelan cuál de los dos catalizadores en disputa terminó imponiéndose. El alivio energético de Ormuz fue real y se transmitió como esperábamos —petróleo a la baja, narrativa desinflacionaria, apetito por riesgo inicial—, pero el endurecimiento de Warsh resultó el factor dominante sobre el cierre, y esa jerarquía reorganizó todos los activos: el dólar a máximos de un año, el oro y la plata penalizados por el costo de oportunidad de las tasas, los Treasuries cortos tensándose y los múltiplos de crecimiento castigados. Es el mismo mensaje en cuatro mercados distintos: la geopolítica alivió la inflación, pero la Fed recordó que ese alivio no basta para cambiar el sesgo, y que el daño inflacionario ya consolidado mantiene las tasas altas por más tiempo. El caso colombiano sigue siendo la excepción más instructiva del tablero global, y esta semana lo fue de forma aún más extrema que la anterior: el COLCAP a un paso de máximos históricos, los TES comprimiéndose con un flujo extranjero verificable de 3,52 billones, y el peso apreciándose contra un dólar en máximos de un año. Esa triple valorización ya no descansa solo sobre expectativa: el influjo de capital foráneo le da un soporte de flujo real que matiza la fragilidad que señalábamos, pero no la elimina, porque ese mismo capital entró posicionándose ante un resultado electoral que aún no se ha producido. La asimetría que los propios estrategas cuantifican —entre 5% y 10% de alza adicional si el 21 de junio valida el giro, frente a una corrección de 10% a 20% si lo contradice— es la expresión más honesta del momento: el mercado colombiano ha tomado una apuesta direccional de alta convicción sobre un evento binario, y la magnitud de la reacción en cualquier sentido será proporcional a cuánto se anticipó. El resto del mundo cerró la semana descontando una Fed más restrictiva; Colombia la cerró descontando un cambio político. El lunes dirá cuál de las dos apuestas estaba mejor tomada.

Nota del Autor

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Enrique Ariza

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