Irán y el alto al fuego: una ruptura anunciada

El diálogo Estados Unidos–Irán ha fracasado en Islamabad. Y no, no es una sorpresa trágica que nos obligue a rasgarnos las vestiduras. Es la consecuencia lógica, previsible y casi matemática de dos visiones del mundo que no divergen, sino que se repelen por sí mismas.

Las negociaciones, que duraron más de 21 horas, terminaron sin acuerdo. El vicepresidente J. D. Vance, que encabezaba la delegación americana, lo dijo con claridad: Irán no aceptó los términos esenciales. Washington exigía un compromiso firme, verificable y definitivo de que Teherán renunciara a buscar el arma nuclear y a las capacidades que le permitirían fabricarla en poco tiempo. Irán, por su parte, no estaba dispuesto a ceder en lo que considera su derecho soberano y su seguro de vida revolucionario. No había punto medio posible porque no había punto de contacto real.

No obstante, no es solo ese choque de exigencias maximalistas. Dentro del régimen iraní persiste una división profunda. Aunque el ayatolá Alí Jamenei haya sido eliminado el 28 de febrero en los bombardeos israelíes, la Guardia Revolucionaria conserva el control operativo de la maquinaria militar y de importantes resortes económicos. Incluso si los diplomáticos hubiesen firmado un papel en Pakistán, era más que dudoso que los sectores duros sobre el terreno lo hubieran respetado. Un acuerdo nacido muerto, en definitiva.

Mientras se celebraba este teatro diplomático, la realidad estratégica continúa avanzando. Estados Unidos no detuvo en ningún momento el despliegue de tropas de asalto y logística pesada hacia la región. Ni Israel, ni Trump, ni su equipo eran ingenuos: sabían que las probabilidades de éxito eran mínimas. La negociación sirvió, entre otras cosas, para ganar tiempo y afinar posiciones. Esa es la cruda gramática del poder cuando las palabras ya no bastan.

El panorama que se abre es sombrío, pero claro. Lo más probable es que en los próximos días o semanas regresen los ataques a gran escala. Irán no puede ganar una guerra convencional contra la alianza de Estados Unidos e Israel; sí puede, en cambio, infligir daños dolorosos: misiles y drones contra bases americanas, contra territorio israelí y, muy especialmente, contra las monarquías del Golfo y el estrecho de Ormuz, con Europa bajo presión y tiempo ganado. El coste económico para el mundo entero será alto. La libertad de navegación, el flujo de energía y la estabilidad de los mercados pagarán el precio de la intransigencia teocrática.

En este episodio destaca el papel de J. D. Vance. Dentro de la Administración Trump, él encarnaba la voz más prudente, la que más insistía en agotar la vía diplomática. No era un obstruccionista; era, de hecho, el menos inclinado a la solución militar. Por eso fue precisamente a él a quien se encomendó encabezar las conversaciones. Los propios iraníes habían condicionado su participación a sentarse con Vance, viéndolo como el interlocutor más abierto. Nadie podrá decir, con honestidad, que Estados Unidos envió a los halcones intransigentes y por eso todo se hundió. Al contrario: enviaron al hombre que más deseaba que el diálogo funcionara.

El fracaso, y la lógica, han golpeado directamente su posición. Vance regresó a Washington sin resultados concretos. A la vez, el secretario de Estado Marco Rubio acumula victorias visibles: primero en Venezuela y, posiblemente, pronto también en Cuba. En el grupo republicano, esa diferencia de balance se nota y puede ser decisiva en la carrera por el futuro liderazgo del partido.

Además, este desenlace deja sin argumentos a toda una galería de comentaristas y políticos acomodados en sus sillones, que durante semanas vendieron la idea de que Irán no aspiraba más que a la paz y que la culpa era de la pretendida belicosidad americana. Figuras como Tucker Carlson o Candace Owens, que insistían en que Teherán era razonable, ahora tendrán que reajustar su narrativa o enfrentarse a preguntas muy incómodas acerca de su posible financiación externa y responsabilidad en tiempos de conflicto.

Más allá de las luchas de poder en Washington, lo verdaderamente grave es la lección que el propio Vance —y como él muchos políticos occidentales, supuestamente, bienintencionados— ha recibido de primera mano. Sentarse frente a los representantes de un régimen teocrático, mesiánico y con una cosmovisión apocalíptica no es equivalente a negociar con una democracia liberal. Las buenas intenciones, la retórica del “compromiso constructivo” y la voluntad de comprender al otro chocan inevitablemente con una ideología que, desde la Revolución de 1979, ha construido su legitimidad precisamente a partir de la confrontación con Occidente y la promesa de un salvador que va a emerger del caos.

Este conflicto no nació ayer. Sus raíces están en una visión del mundo que ve la contienda no como un accidente que puede evitarse, sino como parte de un plan casi divino. Los sectores más fanáticos, en particular los cercanos a la Guardia Revolucionaria, están dispuestos a llevar las cosas hasta el extremo, sin medir consecuencias. No lograrán destruir el orden liberal, pero sí pueden alterar dramáticamente el equilibrio en Oriente Medio y, por extensión, la estructura global de la que nos beneficiamos desde la Segunda Guerra Mundial.

Lo que estamos presenciando es, en cierto modo, un ajuste de cuentas pendiente tras la caída de la Unión Soviética. Aquel colapso evitó una guerra nuclear directa; sin embargo, no resolvió las tensiones más profundas: rivalidades por recursos, choques entre civilizaciones y la dificultad de regímenes autoritarios para convivir en un mundo basado en soberanías limitadas, consensos y democracias. Treinta y cinco años después, esas tensiones han explotado con crudeza.

Un liberalismo auténtico —no la versión sentimental y autocomplaciente que confunde deseo de paz con debilidad— conduce a una conclusión cruda, aunque ineludible: la libertad y la estabilidad no van a defenderse solas. Requieren instituciones sólidas y, sobre todo, claridad moral, disuasión creíble y la voluntad de reconocer la realidad: que no todos los actores persiguen los mismos fines. Cuando una parte busca contención, acuerdos y reglas, y la otra ve la moderación ajena como debilidad y su intransigencia como un destino histórico, el diálogo ya no puede ser la solución y se convierte en un mero intervalo para ganar posibilidades.

Y los intervalos, en la geopolítica del siglo XXI, suelen ser cortos y, a menudo, caros.

Ahora solo queda esperar el siguiente movimiento. Lamentablemente, todo indica que llegará con fuego. Que llegue, al menos, con la lucidez de quien ya no se engaña y finalice con una solución definitiva.


La versión original de esta columna fue publicada en el portal Okdiario y posteriormente en El Insubordinado.

Ana Gómez Palomo

Presidente del Club de los Viernes. Liberal, judía y taurina. Políticamente incorrecta. Firme defensora de la vida, la libertad y la propiedad privada.

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