El país que estamos votando

Luis Carlos Gaviria

En Colombia se está instalando una forma silenciosa de votar: el voto por miedo.

No el miedo histérico de las redes sociales ni el miedo fabricado por cadenas de WhatsApp. Hablo de un miedo más íntimo, más profundo y quizá más peligroso: el miedo a perder el país que sentimos nuestro.

Muchos ciudadanos están llegando a las próximas elecciones no desde la esperanza, sino desde la angustia. Y aunque pocos lo admiten públicamente, millones están votando más para evitar un escenario que consideran devastador que por verdadera admiración hacia un candidato.

Ese fenómeno merece ser analizado con honestidad.

Porque cuando una sociedad empieza a votar desde el miedo, lo que realmente revela no es solamente una disputa electoral. Revela una fractura emocional, institucional y moral mucho más grande.

El miedo no nació de la nada

En Colombia el miedo tiene memoria.

La violencia, la corrupción, la incertidumbre económica, el deterioro de la seguridad y la sensación permanente de fragilidad institucional han hecho que una parte importante de la población viva políticamente a la defensiva.

Hay miedo a que el crimen termine normalizándose.
Miedo a que trabajar honestamente deje de ser suficiente.
Miedo a perder libertades.
Miedo a que los hijos tengan que irse.
Miedo a que el futuro se vuelva una conversación imposible.

Y cuando el miedo se vuelve colectivo, las elecciones dejan de sentirse como una competencia democrática y comienzan a percibirse como un mecanismo de supervivencia.

Ese es el verdadero trasfondo del debate actual.

El problema de votar únicamente por temor

El miedo puede ser legítimo. Ignorarlo sería arrogante.

Pero también hay algo peligroso en construir decisiones políticas únicamente desde la amenaza. Porque el miedo simplifica la realidad: convierte adversarios en enemigos absolutos, reduce el debate público a una batalla moral y hace que cualquier crítica al “propio bando” parezca una traición.

En ese ambiente, la democracia se empobrece.

Las personas dejan de preguntarse:

  • ¿Cuál es el mejor proyecto de país?
  • ¿Qué reformas necesita Colombia?
  • ¿Cómo reconstruimos confianza institucional?

Y comienzan a preguntarse solamente:

  • ¿Cómo evitamos el desastre?

Ese cambio emocional transforma completamente la política.

El país no puede construirse solamente contra alguien

Una nación no se sostiene eternamente sobre el rechazo.

Puede ganar una elección desde el miedo, sí.
Puede incluso movilizar votantes.
Pero no puede construir estabilidad, reconciliación ni visión colectiva únicamente desde la angustia.

Colombia necesita algo más difícil que derrotar un candidato: necesita reconstruir la confianza entre ciudadanos que dejaron de verse como compatriotas y empezaron a verse como amenazas mutuas.

Y eso exige liderazgo, sensatez y responsabilidad de todos los sectores.

La tragedia del debate público colombiano

Hoy gran parte de la conversación política en Colombia funciona como una máquina de ansiedad:

  • redes sociales diseñadas para indignar,
  • noticias falsas compartidas como certezas,
  • discursos apocalípticos,
  • ataques personales,
  • y una narrativa permanente de “ellos o nosotros”.

Mientras tanto, los verdaderos problemas siguen ahí:

  • inseguridad,
  • desigualdad,
  • crisis institucional,
  • falta de oportunidades,
  • economías ilegales,
  • corrupción estructural,
  • abandono regional.

La política emocional sirve para ganar elecciones rápidas.
Pero rara vez sirve para resolver problemas complejos.

Votar con responsabilidad, no con fanatismo

Las democracias maduras no exigen ciudadanos perfectos. Exigen ciudadanos conscientes.

Es válido sentir temor por el rumbo del país.
Es válido preocuparse por la economía, la seguridad o las libertades.
Es válido incluso votar estratégicamente.

Lo que no puede pasar es que el miedo nos convierta en una sociedad incapaz de escucharse.

Porque cuando el adversario político deja de ser un colombiano que piensa distinto y pasa a convertirse en un enemigo existencial, el deterioro democrático ya empezó.

La verdadera pregunta

Tal vez la pregunta más importante de estas elecciones no sea quién ganará.

La verdadera pregunta es:
¿qué tipo de país quedará después de que pase la elección?

Un país más dividido.
Más resentido.
Más gobernado por el miedo.

O un país capaz de discutir sus diferencias sin destruirse emocionalmente en el intento.

Eso también se vota.

Y quizá sea lo más importante de todo.

 

Luis Carlos Gaviria Echavarría

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