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Cuando las acciones dicen lo que las palabras no alcanzan a nombrar.
A veces las decisiones más difíciles no son las que nos enfrentan a un enemigo, sino las que nos obligan a elegir entre dos cosas que no están mal. Elegir entre quedarse y estar presente, o irse para recordarle al mundo que hay personas que sufren. Ambas opciones tienen valor. Ambas duelen. Y sin embargo, en esa encrucijada es donde se revela el carácter de una persona. La noche del 15 de marzo, mientras la 98.ª edición de los Premios de la Academia se celebraba en el Dolby Theatre de Los Ángeles, Sean Penn no estaba ahí. Su nombre fue anunciado como ganador del premio a Mejor Actor de Reparto por su interpretación del Coronel Lockjaw en One Battle After Another, de Paul Thomas Anderson. Era su tercer Oscar. Pero él estaba en Kiev, con los pies sobre un país que lleva años desangrándose. Y fue ahí, no en una alfombra roja, donde recibió un trofeo que no era el Oscar: una silueta forjada con el acero de un vagón de tren que alguna vez salvó millones de vidas antes de ser destruido por un misil ruso.
Este acero alguna vez llevó a millones de personas lejos de la guerra. Luego vino un misil ruso. No lo fundimos para convertirlo en un arma. Lo forjamos en gratitud.
Muchos criticaron su ausencia como un desaire a la industria. Y creo que es fácil juzgar cuando no se entiende que hay decisiones que no se toman contra algo, sino a favor de algo más grande. No se si Sean Penn haya despreciado la ceremonia. Pienso que eligió estar donde sentía que hacía falta. Y eso, en un mundo donde la vanidad y el orgullo dictan tantas decisiones, es un acto de valentía silenciosa. Pero tampoco hay que demonizar la alfombra roja. Porque la ceremonia, con todo su glamour, también cumple una función: darle al mundo un respiro. En medio de guerras, crisis y noticias que nos ahogan, espacios como los Premios de la Academia nos recuerdan que todavía existe la belleza, el arte, la celebración de lo que somos capaces de crear como humanidad. Hay quien necesita ese descanso. Y no está mal necesitarlo.
Me pregunto si no vivimos atrapados en esa falsa dicotomía. Por un lado, hacemos del dinero y del glamour nuestros dioses. Por otro lado, los convertimos en enemigos. Buscamos enemigos en todas partes, los creamos, los necesitamos para darle sentido a nuestra indignación. Pero ¿y si el verdadero enemigo no es ni el brillo, ni su rechazo, sino la indiferencia que nos impide ver más allá de nosotros mismos?
La verdadera guerra, además de estar en nuestra mente, ahora está en la vida de inocentes que de pronto una celebridad vuelve a poner ante los ojos del mundo.
Lo que hizo Sean Penn al presentarse en Ucrania mientras el mundo miraba hacia Hollywood fue algo que no se logra con un discurso de agradecimiento: nos dijo, sin decirlo, “aquí hay personas sufriendo”. A veces no se necesitan las manos para ayudar; a veces basta con la presencia, con poner el cuerpo donde otros ponen la mirada. Kieran Culkin bromeó al recibir la estatuilla en su nombre: “Sean Penn no pudo estar aquí esta noche… o no quiso”. La broma fue graciosa, pero la verdad que escondía era enorme. Hay algo profundamente poderoso en el gesto de Oleksandr Pertsovskyi, el director de los Ferrocarriles Ucranianos, al entregarle ese trofeo hecho de hierro bombardeado. “No es de oro”, le dijo, “pero es muy real y viene del fondo de nuestros corazones”. Creo que en esas palabras está todo: lo real pesa más que lo dorado. Un pedazo de metal que cargó refugiados y sobrevivió a un misil vale más que cualquier estatuilla. Porque ese acero tiene historia, tiene dolor, tiene vida. Sí, estamos en una época difícil. Pero lo que la hace más difícil no son las guerras ni las crisis por sí solas, sino la ignorancia y la indiferencia con las que decidimos mirar hacia otro lado. Nos hemos acostumbrado al sufrimiento ajeno como si fuera parte del paisaje. Y de pronto llega alguien como Sean Penn, que con un gesto rompe la comodidad de nuestra distancia y nos obliga a preguntarnos: ¿estamos haciendo algo? ¿O solo estamos mirando?
Al final, ni la alfombra roja es el enemigo ni la trinchera es el único lugar válido para estar. Lo que importa es la honestidad del gesto. Sean Penn respondió al recibir su Oscar de hierro con tres palabras: “Todos estos son tesoros. Gracias”. Quizá en esa sencillez está la lección que nos falta. Que los tesoros verdaderos no brillan, pesan. Pesan como el acero de un tren que salvó vidas. Pesan como las decisiones que tomamos cuando nadie nos aplaude. Pesan como la dignidad que les debemos a quienes el mundo ha decidido olvidar.













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