¿Qué hacemos con aquellos que no necesitamos?

El humanismo no nació de una teoría. Nació de una incomodidad.

La incomodidad que produce ver sufrir a otro ser humano y preguntarse si aquello debería importarnos. La incomodidad de preguntarse por qué algunas vidas parecen valer más que otras. La incomodidad de sospechar que el poder, la riqueza, la fuerza o el éxito no agotan lo que una persona es.

Mucho antes de que aparecieran los filósofos, los tratados sobre derechos o las constituciones modernas, ya existía esa inquietud. ¿Existe algo del ser humano que deba ser respetado incluso en el pobre, en el viejo, en el derrotado, en el extranjero, en el enfermo, en el inútil, en el diferente, en el enemigo, en el distinto, en aquel que parece no tener nada que ofrecernos y a quien no necesitamos?

Toda la historia del humanismo puede entenderse como una conversación interminable alrededor de esa pregunta. Y también como una sucesión de respuestas insuficientes.

Quizá porque el humanismo nunca ha sido una doctrina en sentido estricto. Ha sido más bien una intuición. La sospecha de que ningún ser humano debería ser reducido completamente a cosa, instrumento, mercancía o material de uso para los fines de otros.

Las religiones cambiaron. Las filosofías cambiaron. Las ideologías cambiaron. Pero esa inquietud continuó reapareciendo bajo formas distintas. Cada época creyó haber dado con una definición razonable de la dignidad humana. Y cada época terminó descubriendo que había dejado a alguien por fuera.

Durante siglos se creyó que la dignidad dependía del rango, de la sangre, de la riqueza o de la fuerza. Había hombres destinados a mandar y hombres destinados a obedecer. La desigualdad no era vista como un problema moral sino como parte del orden natural de las cosas.

Los antiguos encontraron la razón, pero no siempre encontraron al esclavo.

Los estoicos intuyeron una humanidad común cuando todavía parecía una idea extravagante. El cristianismo descubrió el valor espiritual de cada persona. La Ilustración intentó fundar la dignidad sobre la condición humana misma y no sobre la sangre, el linaje o la religión.

Kant formuló una de sus expresiones más influyentes al afirmar que el ser humano nunca debía ser tratado solamente como un medio sino también como un fin en sí mismo.

Los movimientos democráticos y sociales añadieron después una corrección necesaria: la dignidad humana no depende únicamente de derechos escritos. También depende de las condiciones concretas que permiten ejercerlos.

Cada una de esas tradiciones amplió el círculo de quienes merecían consideración moral. Pero ninguna dejó de producir nuevas exclusiones.

Vista desde lejos, buena parte de la historia occidental parece precisamente eso: la expansión gradual de ese círculo. Primero unos pocos. Después muchos más. A veces mediante avances admirables. A veces mediante retrocesos brutales.

Porque la historia humana tiene una extraña costumbre: cada progreso suele venir acompañado de nuevas formas de degradación. Las mismas civilizaciones que produjeron catedrales produjeron inquisiciones. Las que proclamaron los derechos del hombre mantuvieron esclavos. Las que exaltaron la razón organizaron matanzas industriales. Las que prometieron emancipación construyeron sistemas de vigilancia. Las que hablan de libertad suelen encontrar excelentes razones para negársela a alguien.

Desconfío de las narraciones triunfales o en que la historia avance en línea recta. También desconfío de las historias predestinadas o escritas de antemano. El desorden de los azares también deja su huella en la historia.

La historia del humanismo ligado a la dignidad humana más bien parece una larga conversación donde unas generaciones corrigen a las otras, donde unas experiencias desmienten certezas anteriores y donde cada época descubre, casi siempre demasiado tarde, las cegueras que no logró ver en sí misma.

El siglo XX obligó a formular la pregunta de una manera todavía más inquietante.

Durante mucho tiempo se creyó que la educación, la ciencia y el progreso terminarían por civilizar definitivamente a la humanidad.

Auschwitz, el Gulag, Hiroshima y otras tragedias demostraron algo distinto. La razón podía liberar. Pero también podía organizar la destrucción. La ciencia podía curar. Pero también podía matar. La administración podía proteger. Pero también podía convertir a los seres humanos en números.

El humanismo perdió entonces parte de su optimismo. Y ganó algo de prudencia. Comprendió que la dignidad humana no queda garantizada de una vez para siempre. Debe ser defendida generación tras generación.

Los desafíos actuales adoptan formas distintas, pero la pregunta de fondo sigue siendo sorprendentemente parecida.

No se trata de demonizar la técnica. Sería absurdo. El humanismo siempre ha convivido con la técnica. Desde el arado hasta la imprenta, desde la máquina de vapor hasta internet. Buena parte de la historia humana consiste precisamente en ampliar nuestras capacidades mediante herramientas cada vez más poderosas.

Pero toda ampliación de capacidades trae consigo nuevas preguntas sobre sus límites y sus consecuencias.

Las nuevas tecnologías han democratizado información, acelerado descubrimientos y creado formas inéditas de comunicación y cooperación. Sin embargo, también introducen formas cada vez más sofisticadas de clasificación, predicción y administración de la vida social.

Los algoritmos empiezan a participar en decisiones que afectan el acceso al crédito, al empleo, a la información y a múltiples aspectos de la existencia cotidiana.

La cuestión no es si debemos aceptar o rechazar la tecnología. La cuestión es cómo evitar que la lógica de la eficiencia termine desplazando la pregunta por la dignidad. Cómo impedir que las personas sean vistas únicamente como consumidores, usuarios, proveedores de datos o simples piezas de un mecanismo productivo.

En el fondo, no se trata únicamente de un problema tecnológico. Se trata de una vieja preocupación humanista expresada en un lenguaje nuevo.

Quizá por eso el humanismo sigue siendo necesario. No porque haya resuelto definitivamente la pregunta por la dignidad humana. Sino porque nos recuerda que esa pregunta nunca queda resuelta.

Cada época encuentra nuevas maneras de clasificar a las personas, de ordenarlas, de volverlas útiles o de declarar que sobran.

Y cada época necesita volver a preguntarse dónde están los límites.

Qué no puede comprarse. Qué no puede venderse. Qué no debería depender enteramente del poder, del mercado, de la técnica o de la utilidad.

En el fondo, todas esas preguntas terminan convergiendo en una sola.

¿Qué hacemos con aquellos que no necesitamos?

Porque, tal vez, una civilización pueda juzgarse precisamente por la manera como trata a quienes menos necesita.

Es allí donde una sociedad revela lo que realmente entiende por dignidad humana.

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