Con Licencia para matar

La diferencia entre un asesino y un agente al servicio del Estado no siempre radica en el acto ejecutado, sino en quién otorga la autorización para llevarlo a cabo. James Bond, el célebre agente 007, brinda quizá el ejemplo más conocido de esa distinción. En el MI6 británico, la designación 007 identifica a un agente con “licencia para matar”, facultad sujeta a restricciones precisas: debe ejercerse en cumplimiento de la misión asignada y nunca por impulsos emocionales. Tanto es así que, en la película Licencia para matar (1989), a Bond le retiran ese permiso tras asesinar a alguien por venganza. En conclusión, la licencia para matar convierte al agente 007 en un arma al servicio de la Corona y no en un mero espía convencional.

A lo largo de la historia, los seres humanos hemos debido defender nuestra vida, nuestras propiedades y nuestros ideales, incluso a costa de la propia existencia. Esa necesidad llevó a diversos filósofos a reflexionar sobre el origen del gobierno y del orden político a partir de la noción del “estado de naturaleza”. Para Thomas Hobbes, el hombre es violento, ambicioso y egoísta en esencia, y por ello necesita una mano dura que lo controle y lo someta (el Leviatán), pues autónomamente no es capaz de vivir en paz. Por otro lado, John Locke consideraba que, antes de la constitución de la sociedad política, el hombre posee la capacidad de crear, producir e intercambiar libremente, pero delega la defensa de la sociedad en un gobierno limitado por el respeto de la ley natural, el cual debe ser derrocado si no cumple dicho fin o si transgrede los derechos naturales.

De las dos ideas anteriores nacen las concepciones positiva y negativa de la ley, junto con los modelos de gobierno limitado y de poder tan extralimitado que desemboca en la tiranía o la dictadura. Fieles a esta última visión, los pensadores del estatismo y del socialismo han intentado durante años demostrar que el ser humano no puede vivir en paz sin una autoridad que lo dirija hasta en las esferas más íntimas de su vida.

Con tal de demostrarlo y darse la razón, el socialismo, sus intelectuales y sus seguidores más leales generan nuevas formas de confrontación, explotando las emociones de jóvenes y adultos. A los jóvenes los atraen mediante el sentido de injusticia, ya que la percepción de desigualdad o de pobreza estructural mueve sus fibras más íntimas; a esa sensibilidad se suma una mezcla de compasión y sentido de pertenencia. De este modo, se identifican rápidamente con organizaciones o grupos que dicen defender causas loables relacionadas con los oprimidos, los pobres y los excluidos. En el caso de los adultos, suele prevalecer el sentimiento de frustración, explicado por Mises en su libro La mentalidad anticapitalista:

Quien no ve sus ambiciones plenamente satisfechas se convierte, bajo tal orden social, en resentido rebelde. Los zafios se lanzan por la vía de la calumnia y la difamación; los más hábiles, en cambio, procuran enmascarar el odio tras filosóficas lucubraciones anticapitalistas.

El resultado de la ecuación es evidente: la semilla del resentimiento en las personas produce dos venenos, el odio y la irresponsabilidad. Odio hacia quienes producen, trabajan o no se comprometen con la “lucha”, al ser presentados como parte de aquellos que le quitan al pobre; peor aún si son exitosos o millonarios. Ahora bien, quien no alcanza el éxito o delinque no es responsable de nada: son los demás, sus padres, la sociedad, el mundo, el gobierno o el capitalismo. A partir de esa premisa, los socialistas más “experimentados” refuerzan los sentimientos de odio e irresponsabilidad al reducir la complejidad del mundo y de las interacciones humanas a la lucha entre “opresores y oprimidos”, sosteniendo verdades a medias y mentiras bien elaboradas, valiéndose de una vasta red de publicaciones e intelectuales ávidos de fama y/o dinero, pues el cerebro prefiere un espacio aparentemente lleno a la fragmentación.

Al final, el socialismo se transforma en un dogma y reemplaza a la religión. Al concebir el mundo en términos de una lucha entre oprimidos y opresores terrenales, no espera otra cosa de sus seguidores que impartir justicia. El mundo espiritual no existe; su misión consiste en construir el “paraíso en la tierra”, eliminando a los “pecadores”.

En ese sentido, solo hay una manera de librarse del pecado: la superioridad moral. Esta opera en doble vía: primero, al denunciar a quien comete el pecado, el denunciante se libera del mismo y se autopercibe moralmente superior; segundo, al investirse de superioridad moral, se arroga la autoridad para denunciar a quien incurre en la falta. De esta manera, los feligreses del socialismo denuncian en medios, libros, audios y pódcast; se ofenden, lloran y gritan, mientras sus líderes, aun cuando cometen delitos, siguen siendo justificados, al entender que todos forman una sola realidad: el colectivo.

Una vez superado este estado, los feligreses de la izquierda pasan a ser máquinas de muerte: armas del partido, del grupo, de la asamblea o cualquiera que sea su denominación. Dejan de ser “simples mortales” para integrarse al arsenal asesino del socialismo; consumada esa transición, adquieren su licencia para matar y lo hacen permanentemente, eso sí, sin restricción alguna y, si es con odio o rencor, ¡mucho mejor! Estos asesinos roban vidas, acaban con ellas, eliminan a sus adversarios y a sus familias, los destruyen públicamente, los hostigan y utilizan el terror para silenciarlos. Crean bandas criminales para tal fin y se apoyan en terroristas digitales, mientras sus aliados políticos, jueces y representantes de distintos países los justifican con sentencias del tenor de la expresada por Carlos Gaviria, quien afirmó en tono amistoso: “Una cosa es matar para enriquecerse y otra cosa matar para que la gente viva mejor”. A la par, llaman a la tolerancia para, tras obtener la ventaja, actuar en palabras de Lenin: “Tomar sin contemplaciones lo que quieran y sin que los conmuevan las reclamaciones y las apelaciones de los enemigos venidos a menos”.

Todos, sin excepción, pretenden materializar las palabras del Che Guevara: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una máquina de matar efectiva, violenta, selectiva y fría”. Sin destruir la familia, la democracia, el cristianismo, la vida, la propiedad y el individualismo, no lograrán refundar el paraíso en la tierra.

Nosotros y nuestra descendencia atravesaremos una de las épocas más conflictivas y violentas de la historia; una en la que seremos asediados, perseguidos, sindicados y oprimidos por agentes 007 socialistas, marxistas y progresistas que no tendrán misericordia de quienes defiendan las ideas de la libertad. Si los liberales clásicos y los libertarios no recurrimos a la fuerza de las palabras, del ejemplo, de la educación y, en caso extremo, a la legítima defensa, quedaremos a merced de quienes sí lo vienen haciendo desde la Revolución francesa: los socialistas. Las reacciones frente a los resultados de la primera vuelta presidencial en Colombia lo evidencian con claridad.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Jorge Ordóñez Monak

Coronel retirado de la FAC (Fuerza Aeroespacial Colombiana). Administrador Aeronáutico de la Escuela Militar de Aviación y Máster en Defensa y Seguridad Nacional de la Escuela Superior de Guerra. Staff Writer de El Insubordinado.

Cuenta con más de 30 años de experiencia en operaciones aéreas, desempeñándose en diversos cargos de inteligencia, así como en funciones operativas y administrativas. Esta trayectoria le ha permitido desarrollar una visión integral de problemáticas multidimensionales en ámbitos nacionales e internacionales.

Apasionado por la libertad, la lectura, la historia, la filosofía política y el debate de ideas. Ha publicado diversos artículos en revistas de la FAC, Al Poniente, entre otras publicaciones.

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