
«Hay, fundamentalmente, solo dos causas del progreso del siglo XIX: las mismas dos causas que encontrarás en la raíz de cualquier época feliz, benevolente y progresiva de la historia humana. Una causa es psicológica; la otra es existencial. Una tiene que ver con la consciencia del hombre; la otra, con las condiciones físicas de su existencia. La primera es la razón, la segunda es la libertad.»
— Ayn Rand
I. Instruido en la venganza
Muchos de los rasgos morales, científicos e ideológicos del ser humano corresponden a la herencia emocional que cargamos a cuestas. De acuerdo con el Minnesota Study of Risk and Adaptation, la transmisión de valores familiares a los hijos alcanza el 60 % de su personalidad. Pero las orientaciones políticas muestran correlaciones padre-hijo de hasta el 80 %, una influencia que se ve reforzada por la educación y la exposición a eventos traumáticos; a saber, persecuciones o asesinatos.
Varios personajes de la vida pública tuvieron en común eventos similares. Sin embargo, para uno de ellos la opción de vida se transformó en un compromiso con la corrección histórica, producto del miedo, el resentimiento y la injerencia del comunismo más recalcitrante por parte de sus padres y educadores, convirtiéndolo en una figura obsesionada por hacer “justicia”: hablamos de Iván Cepeda.
Nacer en medio de líderes comunistas le permitió interactuar con cabecillas de grupos terroristas, además de vivir en Checoslovaquia (comunista) y Cuba. Desde los 11 años hizo parte de la JUCO (Juventud Comunista de Colombia) y tuvo relación con el nefasto Gilberto Vieira —un estalinista confeso—, quien fue secretario general del Partido Comunista Colombiano, al igual que con líderes del M-19 y las FARC, pues desde siempre se ha atribuido el rol de “defensor de los derechos humanos” frente al Estado colombiano.
Iván Cepeda reveló su proximidad con el comunismo cuando declaró: “Ya era estudiante de secundaria y comencé a hacer mi vida política y me metí de lleno en los barrios populares, sobre todo en Kennedy. Ahí hice mi trabajo como dirigente estudiantil, miembro de la JUCO. Yo era un muchacho que salía del colegio y me iba a los barrios y a la actividad política”. Un detalle no menor que da cuenta del interés de sus padres por moldearlo como revolucionario es la historia sobre su primera detención: sus padres lo felicitaron por ser uno de muchos “canazos”, según cuenta el mismo Cepeda.
Después del asesinato de Manuel Cepeda Vargas y, aprovechando la relación de amistad con otros líderes comunistas, Iván emprende con ímpetu la misión de alcanzar la corrección social que el país requeriría a través de la victimización, la búsqueda de un enemigo, la superioridad moral y el dominio de la narrativa, lo que le ha valido ser elegido Representante a la Cámara desde 2010 y Senador desde 2014.
Su construcción política y biográfica no desaparece en la adultez: se radicaliza en su forma de actuar pública.
II. Iván Cepeda: el sociópata
Su historia, su educación y su necesidad de ser el “defensor de las víctimas” lo llevan a proyectar una personalidad que se niega a sí misma, sacrificándose por sus defendidos. La manera de vestir y los colores que escoge buscan verse opacos y sin brillo, sumado a que permanentemente se obliga a una rigidez extrema para dominar la fisiología emocional; pretende ser profundo, calmado y gozar de una gran fuerza de contención, aunque en ese intento es traicionado por el movimiento de sus manos, las cejas y la tensión en cuello y hombros, especialmente si habla de Álvaro Uribe y, últimamente, de quienes usan la camiseta de la Selección Colombia —se le notó muy desencajado al aseverar que “el doctor Abelardo se roba hasta la camiseta de la Selección”—. El conjunto de estas características apunta a un hombre con trastorno de personalidad antisocial.
Basta observar los debates en los que hábilmente y con lenguaje pausado realiza acusaciones, levanta las cejas en señal de superioridad moral despectiva y espera la respuesta de algún ofendido. Luego sonríe con la satisfacción de hacer caer a su víctima y arremete con un gesto de soberbia disfrazado de tolerancia, pidiendo calma para confirmar que los violentos son otros; esa es la razón por la cual prefiere leer todo lo que dice y, si no lo hace, es porque ya lo ha planeado de antemano en su mente calculada.
La frialdad pasmosa con la que se ha obligado a vivir, alimentada por una insistente práctica de autocontrol, constituye un perfecto sociópata. El periódico El Colombiano indicó que varias personas que lo han conocido afirman que: “Iván es enigmático. Es difícil leer qué está pensando. Sus silencios no son elocuentes: son silencios de verdad”. Otra evidencia de su trastorno es la reacción inusual ante la muerte de su padre; al respecto, La Silla Vacía relató: “Iván no se quebró sobre el cadáver. Sacó de su chaqueta la columna que su papá había escrito para Voz, el semanario que dirigía, sobre otro militante asesinado días antes; cruzó a la casa de enfrente para avisarle a su esposa; y luego habló con los periodistas”.
Este tipo de formación del sujeto no surge en el vacío: tiene raíces ideológicas subyacentes que conviene rastrear.
III. El culto a Marx y Gramsci
Pese a empeñarse en ocultarlo, Cepeda es un fiel seguidor del concepto de “todas las formas de lucha”. En torno a ello, existe documentación de sus actividades en la JUCO, donde alentó el trabajo clandestino: “ponían bombas, llevaban a jóvenes a campamentos de las FARC y formaron la llamada JUSTICIA PATRIÓTICA JUVENIL, que según el exmilitante del M-19 Darío Villamizar fue una de las primeras propuestas de guerrilla urbana”. Estos métodos habrían sido aprendidos de su padre y de Gilberto Vieira, pues Manuel Cepeda, que aparentemente no era únicamente el director del Partido Comunista, también fungió en calidad de director del semanario Voz Proletaria y miembro del Comité Central, del Comité Ejecutivo y del Secretariado; conforme a algunas versiones, era de la línea política que apoyaba a las FARC. La relación entre Manuel Marulanda y Manuel Cepeda fue estrecha y mutualista; en una carta escrita de Marulanda a alias Timochenko al momento en que Cepeda padre se lanza como candidato al Senado se lee: “Lo de Manuel Cepeda es una exigencia del partido y nosotros nos comprometimos a ayudarle en las zonas guerrilleras o donde nosotros tuviéramos influencia”.
Autor del libro de poemas Vencerás Marquetalia, Manuel Cepeda da cuenta de su apoyo al proyecto fariano; Marulanda, tras el asesinato de este, expresó en correspondencia interna su dolor e indignación con frases del estilo: “haremos justicia aunque sea un poco tarde”. No en vano, uno de los frentes de las FARC lleva el nombre de Manuel Cepeda y una cabecilla de ese mismo movimiento usó el de su esposa, Yira Castro, como alias; esta relación continuó en la familia. Son ampliamente registradas las visitas del profesor Iván Cepeda a Casa Verde, donde, según él, tenía: “unas discusiones muy álgidas con Manuel Marulanda, con Jacobo Arenas, con Alfonso Cano, especialmente”.
Una carta escrita por Camilo García Giraldo —otro comunista de manual— narra cómo la esposa del periodista Armando Orozco le confesó “que había sido durante casi seis años la secretaria de un comité semiclandestino, de corte estalinista, del partido, compuesto por cinco miembros y dirigido por Manuel Cepeda, al que posteriormente se incorporó su hijo Iván”. Dicho comité era el encargado de eliminar personas “incómodas”, ergo, a quienes no mostraran suficiente “entusiasmo” con la causa revolucionaria, y es acusado del asesinato de José Cardona Hoyos y la desaparición y ejecución de Daneli Salas, esposa de Jorge Enrique Botero —un comunista más—. No obstante, Iván Cepeda, como es costumbre ante las acusaciones, se ha victimizado y ha entablado demandas contra Camilo García, estrategia utilizada persistentemente aprovechando las relaciones que tiene con juristas y magistrados de la Rama Judicial; ejemplo de esta estrategia es la declaratoria de nulidad de las pruebas encontradas en el computador de Raúl Reyes, donde se compromete la “misión” que cumplió Iván para “lavarle la cara” a las FARC luego del rechazo masivo del pueblo colombiano en la marcha “Un millón de voces contra las FARC” el 4 de febrero de 2008.
Asimismo, en la videocolumna CON LAS MANOS EN LA MASA, Cepeda es señalado por orquestar las acciones para que unos ciudadanos dominicanos terminaran recibiendo entrenamiento de explosivos y otros actos terroristas con miembros de las FARC. Obviamente, lo ha negado.
Artífice de una red de organizaciones de defensa de los derechos humanos que le ha permitido responder judicialmente a sus críticos, con base en el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado, la Fundación Manuel Cepeda Vargas, la Corporación Yira Castro y el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, junto a otras 200 organizaciones, ha logrado influir en espacios estratégicos como la JEP para impulsar narrativas y procesos jurídicos contra el Estado, siendo el caso de la masacre de Mapiripán permanentemente citado. He ahí la rapidez de las órdenes judiciales en torno a la prohibición del uso de la camiseta de la Selección Colombia, la bandera, el lema “Firmes por la Patria” y otros símbolos del movimiento de oposición Defensores de la Patria, en medio de un escenario político que afectaría sus aspiraciones presidenciales.
Emplea la “neolengua orwelliana” magistralmente. Si habla de paz promueve la violencia. Si habla de defensa de los derechos apoya la defensa guerrillera de los terroristas. Si habla de paramilitares se refiere a la oposición. Con su retórica gramsciana ha conseguido instalar que los colombianos olviden las atrocidades terroristas, que la JEP no escuche a estas víctimas y que las FARC no paguen un solo peso ni días de cárcel.
Recientemente, ha avalado el ataque a las fachadas de viviendas de la “oligarquía”, lo que aplica también a templos católicos, locales comerciales y todo lo que huela a empresarios o a capitalismo. No convoca a la tolerancia si los violentos son miembros de la Primera Línea, ni considera antidemocrático el ataque al bus de la Selección Colombia. Es tal su adoctrinamiento y extremismo que, valiéndose de su investidura, promovió que el ELN y otras guerrillas puedan “legalmente” secuestrar y obligar a combatir a niños de 15 años, y guarda silencio cuando el país se entera de que los terroristas reclutan niños de tres años para instruirlos en la guerra, justificándose en supuestos compromisos de paz que los grupos ilegales no están dispuestos a cumplir.
Cepeda es el autor de la política de “Paz Total”, que habilita que distintos delincuentes, terroristas y narcotraficantes sean integrados bajo la figura de “gestores de paz”, entre otras cosas para conferirles capacidad de injerencia sobre la decisión libre de los electores. Como resultado, en regiones con presencia de estructuras armadas, Cepeda alcanzó en la primera vuelta más del 95 % de los votos. Paralelamente, ha auspiciado el apoyo a la creación de una Asamblea Nacional Constituyente, con la que ha prometido diversas medidas, incluida la eliminación del Consejo de Estado, entidad que ha frenado varias reformas y decretos del actual gobierno.
En definitiva
Su anhelo es instaurar una dictadura radical y violenta como la de los Castro o la chavista. Su talante dictatorial lo exhibió cuando, en un cruce de palabras con Daniel Maldonado, ordenó a la policía que lo detuviera diciendo: “hágame el favor, procedan…”, manoteando despectivamente. Así, Cepeda encarna el cumplimiento del sueño de sus padres, de las FARC y del totalitarismo criollo. Además de la violencia, la venganza y la erosión de nuestras libertades individuales, materializa la amenaza más grande contra la vida, la libertad, la propiedad privada y el derecho a la búsqueda de la felicidad de miles de colombianos. Aquellos que voten por él optarán por las cadenas, la censura, la represión, la miseria y la muerte; condenarán a las generaciones futuras al exilio y a los ancianos a la inanición. Los violentos reinarán, pues, para ellos, la muerte se legitima siempre y cuando la revolución nos domine.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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