
Si alguna vez pierdes la esperanza y te ves ante una adversidad que promete avasallarte, recuerda esta historia:
Es junio de 1967. Israel enfrenta una amenaza existencial.
La tensión alcanza su punto límite: Egipto moviliza fuerzas en el Sinaí, la Fuerza de Paz de las Naciones Unidas se retira de la región y los estrechos de Tirán quedan cerrados. El horizonte diplomático se extingue. La crisis abandona la negociación y entra en la lógica irreversible de la guerra.
El 5 de junio (hace casi seis décadas), Israel ejecuta un ataque aéreo decisivo. El dominio del cielo se impone desde el inicio y condiciona el desenlace estratégico del conflicto.
En apenas seis días, el mapa de Medio Oriente se redibuja: Sinaí, Gaza, Cisjordania, Jerusalén oriental y los Altos del Golán pasan a control israelí. Egipto, Jordania y Siria cierran filas. En el Sinaí se desarrolla una guerra abierta, intensa, sin márgenes de neutralidad. La coalición árabe precipita la Guerra de los Seis Días.
Israel, con inferioridad numérica y bajo presión en múltiples frentes, no solo resiste: prevalece de forma decisiva en uno de los conflictos más determinantes de la historia contemporánea de la región.
En seis días, la guerra altera el curso histórico. No como episodio aislado: como ruptura.
La enseñanza es clara: no prevalece quien ostenta el poder, sino quien actúa bajo riesgo absoluto. Quien arriesga todo para seguir existiendo en libertad, incluso cuando la adversidad parece infranqueable.
«La fortuna favorece a los audaces», escribió Virgilio en La Eneida; no vence el más brutal: vence quien posee la voluntad más indomable. La potencia nunca garantiza el resultado; solo la voluntad forja el destino.
Seis días bastaron para alterar el mapa. Lo que vino después exige otra mirada. La historia aún no termina…
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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