Entre el cielo y la tierra, no existe el azar

Hace unas semanas me llegó aquella frase y desde entonces llevo rumiándola hasta agotar mi mandíbula, a tal punto que las palabras ya ni me salen. Deshecha de respuestas y atragantada en mi silencio, seguí por mi camino sin saber que este me llevaría hasta el Amazonas y que ahí, entre los árboles, comprendería qué es aquello que hay entre el cielo y la tierra.

Fui hace muy poco a visitar a mi hermano, donde quedé deslumbrada por la magnitud de la selva: por un cielo que llora con la misma intensidad con la que sonríe, la fuerza de un río que no perdona nada y su capacidad para transformar a quienes se atreven a navegar por su cauce.

Hace un tiempo acepté que la milicia se había robado al hermanito con el que crecí; Miguel ya no es aquel niño que solía ocultarse tardes enteras en tazas de café oscuro mientras disfrutaba de un manjar de pensamientos que nunca me dejó probar. Tampoco es el mismo que alguna vez vivió bajo la sombra de su padre y tuvo que volverse esquivo para que esa sombra no lo atrapara. Pero la milicia le permite estar entre los árboles, quienes lo han vuelto más sutil, un poco más amoroso y expresivo dentro de lo que cabe; porque eso sí, aún conversa con las plantas y escucha lo que le dicen.

Y cómo no dejarse llevar, si pisas la selva y parece que las raíces de los árboles te tragan, las flores te ven y te cantan, y el follaje envuelve cada fibra de tu piel.

Dentro de lo mucho o poco que pude ver de aquel paisaje, me envolví lentamente en cada árbol que cruzó mi camino y mi mirada. Entre los pétalos de la “victoria regia”, los árboles de ceiba y caoba y los troncos de los capinurí. Dejé mis raíces sobre la tierra y me envolví en sus troncos y sus ramas hasta llegar a lo más alto de su follaje que colindaba con el cielo.

Era una sensación extraña; los árboles eran muy altos y de tanto estirarme quedé adolorida un par de días. Descubrí que sí es posible tener los pies en la tierra y la cabeza en las nubes, aunque mi mamá me regañe por andar medio volada y me pida que aterrice.

Sentí una extraña sensación de perfecto balance al ubicarme en aquel limbo entre el cielo y la tierra, donde en la lejanía se ve claramente el punto donde el cielo y el río se encuentran —ese que tanto llaman el “horizonte” y que tan fácil se nos pierde.

Miraba hacia arriba y me saludaban los ángeles con sus arpas y trompetas, el mago Merlín con su larga barba y sobre un hermoso caballo con alas y cuerno, al Arcángel Miguel con su espada mítica, al Arcángel Samuel con su yugo blanco y trajes rosados, y unas enormes alas iridiscentes que revoloteaban alrededor de mí y que ya he visto antes. Miraba al cielo y recordé cuánto aun no comprendo; cuántas fuerzas actúan sobre nosotros sin siquiera darnos cuenta y hacen que algunas cosas sucedan como por arte de magia, o por ello que llamamos “azar” o buena suerte.

Miraba hacia abajo y recordaba mi humanidad; la inevitable verdad de que moriré igual que el árbol que me sostiene. Que doy un mal paso y me caeré junto con las hojas del follaje. Que todavía tengo sombras porque el sol permanece brillando y sigo siendo carne y hueso; que tanto la naturaleza humana como la naturaleza de la selva enceguecen y hay cosas que me costará ver. Vi los pasos que di marcados en la tierra húmeda —algunos acertados y muchos errados.

Los árboles que me sostuvieron no son más que el canal que conecta el cielo con la tierra cuando el horizonte se nos escapa. Cuando olvidamos crecer para poder llegar a lo más alto del cielo; cuando nos desconectamos de nuestra humanidad y se nos olvida quiénes somos. Son esos hilos que suelen moverse para que sucedan esas cosas que llamamos “coincidencias” azarosas que a veces asustan. Porque sí existe aquel balance que tanto anhelamos, y a veces toca trepar árboles para alcanzarlo.

También comprendí que en mi humanidad encuentro lo consecuente, mientras que en el cielo encuentro lo correspondiente.

Y siempre tengo la opción de asumir o de huir.

Dicen que lo que te pertenece te encontrará, pero basta con bajar la mirada y escoger un camino diferente al que te susurran desde arriba. Tampoco vale la pena huir; las huellas que dejaste siempre te perseguirán, y hay cosas que simplemente ocurren por aquel paso que diste y por el que hoy te tropiezas o por el que hoy te elevas.

Me bajé de los árboles, y en el viaje de regreso por el río lanzaba pensamientos densos por la corriente. Me regresó algunas lágrimas que me faltan por llorar en gotas invasivas que me empapaban la cara y me regaban el maquillaje. Protestaba, sabiendo que era merecido y que hay consecuencias que aún no asumo. Se llevó muchos miedos que he venido superando, y los vi irse con la corriente hacia el horizonte, donde los recibió el cielo y ahora veré aquel supuesto “azar” jugar a mi favor. El río se lleva las confesiones de muchos; se las narra al cielo y allí definen cuál es la supuesta “suerte” que nos toca. Sus aguas invaden la tierra y se escapan entre las huellas que dejamos atrás; algunas las borran, otras veces las inunda de lágrimas, las hace más profundas hasta encontrar la valentía para ir a remendarlas.

El río se ríe de nuestra humanidad y se burla de la ingenuidad con la que denominamos la magia como simple “azar”. En sus aguas corren verdades que entregan al cielo, nutre las raíces de los árboles para que crezcan más alto y nos conduzcan al balance entre lo que nos hace humanos efímeros y lo que hace al espíritu inmortal.

Ignorante es quien se rehúsa a mirar sus rastros sobre la tierra y luego cuestionarse por qué se cae; quien se gana la lotería y cree no merecerla; quien es amado y no ve cómo ama; quien crece y se pregunta por qué ha llegado al cielo; quien se rehúsa a creer que quizás, entre el cielo y la tierra, existe la magia que hace la vida un poco más interesante.

Entre el cielo y la tierra, no existe el azar; sí existe un balance entre lo consecuente y lo correspondiente: entre lo humano y lo mágico.

Y cuando encontramos nuestro horizonte, no dependemos de algún árbol sabiondo para que nos lo recuerde.


La versión original de esta columna fue publicada inicialmente en el blog Isa Ramelli | Substack y posteriormente en El Insubordinado.

Isa Ramelli

Narradora de la vida y artista de la realidad. Periodista en formación, lectora apasionada, escritora y futura novelista. Founder Member de El Insubordinado.

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