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«Ignorancia y saber circulan y se despiertan igualmente por parte del maestro y del alumno, que sólo entonces comienza a ser discípulo. Nace el diálogo.»
María Zambrano, La mediación del maestro
Una muchacha de diecinueve años entra al aula un lunes de febrero. Lleva en el bolsillo un teléfono que puede escribirle el ensayo, resolverle la integral, traducirle a Heidegger al inglés y devolvérselo comentado. Se sienta. El profesor entra. Empieza una clase de tres horas sobre algo que, si lo medimos por la utilidad inmediata, ya está escrito, indexado y resumido en otra parte. ¿Qué hacemos ahí los dos, durante esa hora que ninguna máquina necesita? La pregunta no es retórica. De la respuesta depende si la Universidad, pública o privada, laica o confesional, grande o pequeña, sobrevive a esta década con algo que decir, o se vuelve un trámite que el mercado disimula mejor.
La respuesta fácil es económica. La Universidad forma capital humano, acorta brechas, certifica competencias. La respuesta es cierta, y es corta. Cierta, porque una sociedad que no forma a sus técnicos se empobrece en una generación. Corta, porque si ese fuera todo el asunto, ya habríamos cerrado las universidades y contratado suscripciones a plataformas. El mercado, que no es ingenuo, sigue contratando egresados antes que certificados. Intuye que en las aulas ocurre algo que no cabe en la ficha técnica. No sabe nombrarlo, y por eso lo paga mal. Nombrarlo es tarea nuestra, de los que enseñamos y de los que estudian.
Heidegger distinguió, al final de su vida, entre calcular y pensar. El cálculo encadena medios a fines y se detiene cuando el fin se alcanza. El pensamiento se queda, se queda con la pregunta aunque la pregunta no rinda. Simone Weil, que fue maestra de liceo antes que filósofa, lo tradujo al lenguaje de los que enseñamos. Escribió, en una carta de 1942 a Joë Bousquet, que la atención es la forma más rara y pura de la generosidad. Y en las Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares sostuvo que la formación de la facultad de atención es el objetivo verdadero y casi el único interés de los estudios. Lo que aprende un estudiante al resolver un problema de geometría, aunque lo resuelva mal, no es la geometría, sino la capacidad de atender, esa que después le servirá para leer un poema, escuchar a un amigo o tomar una decisión difícil. Nadie nace atento. La atención se aprende sentándose frente a algo difícil con otro que también se sienta, y sosteniendo juntos el peso del problema hasta que el problema cede, o hasta que cedemos nosotros y salimos distintos. Una máquina no necesita esa demora. Nosotros sí, porque sin ella no hay vida interior.
Spinoza dejó una pista que no me suelta. En la tercera parte de la Ética escribió que cada cosa, en cuanto está en ella, se esfuerza por perseverar en su ser, y a ese esfuerzo lo llamó conatus. Perseverar, sin embargo, no es repetirse. La alegría, define Spinoza en ese mismo libro, es la pasión por la que el alma pasa a una mayor perfección, y la tristeza su contraria, el paso a una menor. Una educación que merezca el nombre es la que produce ese paso. No adiestra, porque adiestrar es reducir el repertorio de respuestas y obligar al ser humano a caber en una función. Educa, que significa aumentar la capacidad de alguien para ser afectado por el mundo y para responderle con mayor amplitud. Todo lo que estreche a un estudiante traiciona la idea misma de universidad, venga con el sello que venga, pública o privada, laica o religiosa. La distinción que importa aquí no es la del financiamiento ni la del patronato, sino la del propósito.
Escribí un libro, Algoritmos Deshumanizantes, para desarrollar con paciencia una intuición que aquí solo puedo nombrar. Hay un principio que llamo la incomputabilidad del individuo, y que no es misticismo ni romanticismo sino una constatación que llega desde muchos frentes y converge en el mismo punto. Gödel demostró, en 1931, que todo sistema formal suficientemente rico contiene proposiciones verdaderas que no puede demostrar desde sí mismo. Turing mostró, cinco años después, que hay problemas bien planteados que ninguna máquina puede decidir. Borges, que no leía matemáticas, lo narró en Funes el memorioso con una frase que conviene citar despacio: «pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer». Funes, que lo recordaba todo, era casi incapaz de pensar. Lévinas, desde otra orilla, recordó que el rostro del otro interrumpe toda totalización, que en el instante en que alguien me mira los cálculos se suspenden y empieza la ética. Kierkegaard, antes que todos ellos, había escrito que el individuo es la categoría que el pensamiento sistemático no puede tragar sin ahogarse. De cada uno de esos lados llega la misma noticia. Hay un resto. Siempre hay un resto. Y ese resto no es el error del modelo. Es el lugar donde empieza la persona.
Custodiar ese resto es, a mi juicio, la primera razón de ser de la Universidad hoy, y esto la hermana con independencia de su origen o su régimen. Zambrano llamaba a esa custodia el saber del alma, y lo distinguía del saber sobre el alma, que es disciplina, y del saber sin alma, que es técnica sin destino. Arendt, en otras palabras y con otra gramática, hablaba de la condición humana como pluralidad, como el hecho escandaloso de que somos muchos y distintos, y de que ningún concepto borra del todo esa diferencia. La educación universitaria es, entre otras cosas, el largo aprendizaje de esa diferencia. Uno entra al aula creyendo que sabe lo que piensa, y sale años después descubriendo que pensaba con palabras prestadas. Eso no ocurre en línea, o no ocurre del mismo modo, porque la pantalla tiende a devolvernos lo que ya somos, mientras que el otro sentado al lado nos obliga a ser un poco más.
¿Qué hace entonces la Universidad con la inteligencia artificial? Lo primero, no tenerle miedo, ni fingir ese miedo para quedar bien con los viejos. Un estudiante de 2026 que no sepa usar estos sistemas está tan desarmado como uno de 1995 que no supiera buscar en una biblioteca. Hay que enseñarlos, exigirlos, integrarlos a los cursos con honestidad, pedir que los estudiantes los usen a la vista y no a escondidas, que rindan cuentas de lo que les entregaron y de lo que no. Lo segundo es más difícil y más filosófico. Hay que enseñar a pensar con ellos sin pensar como ellos. Estos modelos, tan útiles, tienen una gravedad propia. Promedian. Suavizan. Convergen hacia el centro estadístico del lenguaje humano, que es un lugar tibio y hospitalario y por eso peligroso. Si un estudiante delega ahí su voz antes de haberla encontrado, no habrá voz. Habrá un eco bien redactado, indistinguible de los otros ecos.
Esto tiene consecuencias prácticas para cualquier aula, con logo o sin logo. Conviene rehacer las evaluaciones. Menos ensayos largos para la casa, más exámenes orales, más defensas públicas, más trabajos hechos en clase frente al otro. Conviene reintroducir la lectura lenta, esa que ningún resumen reemplaza, porque leer a Arendt en diagonal es no haberla leído, y haberla resumido por máquina es haberla perdido. Conviene proteger las horas de conversación sin cámara y sin transcripción, donde un estudiante puede equivocarse en voz alta sin quedar registrado para siempre, porque el error sin espectadores es la matriz del aprendizaje. Y conviene cuidar al cuerpo docente, porque lo que se le pide, sostener la atención de otro ser humano durante años, es un oficio artesanal que ninguna escala automatizable abarata sin destruirlo. Lo barato, aquí, es caro en el plazo que importa.
Desde Medellín, y más en general desde este país, hay algo que no se puede callar. Para mucha gente la Universidad ha sido, sea la del Estado o la fundada por una congregación, la de un viejo legado privado o la construida desde un barrio obrero, el único lugar donde fue posible sentarse al lado del hijo de un empresario y discutirle de igual a igual. Es uno de los pocos ascensores que no se han roto del todo. Lo que allí se juega no es solamente formación. Es la promesa, frágil y sostenida por personas concretas, bedeles, secretarias, profesoras de cátedra, de que el origen no dicta el destino. Estanislao Zuleta lo vio con una claridad que todavía nos incomoda: la educación que merece el nombre es la que protege la dificultad, porque renunciar a la dificultad es renunciar a la igualdad. Si la Universidad, cualquier universidad, se convierte en un servicio de streaming educativo, quienes puedan seguir pagando tendrán aulas, tutorías y tiempo lento; los demás tendrán pantallas. No es un detalle técnico. Es la diferencia entre una democracia real y su caricatura.
Por eso insisto, con terquedad, en la palabra humanismo. La uso como descripción de lo que un profesor hace cuando hace bien su trabajo, que es exponerse. Entra al aula sabiendo que puede ser refutado, que una pregunta puede desbaratarle la clase, y esa vulnerabilidad enseña más que cualquier contenido. Arendt escribió, en La crisis de la educación, que la educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él. Esa frase no se automatiza. No porque la máquina no pueda pronunciarla, la pronuncia y bien, sino porque la frase solo se vuelve verdadera cuando alguien, con su cuerpo, la sostiene frente a otro cuerpo. Lévinas diría que allí, y solo allí, empieza la ética. Weil añadiría que allí empieza también la política, porque la atención al otro es la raíz de toda justicia posible.
Vuelvo a la muchacha del lunes en la mañana. No sé si terminará la carrera, ni si lo que le enseñemos le servirá para el trabajo que aún no existe. Sé que si le enseñamos bien saldrá del aula sabiendo hacerse una pregunta que ningún sistema le va a hacer por ella, qué vida quiere vivir, y a qué está dispuesta a renunciar para vivirla. Nagarjuna, a quien vuelvo cuando el ruido crece, advirtió que aferrarse a las respuestas es una forma sutil de ignorancia. Borges lo puso en otra lengua en el poema Cambridge, de Elogio de la sombra: somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. La Universidad, si ha de sobrevivir a esta década, tendrá que reconciliarse con ambas advertencias. No somos el lugar donde se resuelven los problemas del mundo. Somos el lugar donde se aprende a estar a la altura de ellos. Mientras quede alguien capaz de preguntar, y alguien dispuesto a escucharle sin interrumpir, habrá universidad. Lo demás es mobiliario.













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