La Gravedad de lo Podrido

El que roba en nombre del pueblo, se ahoga con el nombre del pueblo.

Existe una ley que ningún decreto puede derogar, que ninguna cadena nacional puede silenciar y que ningún aparato de propaganda ha logrado jamás revertir: quien construye su poder sobre el engaño, carga con él como se carga una piedra atada al cuello dentro del agua. Puede nadar. Puede agitar los brazos con desesperación y elocuencia. Pero la física del poder corrupto es implacable — mientras más se mueve, más rápido desciende.

Venezuela lleva décadas siendo el laboratorio más cruel de ese principio.

Hay algo perturbador, casi teatral, en observar cómo los corruptos se reivindican. Lo hacen con una energía que los inocentes raramente poseen, porque la inocencia no necesita volumen. La culpa, en cambio, exige escenario. Exige micrófono. Exige multitudes convocadas por autobús y consigna obligatoria.

Se visten con el nombre del pueblo como se viste un cadáver con seda. El olor atraviesa la tela. La tela no cambia el olor.

Cada acto de reivindicación pública de quienes han saqueado a Venezuela es, en realidad, una confesión invertida. Porque el hombre que no robó no necesita explicar con tanta pasión que no robó. El funcionario que no traicionó no requiere cadenas nacionales de tres horas para demostrar su lealtad. La inocencia es silenciosa. La culpa, en cambio, es ruidosa, performática y, sobre todo, repetitiva.

Una pala más. Un metro más de oscuridad.

Lo que los analistas llaman “estrategia comunicacional” no es más que aceleración del hundimiento. Cada discurso que intenta reconstruir una imagen destruida por los hechos es, en términos reales, una pala más de tierra sobre una tumba que ellos mismos están cavando.

Alzan la voz en las plazas y el eco les devuelve lo que callaron: el nombre de cada hambre, el peso de cada exilio, la cuenta exacta de cada mentira cobrada en cuerpos.

No es poesía. Es contabilidad.

Venezuela tiene una memoria que no depende de los archivos que quemaron, de los testigos que exiliaron ni de los periodistas que silenciaron. La memoria de un pueblo hambreado no se borra con cadena nacional. Se asienta. Se sedimenta. Se vuelve roca.

El mármol los desconoce

Construyen pedestales con huesos ajenos y se preguntan por qué tiemblan. Graban su nombre en instituciones vaciadas, en avenidas de una ciudad que ya no los sostiene, en constituciones que violaron antes de terminar de redactar. Y el mármol — frío, indiferente, preciso — los desconoce.

Porque el mármol recuerda lo que se le graba, pero también recuerda las manos que lo grabaron.

La historia no tiene el pudor que ellos quisieran. No acepta sobornos. No procesa amnistías decretadas por los propios acusados. Trabaja lento, sí — con una lentitud que desespera a los justos — pero trabaja con una precisión que ningún poder ha logrado corromper del todo.

Venezuela es la orilla

Lo que quiero decir, en el fondo, es simple aunque duela:

No los hunde el enemigo. Los hunde su propio volumen. La densidad de lo que acumularon. El peso específico de cada mentira, de cada dólar robado en hospitales sin medicinas, de cada joven que cruzó una frontera que ellos convirtieron en única salida.

El pantano no necesita ayuda. El pantano solo necesita tiempo. Y tiempo, precisamente, es lo único que a ellos se les acaba.

Venezuela no es el pantano.

Venezuela es la orilla que los observa hundirse, que cuenta cada nombre, que sostiene la memoria cuando todo lo demás cede, y que sabe — con esa certeza silenciosa que solo da el sufrimiento largo — que la gravedad de lo podrido no admite excepción.

El lodo no juzga. Solo retiene.

Esta columna no requiere firma de ningún valiente en particular. Le pertenece a los once millones que ya no están dentro del país, y a los veintitantos millones que siguen adentro resistiendo. A ellos va dedicada.

César Mosbah Taki Tudares

Activista político venezolano, columnista y defensor de los derechos humanos, con una sólida formación en Comunicación Política. Su labor ha sido reconocida con el prestigioso Napolitan Victory Award de la Washington Academy of Political Arts and Sciences®. Ha participado activamente en cumbres internacionales de la juventud, como las organizadas por Youth Human Rights en la ONU y Youth and Democracy en Washington, lo que subraya su compromiso con la justicia social y política a nivel global.

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