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Las elecciones presidenciales de ayer dejaron ganadores y perdedores. Sin embargo, más allá de los resultados y de las lecturas políticas que inevitablemente ocuparán el debate público durante los próximos días, la jornada también invita reflexionar sobre el estado actual de nuestra sociedad. Lo ocurrido en las urnas no solo expresa las preferencias electorales; también revela la manera en que nos estamos relacionando como ciudadanos Y quizás eso sea lo más preocupante ante cualquier resultado electoral.
Resulta difícil ignorar que Colombia atraviesa un momento marcado por la incapacidad de convivir con la diferencia. Durante años hemos visto cómo la discusión política ha dejado de centrarse en el proyecto de país para convertirse, en muchos casos, en una disputa permanente entre identidades enfrentadas. La política ha pasado de ser un espacio para debatir ideas a ser un escenario donde se cuestiona la legitimidad misma de quien piensa distinto. La pregunta ya no parece ser quién tiene mejores argumentos, sino quien merece el derecho a ser escuchado.
Quizás una de las causas de esta situación radica en un fenómeno más profundo: el individualismo que atraviesa buena parte de nuestra vida social. Con frecuencia observamos la realidad únicamente desde nuestra propia experiencia, nuestros intereses y nuestras convicciones. El ego termina convirtiéndose en el centro desde el cual interpretamos el mundo, dificultando la posibilidad de comprender las razones, los temores o las esperanzas de quienes tienen una visión diferente de la nuestra. Hemos llegado a un punto en el que muchas personas confunden tener una opinión con poseer una verdad.
Esta lógica se refleja con claridad en el debate público. Nos indignan las agresiones cuando somos nosotros quienes las recibimos, pero con facilidad justificamos ataques similares cuando provienen de aquellos que comparten nuestras posiciones. Criticamos la intolerancia de nuestros adversarios mientras reproducimos comportamientos igualmente excluyentes. De esta manera, la discusión política deja de ser un ejercicio democrático para transformarse en una competencia permanente por demostrar una superioridad moral. Paradójicamente, todos parecen sentirse víctimas de la intolerancia mientras encuentran razones para practicarla.
Las consecuencias de este fenómeno van mucho más allá de los escenarios institucionales. La polarización, los sectarismos ideológicos, la xenofobia, la homofobia y los distintos discursos de odio no permanecen únicamente en los discursos de lideres políticos o en las redes sociales. Poco a poco terminan infiltrándose en los espacios más cercanos de nuestra vida cotidiana, afectando relaciones familiares, amistades y comunidades enteras. Lo que comienza como una diferencia política termina convirtiéndose en una forma de mirar al otro con sospecha.
No deja de ser preocupante que diferencias políticas sean hoy motivo suficiente para romper vínculos construidos durante años. Familias divididas, amigos distanciados y comunidades fragmentadas son síntomas de una sociedad que parece haber olvidado que la democracia no consiste en eliminar al contradictor, sino en convivir con él. Cuando la discrepancia se convierte en enemistad, el tejido social comienza a debilitarse; y cuando la política logra romper afectos que sobrevivieron durante años, quizás el problema ya no sea político, sino profundamente humano.
En un país tan diverso como Colombia, esta realidad adquiere una dimensión aún más compleja. Nuestra historia ha estado marcada por profundas diferencias regionales, culturales, económicas y políticas. Precisamente por ello, la capacidad de diálogo debería ser uno de nuestros mayores activos colectivos. Sin embargo, con frecuencia parece imponerse la lógica contraria: la búsqueda constante de enemigos antes que interlocutores. Hemos llegado al punto en que encontrar culpables resulta más fácil que encontrar puntos de encuentro.
Las redes sociales han contribuido a profundizar esta tendencia. Los algoritmos premian la indignación, amplifica los mensajes más radicales y refuerzan la sensación de que únicamente existen dos bandos irreconocibles. En medio de ese ruido permanente, escuchar se ha vuelta más difícil que responder, y comprender parece menos importante que derrotar al otro en una discusión. No deja de ser irónico que en la época de mayor conexión tecnológica muchos parezcan incapaces de escuchar a quien tienen al frente.
Por eso, quizás uno de los grandes desafíos que dejan estas elecciones no sea únicamente el que enfrentará el próximo gobierno. También existe un desafío ciudadano que nos involucra a todos. Defender nuestras convicciones es legítimo y necesario, pero es igual de importante reconocer la humanidad de quienes llegan a conclusiones diferentes. Una democracia saludable no se construye cuando todos piensan igual, sino cuando las diferencias pueden coexistir sin destruir los vínculos que sostienen a la sociedad.
Más allá de cualquier posición política, esta reflexión nace de una preocupación humana antes que partidista. Si algo debería enseñarnos una jornada electoral es que ningún resultado eliminará la diversidad de opiniones que caracteriza a Colombia. Las urnas pueden decidir quién gobierna, pero son incapaces de resolver por sí solas la crisis de convivencia que atraviesa una sociedad. Las elecciones terminan en un solo día, pero la convivencia continúa al día siguiente. Y quizás el verdadero reto de nuestro tiempo consista en aprender nuevamente a escucharnos, comprendernos y reconocernos como parte de una misma sociedad, incluso cuando votamos de manera distinta. Porque ninguna democracia puede sostenerse durante mucho tiempo cuando cada sector está convencido de que el problema del país son los demás.













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