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Históricamente, los seres humanos hemos sido arquitectos de nuestra propia domesticación. De forma instintiva, para garantizar la convivencia y el orden, diseñamos un complejo entramado de reglas de comportamiento y patrones de conducta que, con el paso de los siglos, se han petrificado en nuestra psique. Lo que inició como una guía necesaria para la supervivencia se transformó en un conjunto de hábitos que hoy parecen escritos en piedra; estructuras invisibles pero rígidas que rigen nuestros días con una severidad casi religiosa. Vivimos bajo el mandato de lo que “debe ser”, atrapados en una inercia de gestos y horarios que percibimos como leyes naturales imposibles de quebrantar sin enfrentar el peso de la culpa o el juicio ajeno.
Lo que resulta inquietante es cómo esa disciplina impuesta se arrastra intacta hasta la edad dorada, convirtiéndose en una obligación anacrónica y un lastre pesado que no admite renuncias. En el seno de las familias, la insistencia por mantener el rigor de la productividad y la higiene social en el cuerpo del anciano se vuelve, con frecuencia, una fuente de discordia y fricción innecesaria. Intentamos imponer un orden que ya no les pertenece, generando momentos incómodos que, bajo la máscara del “cuidado”, terminan restando calidad de vida a quien ya se encuentra más próximo a decir adiós. Ese empeño por la norma se vuelve un robo silencioso de la paz en el tramo donde más se necesita la holgura del alma.
Esta obsesión por el control nos lleva a olvidar que el envejecimiento no es una etapa para corregir, sino para aligerar el equipaje. Nos convertimos, sin quererlo, en carceleros del bienestar ajeno, midiendo la dignidad de nuestros mayores bajo la misma vara de la utilidad y el rendimiento que el mundo laboral nos exige a nosotros. Nos aterra el caos de la vejez porque confronta nuestra propia necesidad de orden, y en ese afán de mantenerlos “funcionales” según nuestros estándares, les negamos el derecho más sagrado de la última etapa de la vida: la tregua. Exigirle a un cuerpo cansado que siga rindiendo pleitesía a los manuales de la buena educación es un acto de soberbia filial que confunde el respeto con la sumisión a la costumbre.
A los ochenta y tantos años, como los que hoy transita mi padre, se hace imperativo abrir la mente, despojarnos de prejuicios y romper con los estereotipos que nos ciegan. Para quienes los acompañamos, ciertas licencias pueden parecer absurdas o señales de abandono, pero la realidad de su tiempo amerita una flexibilidad que trasciende la lógica cotidiana. El derecho a dormir hasta que el cuerpo se canse de soñar, a ignorar la tiranía de las manecillas del reloj para comer según el capricho del apetito voraz o la desgana del momento, o incluso permitir que el televisor sea una compañía perenne de luz y sonido, pues el simple acto de lidiar con la tecnología del control remoto puede ser ya una carga, son actos de resistencia legítimos. No bañarse un día o romper el itinerario previsto no es un descuido; es un ejercicio de soberanía personal que mantiene la calma y, contradictoriamente, asegura un bienestar mucho más profundo que el de la higiene perfecta.
El derecho a la desobediencia debe entenderse como una verdadera patente de corso para aquellos que ya cumplieron con creces su tarea y siguieron a rajatabla las reglas del juego durante décadas. A esta altura del camino, el glamour, las formas sociales y las apariencias pierden su vigencia frente a la urgencia de la verdad interior. Ya no hay que demostrarle nada a un mundo que siempre pide más. Más allá del maquillaje de la corrección, lo que la vida necesita en su etapa culminante son momentos memorables y la libertad absoluta de habitar el tiempo sin presiones, para que, cuando llegue el momento del silencio, se pueda terminar la fiesta en absoluta paz.













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