“Persistir sin pensar no es emprendimiento, es obstinación.”
El emprendimiento se ha convertido en una de las palabras más repetidas en el discurso económico contemporáneo, Universidades, gobiernos y organizaciones promueven la idea de que emprender es la respuesta a múltiples desafíos como son desempleo, innovación, desarrollo regional, sin embargo, en medio de ese entusiasmo colectivo, también se ha instalado una narrativa peligrosa y es la romantización del sacrificio permanente.
Emprender, según esa narrativa, implica resistir cualquier dificultad, trabajar sin descanso y sostener el proyecto incluso cuando las señales indican lo contrario, aquí el fracaso se convierte en una prueba de carácter y el agotamiento se interpreta como compromiso, pero emprender no se trata de resistir, sino de decidir. Precisamente las decisiones estratégicas son el corazón de cualquier proyecto empresarial, decidir qué problema resolver, para quién hacerlo y en qué momento cambiar de rumbo; sin embargo, muchos emprendimientos fracasan no por falta de esfuerzo, sino por la incapacidad de detenerse a evaluar con claridad el contexto.
La cultura emprendedora suele celebrar la perseverancia, pero pocas veces habla de la importancia del criterio, sin embargo persistir en una idea sin revisar sus supuestos puede convertirse en una forma sofisticada de negación. Al respecto, en las aulas enseñamos herramientas de planeación, modelos de negocio y análisis de mercado, siendo estos instrumentos valiosos para orientar la toma de decisiones, pero cuando el discurso emprendedor se centra únicamente en la motivación y la resiliencia, se pierde de vista algo fundamental y es que la estrategia también implica saber cuándo cambiar o abandonar una idea.
El emprendimiento más que medirse solo por la capacidad de resistir, debe medirse por la capacidad de aprender, toda vez que un emprendedor que revisa constantemente su modelo de negocio, que escucha al mercado y que ajusta su propuesta de valor demuestra algo más valioso que la obstinación y es la inteligencia estratégica.
Las organizaciones que nacen de ese tipo de decisiones tienen mayores posibilidades de crecer de manera sostenible y no es porque eviten los errores, sino porque saben interpretarlos. De esta manera tal vez el verdadero desafío del emprendimiento contemporáneo más que trabajar más horas y repetir discursos inspiradores, es desarrollar una cultura empresarial donde pensar sea tan importante como actuar porque emprender es un ejercicio permanente de criterio, más que una prueba de resistencia física
“Las organizaciones no fracasan por malas decisiones, sino por líderes que dejaron de pensar antes de decidir.”













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