“En un territorio donde la agricultura no solo alimenta sino que también inspira, don Alcides le puso música a uno de los frutos que mejor representan a Urrao: la granadilla. En los años ochenta compuso “Fruto de mi tierra”, un homenaje convertido en memoria colectiva, una canción que todavía parece quedarse suspendida entre montañas y cultivos, como si hubiera sido escrita para que el tiempo no pudiera llevársela.”
Hay lugares a los que no se llega: se atraviesan.
A El Maravillo, en las montañas profundas de Urrao, no se arriba simplemente siguiendo una carretera. Se llega después de cuatro horas de trocha, polvo y silencio; de puentes improvisados sobre aguas cristalinas; de caminos de herradura abiertos entre bosque nativo, potreros suspendidos en la nada y la sombra inmensa del Páramo del Sol, que vigila desde el oriente como un centinela antiguo.
Hacia el norte quedan los límites con la zona rural de Abriaquí, de donde llegaron algunos sobrevivientes de la barbarie; hacia el occidente comienzan a insinuarse las selvas del Chocó.
Así de lejos estábamos. Así de lejos llegó el conflicto.
Por invitación de la Alcaldía y como resultado del acompañamiento a las víctimas de este territorio en los últimos cinco años, llegamos hasta allí para conmemorar los 28 años de la masacre de La Encarnación y El Maravillo, perpetrada el 28 de abril de 1998 por estructuras de las Autodefensas Unidas de Colombia, cuando doce campesinos fueron arrancados de la vida en medio de aquella geografía que parecía diseñada para la paz y no para la muerte. Pero también se conmemoró el Día Nacional de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas.
En el calvario levantado por la comunidad como lugar de memoria, adornado con flores y dignidad, el sacerdote pronunciaba la misa intentando suavizar la historia. Hablaba de “fallecimientos”, como si el lenguaje pudiera domesticar la crueldad. Como si allí, frente a las cruces, alguien pudiera olvidar que aquello fue una masacre.
Terminados los actos simbólicos, emprendimos el regreso.
Fue entonces, en la parte trasera de un jeep que levantaba nubes de polvo sobre la montaña, cuando ella comenzó a hablar.
No habló: irrumpió.
Su voz no pedía permiso. Su voz exigía ser escuchada, como exigen escuchar millones de víctimas en este país que durante décadas han sido silenciadas, oídas pero no realmente escuchadas.
Así conocí a Icis Andrea Montoya, o simplemente Icis.
Con una energía que captura de inmediato la atención del forastero, Icis cuenta la historia de Urrao como quien ha decidido no permitir que el olvido gane una sola batalla. Habla rápido, enlazando recuerdos con fechas, tragedias con paisajes, muertos con pájaros, historia con montaña. En ella el conflicto y la belleza del territorio conviven en una misma respiración.
Pero antes de que la guerra convirtiera su apellido en ausencia, en Urrao muchos ya conocían a los Montoya.
Su padre, Alcides de Jesús Montoya Aguirre, no era un hombre cualquiera en el pueblo. Músico de cuerdas, comerciante, campesino y compositor, hizo parte de la estudiantina de la Casa de la Cultura durante las décadas de los ochenta y noventa. La guitarra y el tiple eran una extensión natural de sus manos, aunque no menos conocido era detrás de su puesto de legumbres, ubicado en la antigua plaza de mercado —allí donde hoy funciona Café Paraíso— cuando el parque principal todavía era también mercado, encuentro y tertulia.
En un territorio donde la agricultura no solo alimenta sino que también inspira, don Alcides le puso música a uno de los frutos que mejor representan a Urrao: la granadilla. En los años ochenta compuso “Fruto de mi tierra”, un homenaje convertido en memoria colectiva, una canción que todavía parece quedarse suspendida entre montañas y cultivos, como si hubiera sido escrita para que el tiempo no pudiera llevársela.
“Granadilleras, granadilleras,
de mi pueblo sin igual,
eres bella, eres hermosa,
oh reina de mi cantar…”
Don Alcides era de esos hombres cultos que aprendieron entre el campo, la música y la conversación pausada. Pero en el Urrao de los años noventa, donde las montañas comenzaron a llenarse de siglas, fusiles y listas de condenados, ni siquiera los músicos estaban a salvo. La guerrilla de las extintas FARC-EP lo asesinó en 1996 en su finca de la vereda El Salvador, arrancándole la vida a quien había hecho de las cuerdas una forma de contar el territorio.
Fue entonces cuando Icis comenzó a vivir la guerra de frente.
La noticia la recibió mientras se preparaba para viajar a Medellín, donde pensaba acompañar a quien había sido su amor de adolescencia. Los paramilitares lo asesinaron antes de que pudiera llegar.
Cuando regresó a Urrao, apenas hubo tiempo para enterrar a su padre.
Después vino el desplazamiento.
Medellín las recibió con cemento, hambre y desconcierto. El barrio Tricentenario se convirtió en refugio para Icis, su madre y su hermana, tres mujeres arrancadas de la montaña y sembradas, a la fuerza, en una ciudad para la que nadie las había preparado.
Pero la guerra aún no había terminado con ellas.
Meses después, su hermana decidió regresar al pueblo.
Allí, un comandante paramilitar se obsesionó con ella. Ante el rechazo, pagó para que, bajo engaños, una familiar la entregara. Fue violentada sexualmente y asesinada.
Años más tarde, el padre de su único hijo también sería asesinado.
Cualquier otra historia podría haberse quebrado ahí.
La de Icis no.
Porque mientras habla con esa mezcla de afán, memoria y claridad, uno entiende que cada palabra suya tiene un destino.
Y ese destino se llama “Vamos pa’ Urrao”.
Su empresa de turismo comunitario nació donde otros habrían dejado solo ruinas. Hoy sus recorridos son conocidos dentro y fuera del municipio. Pero no vende paisajes; vende memoria. No guía turistas; guía conciencias.
Con ella, subir al Páramo del Sol no es solamente una caminata ecológica: es atravesar décadas de historia. Es entender por qué estas montañas guardan más relatos que árboles.
Es común verla en el parque principal rodeada de estudiantes, compartiendo gratuitamente datos históricos, rutas ambientales y relatos del territorio. Lo llama la responsabilidad social de su empresa.
Ella lo llama así.
Otros podrían llamarlo construcción de paz.
Porque Icis no solo guía caminantes. También construye lugares de memoria. Sueña con rutas que conecten a Urrao con su pasado, con sus heridas y con su reconciliación.
Y quizás por eso entiende que la historia de este territorio no comenzó con las FARC, ni con los paramilitares, ni con las masacres de finales del siglo XX.
La historia de la violencia en Urrao viene de mucho más atrás.
Viene de la década de 1950, de los años de La Violencia, cuando estas montañas se convirtieron en refugio y trinchera de las guerrillas liberales de Pabón, una de las expresiones armadas más recordadas del suroeste antioqueño.
Aquellos hombres, perseguidos por chulavitas y contrachusmeros conservadores, defendieron un territorio mayoritariamente liberal que se negaba a arrodillarse ante el terror.
Tan profunda quedó aquella memoria, que una de las arterias principales del casco urbano todavía lleva un nombre que parece venir de otro tiempo: la Avenida Capitán Franco.
No es una casualidad.
Es un recordatorio.
El eco persistente de aquel guerrillero liberal convertido en símbolo de resistencia popular.
Y ahora, décadas después, cuando la violencia pareciera empeñarse en repetirse con otros nombres y otros uniformes, una mujer urraeña ha decidido responderle de la única manera capaz de derrotarla de verdad:
haciendo del dolor un camino.
Y de la memoria… una ruta de paz.













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