La verdad es un tono de voz


Desde hace años me persigue un aforismo mal atribuido a Wittgenstein: «La verdad es un tono de voz».

En sus escritos, Wittgenstein no convierte la verdad en una cuestión de tono, más bien advierte lo contrario:  El hecho de que algo se diga con convicción no constituye, por sí mismo, una garantía de verdad o un criterio de justificación.

La frase, sin embargo, resulta tentadora porque permite nombrar un fenómeno contemporáneo: cada vez más personas parecen tratar la intensidad de la certeza como si fuera una prueba de verdad.

Y pocas frases poseen una capacidad semejante para explicar la cultura general y particularmente la cultura política.

Durante siglos se creyó que la verdad tenía alguna relación con la realidad. La idea parecía razonable. Existía un mundo ahí afuera y nuestras afirmaciones podían acercarse o alejarse de él. Una cosa era lo que pensábamos. Otra, lo que efectivamente ocurría. La inteligencia consistía precisamente en reducir esa distancia. En todo caso siempre pareció que había unos hechos ahí, afuera, vigilando discretamente nuestros entusiasmos, nuestra imaginación desaforada.

Los seres humanos vemos mal, recordamos peor, interpretamos de maneras contradictorias y tenemos una notable tendencia a confundir nuestros deseos con los hechos. Frente a esa muy humana condición existía, al menos, un punto de referencia. La realidad conservaba el incómodo derecho de desmentirnos.

Un médico, un juez, un ingeniero, un profesor podían equivocarse. Un gobernante podía equivocarse. Pero la enfermedad seguía allí, el delito había ocurrido o no había ocurrido, el puente se caía o no, el alumno sabía o no sabía, la inflación subía o bajaba independientemente de las opiniones que cada uno tuviera sobre ella.

La realidad poseía una desagradable costumbre: no pedir permiso.

Hoy no. Esa realidad como aduana de las ideas parece estar cambiando. No porque la realidad haya desaparecido. Las piedras siguen siendo piedras, el sol continúa apareciendo por las mañanas con una puntualidad que ningún funcionario alcanzaría jamás, el río corre, el precipicio conserva sus viejas mañas de hacemos caer y quien atraviesa una avenida sin mirar suele descubrir demasiado tarde que los carros también creen en la realidad.

Lo que parece haberse modificado es nuestra relación con ella. Cada vez con mayor frecuencia una afirmación es juzgada menos por su correspondencia con los hechos que por las emociones que produce.

Y es entonces cuando el viejo aforismo parece adquirir una inquietante actualidad. Porque determinadas afirmaciones obtienen apariencia de verdad no porque hayan sido demostradas sino porque fueron pronunciadas con suficiente convicción y con el tonito adecuado. La evidencia, que todavía conserva el viejo hábito de apoyarse en los hechos, puede ayudar. Pero ya no siempre resulta indispensable. A veces basta una voz firme, una indignación bien administrada o una seguridad inquebrantable para que una afirmación empiece a circular como verdadera.

Incluso el grito parece haberse vuelto innecesario. Algún dirigente político rezagado, poco enterado de las modernas técnicas de persuasión, todavía cree que la verdad entra por la fuerza. Los más sofisticados han descubierto que entra mejor por la emoción.

El fenómeno no es nuevo. Los predicadores lo conocían. Los caudillos lo conocían. Los vendedores ambulantes lo conocían. Las suegras lo conocían desde mucho antes de que existieran las ciencias sociales. Pero nunca había dispuesto de instrumentos tan poderosos para multiplicarse.

Las nuevas tecnologías han descubierto algo que los viejos manipuladores intuían desde hace siglos: la emoción viaja mejor que el razonamiento. La ira corre. La indignación vuela. El miedo galopa. Los matices, en cambio, caminan. Y la prudencia suele llegar cuando la multitud ya se ha ido.

Quizá por eso nuestra época produce tantos especialistas en administrar emociones ajenas. Algunos son políticos. Otros son periodistas. Otros son influenciadores. Algunos incluso poseen títulos tan largos que pronunciarlos ahoga la respiración.

Lo que los une no es una ideología determinada sino una habilidad común: saben interpretar estados de ánimo y devolverlos amplificados.

No inventan el resentimiento. Apenas le pasan afinador. No crean el miedo. Le consiguen gerente. No fabrican la ira. Le alquilan micrófono.

A veces recuerdan ciertas orquestas populares donde el volumen parece sustituir la calidad de la música. El público termina convencido de que aquello es magnífico simplemente porque resulta imposible escuchar otra cosa.

Algo semejante parece ocurrir con algunas formas contemporáneas de comunicación. La intensidad empieza a confundirse con la verdad. La convicción con la razón. La seguridad con el conocimiento. Y el tono de voz con la evidencia.

Lo curioso es que esta transformación no sólo afecta a la política. La encontramos en todas partes. En las redes sociales, en los medios, en las conversaciones familiares e incluso en ciertos ambientes intelectuales donde las opiniones son defendidas con una pasión que suele ser inversamente proporcional a las pruebas disponibles.

Cada época fabrica sus propias supersticiones. Durante siglos se creyó que las enfermedades eran castigos divinos. Después se creyó que la historia avanzaba hacia el progreso con la puntualidad de un tren suizo. Hoy comienza a creerse que sentir algo intensamente constituye una forma de conocimiento. Como si el entusiasmo fuera evidencia y la indignación una modalidad abreviada de epistemología.

Y quizá ahí resida una de las ilusiones más peligrosas de nuestro tiempo. Porque las emociones son indispensables. Nos permiten amar, compadecernos, indignarnos frente a la injusticia y experimentar belleza. Son lo mas humano de lo humano.

Pero las emociones no fueron diseñadas para verificar hechos. Fueron diseñadas para ayudarnos a sobrevivir.

El miedo puede salvarnos de un peligro real, pero también puede hacernos ver peligros donde no existen. La indignación puede denunciar una injusticia, pero también puede convertirse en combustible para una estupidez colectiva.

La historia humana ofrece abundantes ejemplos de ambas cosas.

Por eso sigue resultando intrigante el aforismo. No porque la verdad sea realmente un tono de voz. Más bien porque una parte creciente de nuestra cultura comienza a comportarse como si lo fuera.

Y cuando una sociedad empieza a confundir la resonancia con la verdad, la intensidad con la inteligencia y la ventaja con el mérito, aparecen personajes particularmente hábiles para prosperar en medio de esa confusión.

No necesitan demostrar demasiado. Les basta sugerir. No necesitan probar. Les basta sonar convincentes. No necesitan tener razón. Les basta producir la sensación de tenerla.

Y entonces la realidad, que continúa allí con su antigua terquedad, observa en silencio el espectáculo. Como suele ocurrir, termina teniendo la última palabra. El problema es que para entonces ya pasó la elección, ya se perdió el empleo, ya quebró la empresa, ya se tomó la decisión equivocada o ya se hizo el daño.

La realidad tiene modales antiguos. No discute demasiado. No abre cuentas en redes sociales. No suele ganar debates.

Simplemente espera. Después presenta la factura.

El carro pisa.

Fabio Humberto Giraldo Jiménez

Profesor de Ciencias políticas de la Universidad de Antioquia, Medellín Colombia. Ejercí, además, como Director del Instituto de Estudios Políticos (5 años) y como Director general de Posgrados (5 años) de la misma universidad. Como profesor jubilado dicto actualmente una cátedra sobre opinión política y me dedico casi exclusivamente a la lectura y a la escritura de textos de opinión.

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