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Estas pueden ser las últimas elecciones relativamente libres que Colombia tenga en décadas, y no digo totalmente libres, porque dadas las circunstancias actuales sería mentir, y quien crea que exagero no ha entendido lo que está detrás de Petro, ni lo que viene después de él.
Muchos creen que la amenaza para Colombia es Gustavo Petro, pero se equivocan. Petro es un experimento fallido, un narcisista desbordado por su ego, hundido en escándalos, contradicciones y torpezas. Ha hecho daño real y profundo al país, pero lo peor no viene de él, viene con su candidato Iván Cepeda que es otra cosa. Representa la izquierda fundamentalista, formada en la ortodoxia marxista en Europa del Este, que entiende la política como lucha por el poder guiada por una ideología absoluta. No improvisa, no vacila y no depende de su ego para sostenerse. Un Petro puede hundirse solo, ya lo demostró. Un Cepeda sabe lo que quiere y sabe cómo lograrlo.
El aumento de votos del Pacto Histórico en los territorios más cooptados por las estructuras criminales beneficiadas con la “paz total” no es una anomalía estadística, es la evidencia de un proyecto coherente. El totalitarismo avanza primero donde el Estado retrocede, y este gobierno se encargó de retroceder en todas partes, allanando el camino a un proyecto sobreviniente más radical y mejor organizado.
Frente a esa amenaza, muchos sostienen que la respuesta es el centro. Que hay que moderar el lenguaje, construir consensos amplios y unir al país alrededor de figuras como Paloma Valencia en coalición con los partidos tradicionales. Respeto a quienes lo creen, pero no lo comparto. El centro colombiano actual no tiene la fuerza moral ni convicción suficiente para contener un proyecto totalitario, y la razón es simple, un centro que se construye sumando con los partidos tradicionales hereda sus vicios, sus compromisos y su lógica de supervivencia política. Termina negociando con el poder de turno aquello que debería enfrentar. Habla de seguridad sin comprometerse a defenderla, habla de orden sin nombrar a quienes lo rompen, y busca no incomodar a nadie precisamente en el momento histórico en que incomodar es un deber cívico.
Eso no es centro, es cálculo, y el cálculo político, en tiempos normales, es legítimo; en tiempos de amenaza, es el vehículo perfecto para que el proyecto totalitario avance sin resistencia real. Los movimientos comunistas en toda la historia han sabido esto mejor que nadie, necesitan moderados para abrir la puerta. Por eso Colombia no va a contener un proyecto radical con tibiezas. La moderación es indispensable en tiempos normales, pero cuando la libertad está en riesgo, la moderación equivale a sumisión.
Por eso, entre las opciones hoy sobre la mesa, mi preferencia se inclina por la candidatura de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo, con el apoyo del Movimiento Salvación Nacional. Y lo digo por razones positivas, no solo por descarte.
De la Espriella no viene de la política tradicional, aunque su campaña ha sumado a figuras que sí lo son, y conviene aquí una distinción que muchos pasan por alto. En Colombia es prácticamente imposible armar un proyecto político serio solo con personas que jamás hayan tocado la política; alguna experiencia hay que traer, porque gobernar no se improvisa. El problema no es, entonces, que un equipo incorpore a personas que han militado en uno u otro partido —en un país sin claridad ideológica entre colectividades, donde tantos fluctúan por conveniencia o por convicciones cambiantes, eso es casi inevitable—. El problema real es otro, con quién se pacta directamente, y a qué nivel. Una cosa es sumar a profesionales o dirigentes que aportan experiencia individual, otra muy distinta es pactar con los directorios completos de los partidos tradicionales, recibirlos sin filtros y heredar su lista entera de cuestionados como viene haciendo Paloma Valencia. Eso no es renovación; es la misma estrategia del “todo vale” que en su momento permitió la reelección de Santos y que terminó por abrirle el camino a Petro. Es la política tradicional ofrecida como solución frente al desastre que ella misma engendró.
Hecha esa precisión, la fortaleza de la propuesta de Abelardo no descansa radicalmente en él. Descansa, sobre todo, en su fórmula vicepresidencial, José Manuel Restrepo, un hombre decente, con capacidades intelectuales indispensables para administrar el desastre que queda y con una moral hoy incuestionable. Su perfil aporta la solvencia, la serenidad y la profundidad institucional que un proyecto de reconstrucción nacional exige. Y descansa también en el respaldo del Movimiento Salvación Nacional, hoy bajo el liderazgo de Enrique Gómez, que se sostiene sobre la tesis del Acuerdo sobre lo Fundamental y se erige como el único movimiento político colombiano con verdadera claridad doctrinal. Esa candidatura encarna las tres condiciones sin las cuales ninguna república se sostiene: orden y fuerza legítima del Estado, libertad económica real, y un sistema de valores compartido. No son eslóganes, son los pilares que Colombia desmontó mientras normalizaba el caos.
Volver a esos pilares es lo que significa radicalizarse. La palabra suena fuerte para unos tiempos acostumbrados a la tibieza y al discurso políticamente correcto, pero es necesaria. Radical viene del latín radix, raíz, que significa volver a lo esencial, a lo que sostiene, a lo que da vida. No es extremismo, es regresar al fundamento.
Por eso la ruta representada por Paloma Valencia dejó de ser para muchos ciudadanos una alternativa real. Cuando una bandera política empieza a transar sus principios para sumar apoyos, deja de ser dique y se convierte en parte del problema. Cuando el afán de ganar reemplaza la claridad doctrinal, lo que se ofrece ya no es dirección, sino administración de la decadencia.













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