“Franz Kafka en el décimo aniversario de su muerte” hace noventa y dos años

El hombre que escribe se escinde en el autor que vive y el otro que sobrevive.

En 1934 Walter Benjamin publica en una revista judía un texto para conmemorar los 10 años de la ausencia física del escritor checo titulado: “Franz Kafka en el décimo aniversario de su muerte”. Unas páginas donde Benjamin presenta una lectura de Kafka con Kafka, sin pretender ir más allá de la obra, sino usando los materiales de construcción que la misma obra expone.

En ese mismo año (1934), Kafka hubiera cumplido 51 años y su joven lector alemán de 42 años ya conocía lo que significaba enfrentarse a él en sus páginas. Para Benjamin comprender el alemán de Kafka era un reto que no pretendía abandonar. Es eso que dice Lezama Lima al comienzo de La expresión americana: “solo lo difícil es estimulante”. Para confirmarlo, Benjamin escribe una carta con fecha de 1938 a su amigo Bertolt Brecht diciendo: “Grande ha sido el tormento físico de su lectura” refiriéndose al uso de la lengua en la narrativa de Kafka.

La escritura de Kafka es siempre una exigencia del pensamiento. Tanto en su obra literaria como epistolar el autor despliega una singularidad que ubica al lector en un punto ciego de la convención social y literaria. A lo largo de los años la popularidad de Kafka se materializa menos en la cantidad de lectores, más en la calidad de los mismos, siempre dispuestos a extraer de la sensación de extrañamiento las ideas que, pocas veces, pueden lograrse narrativamente en un discurso cuya densidad literaria esquiva el derrame confesional y explicativo. Walter Benjamin, por ejemplo, encontró que: “La culpa lo atrae tanto como a un funcionario de juzgado”. En este sentido, la lectura de la obra de Kafka, tan recurrente en los ámbitos jurídico, psicoanalítico, filosófico, teológico, político tropieza en estos espacios y, sin caer, se sostiene en la tensa cuerda de su imaginación.

El hombre que escribe se escinde en el autor que vive y el otro que sobrevive. El uno está parado frente al otro, separados por la abertura (agambeniana) que significa la escritura, dispuestos a no caer en esa diferencia (abierta) que tensiona entre ambos. En una carta a Max Brod en Praga el 12 de junio de 1920 Kafka dice:

Pero la diferencia entre nosotros persiste. Como ves, Max, la cosa es muy distinta para ti, tú eres una fortaleza inexpugnable, una de las murallas ha sido tomada por la desgracia, pero tú te mantienes en el interior, o donde sea que te sientas a gusto, y trabajas, trabajas perturbado, inquieto, pero trabajas, yo en cambio me consumo entero, de pronto no tengo nada, unas cuantas vigas, si no las sostuviera con mi cabeza se derrumbarían, y entonces toda esa miseria se consumiría del todo. ¿Me quejo? No me quejo. Es mi aspecto el que se resiente. Y sé de qué soy digno.

Las vigas que Kafka reconoce y sostiene en su cabeza son distanciamiento y abertura del pensador frente a su animalidad, esa que representa la condición orgánica de su enfermedad. La tuberculosis que hace mella en su aspecto físico, también perturba su serenidad. Para él, trabajar angustiado o inquieto cierra la abertura necesaria para que el escritor se manifieste distanciado sobreviviendo al hombre enfermo y perturbado. En esa distancia no hay elisión, sino atención hacia su propia forma frente al otro que lo habita.

Al cumplirse, en junio de 1934, los diez años de la muerte de Kafka, Walter Benjamin escribió sobre él intuyendo que era solo cuestión de tiempo para que se convirtiera en un autor canónico. En ese sentido, reconocer la ausencia de un hombre cuya diferencia se hacía universal fue una exigencia que Benjamin asumió. Ahora, nos corresponde pensar por qué Benjamin no dejó inadvertidos esos primeros diez años sin Kafka. Pensar con el filósofo la potencia de lo real en la ficción del escritor cuya obra interpela la vigencia de una visión de mundo naturalizada.

Xenia Guerra

Licenciada en Letras mención Lengua y Literatura Hispanoamericana y magíster en Literatura Iberoamericana por la Universidad de Los Andes en Venezuela.

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