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No es tan difícil hacernos al imaginario de que los jóvenes pueden creer que comprender el dominio de nuevas tecnologías es algo sencillo por su edad, contrario a lo que puede suceder con el aprendizaje de los más adultos. Pero, cuando la opción es mediar entre la inteligencia artificial y adultos mayores a 50 años, pueden existir rasgos de que ignoramos con exageración que ellos aprendieron, asociaron e investigaron sin la rapidez del siglo XXI; esto generó habilidades que son de gran esfuerzo para generaciones más jóvenes.
El taxista que no usa GPS, el adulto que llega con indicaciones visuales, la búsqueda de información en la prensa o en libros físicos, las historias que se hacen largas por los detalles de observación, la vida o recetas sin tutoriales y las decisiones que tomaron en sus lugares de trabajo sin validación y confrontando su conocimiento (quizá con incomodidad). Son tipos de experiencias que estamos delegando. No tenerle respuesta a todo era un acto muy humano, pero el dispositivo en la mano con acceso a internet nos puede quitar el aliento a comprender cómo lograron ellos lo que lograron. Sin embargo, esta es una paradoja que puede decirse de cada generación con cada invento.
Lejos estoy de decir que deban permanecer los adultos con la falta de rutas asequibles que genera la tecnología o la inteligencia artificial puntualmente. Se trata de hacer algo razonable desde la comprensión de ventajas en el aprendizaje; por eso, enseñarles a usar sus dispositivos con más rigor no se hace solo urgente, sino un acto coherente. En términos de educación y comunicación, la socialización en estos casos, más que comprenderse como pedagogía o transferencia de conocimiento, es traducción.
Hoy tanto las instituciones como las personas nos hablan en digital y dicen generar experiencias digitales para facilitar los trámites. Podrían tener razón según sus mediciones internas, pero ¿esa misma forma digital le facilita a quién y por qué exactamente? porque hay casos donde ese tipo de optimización de recursos no aplica y derivan en la tan normalizada brecha digital. La digitalización de los servicios públicos, de salud, pensiones o actividades que eran básicas desde la presencialidad, si no se acompaña de alternativas en sitio y medidas inclusivas, no solo aumenta imaginarios sino frustración y exclusión social. Eso sin hablar de la renuncia de derechos, dependencia de terceros y mayor riesgo de aislamiento.
En esta época de los datos yo resalto solo dos estudios realizados, Cisco y la OCDE, que encontraron que son los adultos menores de 35 años a nivel global quienes más usan la inteligencia artificial, mientras que, los mayores de 45 años presentan una brecha explicada no por rechazo absoluto, sino por falta de familiaridad y menor participación en programas de formación digital. En nuestra realidad, en Colombia, la Gran Encuesta TIC de 2017 fijó que el 43% de las personas mayores de 55 años no usa internet porque no sabe cómo, y que el 63% se atrevería a hacerlo si le enseñaran. Esto para decir que, si bien no se puede exigir un experto en casa, también lleva tiempo que fuera de ella exista la concientización y la importancia de lo expuesto. Hablemos de lo que podemos hacer desde lo individual para que no sigan siendo estudios sino realidades que podemos mitigar con más conversaciones, inclusión y actos tan importantes como dedicar unos minutos al día y no plantearnos mismas conclusiones en décadas.
Si tienes manejo de redes sociales, respondes correos y usas WhatsApp, se podría decir que ya tienes la base para poder preguntarle al adulto que más frecuentas, sean padres o abuelos: ¿Qué haces en el celular?, ¿qué aplicaciones usas?, ¿te han hecho llamadas extrañas?, ¿sabes hacer consultas?, ¿qué es lo que más ves? Estaríamos acercándonos y acercándolos a hablar de tecnología en tiempos de inteligencia artificial. No es medir, pero ayudar a tener ese autoconcepto; el espacio de socialización de experiencias va quitando temores y resistencia a generar interés frente a estos temas. Sumaría mucho si a las preguntas se les incluye la de si saben qué es la inteligencia artificial, para explicarles lo que se hace con ella y activar lo que ellos ya aprendieron con décadas de experiencia: a “desconfiar con observación y sin afán, algo que sí nos falta practicar a los consumidores de contenido.
Si en el gusto por la poesía se dice que traducir es la forma más intensa de leer, es algo que podemos aplicar con la tecnología y con lo que les significa la inteligencia artificial a los adultos. Traducirlo en su mundo real y no solo con conceptos. Hay que decirles que no es solo para trabajar, sino para preguntar y para que ellos hagan parte de la conversación y de la historia que, claramente, la máquina no ha vivido y menos con sus experiencias.













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