
![]()
No había plan para una segunda vuelta, el único plan visible, expresado por el candidato Iván Cepeda en una de sus farragosas lecturas en plaza pública –lecturas para ya convencidos–, se reducía a hacerle un homenaje a Petro previo a iniciar el empalme. Ese sería el epílogo de la estrategia triunfalista y arrogante de una campaña que nunca se salió de su reducida zona de confort y cuyo leitmotiv se limitó a repetir hasta el tedio –sin emocionar– “Con Iván ganamos en primera”, pues bien, una porción importante del electorado se resintió y le envió un contundente mensaje al futuro homenajeado por el canal que más le duele a los políticos: por las urnas.
Y en lo personal, insisto en ello, sigo sin comprender porque la izquierda no lo vio venir, ya que, si revisamos los resultados al Congreso del pasado 8 de marzo se advierte que la oposición electoral a lo que representa Petro, la oposición no homogénea que arranca por el centro, pasa por la derecha tradicional y se consolida en la ultraderecha, es mayoritaria. La proporción que, desde mi perspectiva y en términos de preferencias electorales, se fija en un 40% a favor del Gobierno y un 55% en la oposición, se ratificó parcialmente con los resultados de la primera vuelta. Ni más, ni menos.
El 8 de marzo, la oposición, representada en su vertiente de derecha más tradicional en el Centro Democrático, creció de forma considerable. Canalizando un hartazgo in crescendo en una combinación de aceitadas maquinarias regionales con una base urbana de opinión. Se trató, palabras más, palabras menos, de un primer “plebiscito” sobre el Gobierno Petro en el cual se evidenció tanto la consolidación de la apuesta legislativa de la izquierda como el espacio cada vez más amplio que venía ganando la oposición; tal vez, la dispersión de listas en la derecha; los ilustres y mediáticos “quemados” antipetristas; y el deslumbramiento ante la votación del Pacto Histórico, no permitieron ver los “dientes” de un tigre al acecho.
Considero que la izquierda no supo –o no quiso– leer la dimensión de esos resultados. Así que Cepeda no vio problema en reducir la elección presidencial –el segundo plebiscito sobre el Gobierno– a una confrontación con la extrema derecha. El candidato de la izquierda, a quien poco le interesó crecer más allá de su núcleo duro gobiernista porque erróneamente asumió que el “centro” ya se le había sumado o se le tenía que sumar, tuvo la osadía de elegir a un adversario sin fotografía en el tarjetón, porque para Cepeda la confrontación era con Uribe, tamaño error, porque no le permitió ver que un adversario que sí estaba en el tarjetón y que no solo recogía, sino que además iba más allá del uribismo, estaba creciendo al canalizar estratégicamente el hartazgo que ya se había expresado en el “plebiscito” del 8 de marzo.
Para Cepeda y sus aliados más radicales, el “centro” no se tenía que convencer; su campaña, que inició con un reforzamiento identitario de la izquierda expresado en la designación de Aida Quilcué como fórmula, estaba plenamente convencida que con la adhesión de algunos exministros santistas transmutados en petristas desde hace años y los habituales verdes gobiernistas ese “centro” gaseoso ya se había diluido en las preferencias del electorado, según Cepeda: “ya estaba acá”. Con los centristas no tenía nada que debatir. Grave error. Se subestimó a un electorado inconforme con el Gobierno, pero no alineado con la derecha que además fue clave en la segunda vuelta del 2022. Electorado curado de caudillismo que luego fue maltratado y humillado.
Concluida la primera vuelta Cepeda entendió que ese “centro” con el que nada tenía que debatir no estaba con él y que nuevamente resulta clave en segunda vuelta. Y si la intención es ganar, primero, debe reconocer su identidad y condición de existencia como actor electoral no dispuesto a tragarse los sapos del Gobierno, y segundo, moderar o aclarar algunas de sus propuestas, es decir, en la medida de lo posible: “despetrificar” su campaña. Tarea ardua si consideramos que Petro asumió la campaña como propia, participando descaradamente en política e imponiéndole agenda a Cepeda. Eso explica porque su candidatura no pudo, teniendo posibilidades, eso no lo pongo en duda, crecer más allá de la base electoral de la izquierda que se fija en la preferencia de cerca del 40% del electorado.
A la campaña de la izquierda le ganó el triunfalismo excesivo, la arrogancia y el sectarismo. También su incapacidad para tomar distancia de los inocultables fracasos del Gobierno, reconocer lo que se viene haciendo mal y explicar cómo se corregirá, no entendieron, en medio de su ceguera sectaria, que una porción importante del electorado no está dispuesto a tragarse sapos para evitar el retorno del uribismo, se subestimó a un electorado urbano de clase media que castigó las incoherencias y excesos de Petro, y como en esta campaña Cepeda es Petro, de eso no hay duda, el guarapazo lo sintió el candidato que esperaba ganar en primera pero que todavía no sale del shock incubado por el triunfalismo.













Comentar