Progresismo: el progreso que no existe

Hay una mentira que se ha repetido tanto que ya suena a verdad revelada: la izquierda es sinónimo de libertad.

«Libertad para las mujeres; libertad para la comunidad LGBT; libertad para los “oprimidos”», se repite con tal convicción que cuestionarla parece casi obsceno. Pero es precisamente esa certeza incuestionable la que debería alertarnos.

Porque apropiarse del lenguaje de la libertad no equivale a defenderla. Y buena parte del progresismo actual vive precisamente de esa estafa semántica: convertir la libertad en discurso y, en la práctica, estrangularla.

La verdadera libertad individual —la incómoda, la que no pide permiso— nunca nació del colectivismo. Nació de una idea radical y sencilla: el individuo es soberano de su propia vida. Locke y Hayek lo entendieron con nitidez cristalina: si no eres dueño de ti mismo, todo lo demás es mera concesión del poder.

Por eso la libertad no admite divisiones. No puedes reclamar autonomía sobre tu cuerpo y, a la vez, justificar que el Estado te quite arbitrariamente el fruto de tu trabajo. No puedes predicar diversidad mientras impones una sola forma moralmente aceptable de pensar. No puedes hablar de emancipación y, al mismo tiempo, expandir el poder del Estado hasta consagrarlo como el gran tutor de la existencia ajena.

La libertad, si es auténtica, es indivisible. Y eso es exactamente lo que incomoda.

Incomoda a la izquierda porque le exige renunciar a su vicio favorito: intervenir, regular y dirigir la vida de los demás “por su propio bien”. Pero también incomoda a cierta derecha que sigue empeñada en legislar la moral privada.

El relato oficial, sin embargo, es demasiado conveniente: izquierda = liberación, derecha = opresión. Y millones lo repiten sin detenerse a mirar la historia.

Porque la historia no miente. El Che Guevara y Fidel Castro, hoy convertidos en merchandising revolucionario, persiguieron, encarcelaron y enviaron a campos de trabajo a homosexuales en nombre de la “moral socialista”. En la Unión Soviética de Stalin, la diversidad no se celebraba: se fusilaba o se enviaba al gulag. No fueron errores: fueron consecuencia lógica de concentrar poder en manos de quienes se creían dueños de la verdad.

Cuando el poder se concentra, la libertad deja de ser un derecho y se degrada en privilegio revocable.

Hoy ese proceso ya está consumado en Cuba, Venezuela y Nicaragua. Allí ya no hay disfraces de “políticas públicas” ni eufemismos progresistas: quien piensa distinto es reprimido, censurado o encarcelado por sistema, no por excepción.

Indiferente a todo, el espectáculo continúa. Artistas, influencers y activistas de países con economías abiertas aterrizan en La Habana, se hospedan en hoteles de lujo con vista al Malecón, posan para Instagram y luego, desde su burbuja climatizada, exigen “resistencia” y “soberanía” al pueblo cubano que hace horas en una cola para un pedazo de pan.

Es fácil defender el socialismo cuando no eres quien vive sus consecuencias.

Ese contraste no es anécdota: es la radiografía moral del progresismo contemporáneo. Un progresismo más comprometido con la narrativa que con la realidad; más interesado en mantener su superioridad ética que en enfrentar la evidencia.

En México la trampa es aún más sutil. Se habla de más gasto, más programas sociales, más “presencia del Estado”, mientras lo verdaderamente decisivo —el Estado de derecho— sigue ausente. No faltan leyes: faltan ganas de hacerlas valer. No faltan causas nobles: sobran incentivos perversos.

Al final, tanto el paternalismo progresista como el conservadurismo moralizador comparten el mismo pecado original: desconfían profundamente del individuo. Uno quiere criarlo con subsidios; el otro, vigilarlo con prohibiciones. Ambos terminan limitándolo.

Por eso la famosa frase “liberal en lo económico, conservador en lo social” no es un equilibrio virtuoso: es una contradicción en sí misma. La libertad no se parte en pedazos. O crees que cada persona es dueña de su vida, o crees que alguien más tiene derecho a decidir por ella.

Mientras México siga atrapado en esa falsa dicotomía, seguirá perdiendo el tiempo. La transformación no vendrá por cambiar de partido: vendrá cuando cambiemos las ideas que sustentan nuestro fracaso.

Porque los países que prosperaron —Japón, Taiwán, Corea del Sur, Singapur, Estonia— no lo hicieron concentrando poder, sino liberando al individuo. El resultado está a la vista. Cuba, en cambio, sigue siendo el ejemplo perfecto de lo que ocurre cuando se lleva la idea contraria hasta sus últimas consecuencias.

México no necesita más gobierno: necesita menos ilusión. Necesita entender, de una vez por todas, que la libertad no se concede: se ejerce. Que los derechos no se canjean por subsidios y que ningún gobierno, de ningún color, debería tener tanto poder sobre la vida de las personas.

«El colectivismo significa la subyugación del individuo a un grupo —ya sea una raza, una clase o un Estado—. Sostiene que el hombre debe ser encadenado a la acción y al pensamiento colectivos en nombre de lo que se denomina “bien común”.»
— Ayn Rand

El problema nunca ha sido solo quién gobierna. El problema es qué ideas seguimos defendiendo… aunque la realidad lleve décadas desmintiéndolas con brutal claridad.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Majo Salinas

María José “Majo” Salinas es una mujer emprendedora y multifacética que ha destacado en diversos campos gracias a su gran capacidad de adaptación y a su incansable espíritu de lucha. Licenciada en Comunicación, Majo ha sabido combinar su pasión por la creatividad y la innovación con su convicción de difundir las ideas de la libertad. Especialista en marketing digital y asesora patrimonial, ha ayudado a numerosos emprendedores y empresas a crecer y prosperar en un entorno cada vez más competitivo, al tiempo que trabaja activamente en fortalecer el gremio de mujeres emprendedoras, impulsándolas a desarrollarse cada vez más y a elevar el nivel de todo lo que hacen. Es Founder Member de El Insubordinado y colaboradora activa de distintas organizaciones liberales-libertarias como Liberales Disidentes. Es líder de LOLA Guanajuato, donde ha resaltado por su compromiso y su talento para liderar e incentivar a los demás.

Pero sin duda, uno de sus mayores logros ha sido fundar y dirigir FEMINISMO ORIGINAL, un movimiento que busca recuperar la esencia del feminismo, alejándose de las corrientes más radicales y promoviendo la igualdad de oportunidades y el empoderamiento de las mujeres desde una perspectiva libre y responsable. Con su ejemplo de perseverancia, dedicación y pasión por lo que hace, Majo Salinas se ha convertido en un referente de lucha para todos aquellos que buscan hacer de su vida algo más que una mera rutina y defienden sus ideales con todas sus fuerzas.

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