Adictos a las elecciones, pero analfabetos de la democracia

Una verdadera democracia no quiere decir que todos votamos o podemos votar, sino que presupone que las personas piensan, discuten y disienten permanentemente (no solo en la semana de las elecciones y en redes sociales)”


¿Por qué están difícil hablar de política en Colombia? En nuestro país muchas familias dicen que en la mesa no se habla ni de fútbol, ni de religión, ni de política. Yo odio esa regla, me encanta hablar de política en cualquier escenario, pero curiosamente no me gusta hacerlo en las semanas previas a una elección importante. Y es que somos una sociedad adicta a las elecciones, pero analfabeta democráticamente.

La mayoría de la población se informa a través del algoritmo, pero le aburre participar en el debate público real durante los cuatro años que separan una elección presidencial de la otra. No entienden cómo pueden participar en la aprobación de una ley, ni cómo impactan las reformas constitucionales en su día a día. No distinguen entre hacer una política pública y hacer política electoral. Sin embargo, cuando se avecinan las elecciones, todos se convierten en analistas expertos y en gurús electorales.

Se podría decir que esta forma de participar es una tendencia global en los países democráticos del mundo a razón de cómo interactuamos hoy en las redes sociales. Pero es curioso que ese nivel de polarización y de ignorancia participativa ya existía en Colombia desde los tiempos de la independencia. Unos adelantados cuando se trata de pelear a muerte.

Un campesino – liberal o conservador – de finales del siglo XIX no razonaba (políticamente hablando) de forma muy distinta a como lo hace un joven contemporáneo que fue a la universidad y vive en una ciudad grande. El campesino, dependiendo del partido que apoyara su familia, quería que Obando matara a Mosquera o viceversa y que el ganador impusiera una nueva constitución que por fin hiciera viable la república. En la actualidad, el joven universitario dependiendo de la línea ideológica que le marca el algoritmo y su familia, quiere que Abelardo destripe a Cepeda o viceversa y que el ganador imponga las reformas que por fin hagan viable la república.

Lo mismo ha pasado en casi todas las décadas de la historia colombiana salvo cuando hubo hegemonías conservadoras o liberales. Pero siempre han estado ambos bandos queriendo matarse el uno al otro (mientras los lideres de cada extremo se dedican a cerrar negocios con las arcas del Estado asegurándose para sí mismos una mejor vida). Bolívar y Santander. Mosquera y Obando. Ospina y Olaya. Eduardo Santos y Laureano Gómez. Uribe y Santos. Uribe y Petro. Cepeda y De la Espriella. Cambian los nombres, pero se repiten los problemas. Como decía Antonio Caballero, la historia de Colombia no parece andar en línea recta sino en círculos.

Evidentemente es un problema estructural más que ideológico. Si la población no se educa democráticamente desde la infancia, si no entendemos que la seguridad es un problema igual de fundamental a la justicia social, si no somos capaces de hacer consensos con el que piensa distinto, nunca veremos mejora. Una verdadera democracia no quiere decir que todos votamos o podemos votar, sino que presupone que las personas piensan, discuten y disienten permanentemente (no solo en la semana de las elecciones y no simplemente a través de publicaciones fugaces en redes sociales). Se debe hacer dialogando, estudiando, participando – tanto en la calle como a través de los mecanismos que ofrecen las instituciones -. Pero, sobre todo, buscando acuerdos y no queriendo fulminar al otro como nos ha gustado acostumbrarnos.

Pablo Güete Álvarez

Abogado con énfasis en Derecho Comercial Internacional de la Pontificia Universidad Javeriana. Tiene un Master en Gobierno y Administración Pública de la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como abogado litigante en firmas internacionales.

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