El derecho a la permanencia del recuerdo

Felipe Jaramillo

Existe un juicio severo en la mirada de quien escucha, por décima vez, la misma anécdota de labios de un viejo. Suele diagnosticarse con ligereza como una avería del reloj biológico, un síntoma del desgaste de los engranajes que llamamos memoria. Se dice que el olvido ha ganado terreno porque la persona ya no recuerda haber pronunciado esas mismas palabras ayer, o hace apenas una hora. Sin embargo, en esa impaciencia de la juventud cometemos un error de lectura: confundimos la fatiga del registro —el haber perdido la cuenta de las repeticiones— con la erosión del contenido. Nada más lejos de la verdad. La historia sigue allí, intacta en sus puntos y comas, vibrante en sus matices; lo que el anciano olvida no es su vida, sino la importancia de haberla narrado ya. Y es que, a ciertas alturas del camino, la contabilidad de las veces que se ha dicho algo carece de relevancia frente a la urgencia de lo que se narra.

Esa insistencia no es una falla técnica, sino una forma de crononáutica circular. Cuando se transita por los ochenta y tantos, el inventario de hojas en blanco se ha reducido drásticamente y la tinta de la pluma comienza a escasear. Ya no se esperan grandes goles en el último minuto ni giros imprevistos en la trama; las historias que están, son las que son. Son el sedimento de una biografía que se niega a disolverse. Por eso, el viejo vuelve a su relato predilecto con la misma ferocidad con la que un náufrago se aferra a un madero: no porque no sepa que ya lo ha abrazado antes, sino porque ese madero es su única certeza en un mar de ausencias. En su mente, la aventura no pierde fuerza por ser recontada; al contrario, se pule como una piedra de río hasta alcanzar la perfección del mito personal.

He visto cómo en la vejez de mi padre el lenguaje se vuelve un rito de preservación. Escuchar ese loop interminable sin la soberbia de la corrección —sin ese “ya me lo contaste” que cae como un hachazo sobre el entusiasmo— es, quizás, el acto de amor más elevado que podemos ejercer. Porque permitir la repetición es validar que esa historia merece seguir existiendo. Cuando recriminamos el olvido de la frecuencia, estamos minimizando la magnitud de la hazaña contada. En cambio, recibir la historia como si fuera inédita es abrirle un espacio en el presente a quien ya siente que el futuro se le cierra.

Al final del día, es preferible habitar mil veces el mismo recuerdo de su mano, que enfrentarnos al silencio definitivo de cuando no haya quien cuente más esas historias. Escuchar el eco de sus vidas es la mejor forma de cuidar su memoria, entendiendo que, aunque la página esté gastada de tanto leerse, el brillo de la tinta sigue siendo el mismo que cuando se escribió por primera vez.

Felipe Jaramillo Vélez

Doctor en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana, Creador de la escuela de pensamiento Aún Humanos la cual reflexiona sobre el ascenso de la técnica sin reflexión desde el Humanismo.

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