El Cielo no tiene Dueño: La Geografía del Género en los Astros

“El binarismo no es un descubrimiento de la biología, sino un hábito de nuestra gramática: si el Sol y la Luna han cambiado de ropajes según la latitud, nosotros también podemos ser dueños de nuestra propia geografía interna.”


Nos han enseñado a mirar al cielo con anteojos prestados. Desde que tenemos memoria, en Occidente, el Sol es el Rey, el guerrero, la fuerza activa y masculina; mientras la Luna es la Reina, la madre, el refugio pasivo y femenino. Hemos aceptado esta división como un decreto biológico, un eco de la naturaleza que justifica nuestras propias etiquetas. Pero basta con girar el mapa para descubrir que el cosmos no es una cárcel de roles, sino un espejo de la libertad cultural.

Si la binariedad de género fuera una “verdad natural” e inamovible, ¿por qué los pueblos nórdicos y germánicos temblaban ante el paso de Máni, el dios Luna, mientras buscaban el calor de Sól, la diosa solar? En las estepas heladas, el Sol no era un monarca de hierro, sino una presencia protectora femenina que arrastraba el carro de la luz, mientras su hermano, la Luna, regía el tiempo con mano masculina.

En el Japón antiguo, la jerarquía se invierte de nuevo. Amaterasu, la diosa del Sol, es la figura central del panteón, la antepasada de la línea imperial y la fuente de toda vida. No es una figura secundaria a la sombra de un guerrero; ella es el poder. Mientras tanto, en las arenas de Egipto, la Luna no era una virgen silenciosa, sino Khonsu o Thoth, dioses de la sabiduría y el cálculo, estrategas que medían el paso de los siglos con precisión varonil.

¿Qué nos revela este baile de astros sobre nuestra propia naturaleza? Quizás que la rigidez con la que hoy definimos lo “masculino” y lo “femenino” no es una ley grabada en el firmamento, sino una frontera trazada por la costumbre. Al final, el binarismo no es un descubrimiento de la biología, sino un hábito de nuestra gramática. Las culturas que nos precedieron entendían la dualidad no como un muro que separa, sino como un equilibrio de fuerzas que se contienen la una a la otra; sabían que el Sol y la Luna, al igual que nosotros, pueden cambiar de ropaje según la necesidad del alma o el frío de la época.

Cerrar los ojos ante esta fluidez ancestral es, de algún modo, renunciar a la inmensidad de nuestra propia geografía interna. Si el universo mismo se permite habitar todas las identidades bajo diferentes latitudes, ¿no será que hemos pasado demasiado tiempo intentando encerrar el infinito en dos cajas demasiado pequeñas? Reconocer que el cielo no tiene dueño ni género fijo no es una amenaza, sino un alivio: es la puerta abierta para dejar de proyectar certezas absolutas en el firmamento y permitirnos, por fin, brillar con la misma libertad con la que lo hacen las estrellas.


Bibliografía sugerida:

Sturluson, S. (2016). Edda menor. Alianza Editorial.

Anónimo. (2018). Kojiki: Crónicas de antiguos hechos de Japón. Trotta.

Campbell, J. (1991). Las máscaras de Dios: Mitología primitiva. Alianza Editorial.

Eliade, M. (1998). Tratado de historia de las religiones. Cristiandad.

Butler, J. (2007). El género en disputa. Paidós.

 

Mateo Osorio Sánchez

Escritor pereirano, licenciado en Español y Literatura.
Su obra se mueve entre la poesía, la narrativa y la crítica cultural, explorando temas como la identidad, la memoria, la violencia y el lenguaje. Es un autor trans que escribe desde el cuerpo y la lucidez incómoda de lo cotidiano.

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