Pocos libros —más allá de la Biblia— han sido traducidos a tantos idiomas como The Adventures of Jonathan Gullible: A Free Market Odyssey, de Ken Schoolland. Actualmente circula en 60 lenguas, una cifra similar a la de El capital, de Karl Marx. El interés por esta obra ha crecido a medida que las ideas libertarias han ganado visibilidad en todo el mundo, en parte impulsadas por figuras de la talla de Javier Milei. La fortaleza de muchos libertarios radica en la teoría y la abstracción, pero esa misma inclinación ha limitado la difusión de nuestras ideas.
Una excepción notable es el legado de Ayn Rand, quien eligió la novela a modo de vehículo. Sus libros han vendido más de 37 millones de ejemplares y han sido traducidos a 38 idiomas. Por sí sola, La rebelión de Atlas supera los diez millones de copias. En comparación, Camino de servidumbre, de Friedrich August von Hayek, ha vendido más de dos millones. La diferencia no es menor: la ficción apela a las emociones; la no ficción, sobre todo, al intelecto.
Entrando en materia: Ken Schoolland, autor de la ya mencionada Jonathan Gullible, es una de las figuras más célebres del movimiento libertario global e integra el Board de Liberty International. Su libro, centrado en la economía, combina de manera inusual la novela satírica con el ensayo. En esencia, narra la historia de Jonathan, un joven que naufraga y queda varado en una isla desconocida.
El principal atractivo de la obra reside en su capacidad para empujar al lector a cuestionar aquello que suele darse por sentado. Desde el inicio, Jonathan se encuentra con unos pescadores que faenan en un lago que no pertenece a nadie; aun así, es administrado por el “Consejo de los Señores”, órgano de gobierno de la isla. Cada episodio se cierra con preguntas dirigidas al lector y un comentario explicativo —en este caso, en torno a las ventajas de la propiedad privada frente a la estatal.
En otro capítulo, Jonathan descubre los efectos perjudiciales del proteccionismo; más adelante, se ridiculizan las consecuencias de las políticas fiscales igualitaristas. Le sorprende contemplar a algunos isleños desplazarse de rodillas. La razón es un “impuesto a la altura”, que obliga a las personas más altas a pagar más por vulnerar la igualdad. El gobierno justifica la medida alegando que los altos disfrutan de ventajas en el trabajo, el deporte e incluso en las relaciones personales, y que esa desigualdad debe compensarse mediante impuestos. Solo los insensatos —le explican— caminarían erguidos y pagarían más; los sensatos avanzan de rodillas.
Un nuevo episodio aborda la regulación estatal en la construcción y el control de alquileres. Formalmente, los isleños son propietarios de sus viviendas; no obstante, el Estado decide cómo deben construirse e incluso puede ordenar su demolición si no cumplen la normativa. Jonathan no entiende por qué algunas casas están vacías mientras otras se deterioran, hasta que descubre el efecto de los topes legales al alquiler. También comprende que muchos no encuentran empleo porque los salarios mínimos impuestos por el gobierno lo dificultan.
El sistema estatal de pensiones, diseñado por el “Gran Lord Ponzi”, no es más que un esquema piramidal. Los ciudadanos confían en él en lugar de prever por sí mismos su futuro y acaban siendo engañados. Todo ello le parece a Jonathan absurdo… aunque al lector le causará una sensación inquietantemente familiar.
Los políticos tampoco salen bien parados. Recaudan impuestos, desvían parte de los fondos hacia sus propios intereses y la burocracia, y utilizan otra parte para comprar votos. Además, financian teatros y galerías de arte, lo que lleva a Jonathan a plantearse por qué el Estado debería decidir qué arte merece apoyo en lugar de dejar esa decisión a los ciudadanos.
En cierto pasaje, una anciana le cuenta la historia de una carrera entre una liebre y una tortuga por el derecho a repartir el correo. La liebre es diligente y rápida, atenta a las necesidades de los clientes; la tortuga, en cambio, recurre al lobby. El rey termina nombrándola “directora general de correos” y le concede un monopolio. Los efectos nocivos de la defensa de intereses particulares se repiten a lo largo del libro.
La parábola desmonta numerosos servicios públicos, tan asumidos que la gente ha dejado de considerar alternativas, especialmente el monopolio estatal de la educación. Jonathan sostiene que todo debería permitirse siempre que no perjudique a terceros, incluida la compra voluntaria de sexo y la compraventa de drogas.
De forma amena, el libro invita a cuestionar supuestos mediante la exageración satírica de las contradicciones sociales. Coincido con el autor en la mayoría de sus planteamientos, mas no en todos: rechaza la protección estatal de las patentes y las restricciones a la migración. Sigo siendo escéptico ante las visiones utópicas que aspiran a transformar por completo la realidad. Sin embargo, no es necesario compartir esa “utopía libertaria” para disfrutar de una obra que caricaturiza con precisión muchos excesos del Estado de bienestar: sobrerregulación, carga fiscal, salarios mínimos, control de alquileres y restricciones a la construcción.
Se percibe claramente que el libro fue escrito por un autor estadounidense. Hoy, en Europa, probablemente se pondría mayor énfasis en la libertad de expresión, uno de los ámbitos donde la intervención estatal se revela más problemática. Pocas ideas me resultan tan peligrosas como la de un gobierno que decide qué opiniones pueden expresarse y cuáles no. Es difícil imaginar que el autor discrepe en este punto.
Es positivo que el libro se actualice con el tiempo. Los principios de la libertad permanecen, pero la creatividad política para restringirlos parece inagotable. Pocos libros presentan la libertad y la autodeterminación individual de manera tan accesible y a la vez tan instructiva, y pocas parábolas ofrecen tantas puertas de entrada para seguir explorando estas ideas. Aunque dirigido a adultos, reviste un valor singular para estudiantes y jóvenes.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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