La crisis silenciosa de los sistemas de pensiones

 Durante mucho tiempo, el tema de las pensiones
no ocupaba la conversación pública de forma
constante ni generaba preocupación inmediata.
Era parte de ese conjunto de instituciones que
parecían funcionar por inercia.
Y en cierto sentido, así era…

Los sistemas de pensiones no fallan de un día para otro. Se van desajustando cuando las condiciones bajo las que fueron diseñados dejan de cumplirse. Hoy, la combinación de mayor longevidad, menor crecimiento poblacional y trayectorias laborales más inestables está alterando ese equilibrio de forma silenciosa, pero constante.

Durante años, ese proceso pasó desapercibido. Había cierta comodidad en la inercia. La idea de que el sistema se sostenía por sí mismo, como si formara parte del orden natural de las cosas, no como una construcción institucional sujeta a condiciones específicas. Se trabajaba, se cotizaba y eventualmente se accedía a un retiro. No hacía falta entender demasiado para confiar en que el mecanismo seguiría operando.

El equilibrio descansaba en que hubiera suficientes trabajadores activos para financiar a quienes se retiraban, que entrara más gente al mercado laboral de la que salía, y que la esperanza de vida no extendiera demasiado el periodo de retiro. Hoy, esas condiciones son cada vez más difíciles de sostener.

En los países de la OCDE, la tasa de dependencia de la vejez —que mide cuántas personas mayores de 65 años hay por cada 100 en edad laboral— pasó de aproximadamente 15% en 1980 a más de 30% en la actualidad. Las proyecciones apuntan a que en varias economías avanzadas superará el 50% hacia 2050. No es un ajuste marginal. Es un cambio en la estructura sobre la que operan los sistemas de pensiones.

A partir de ahí, lo que se observa en distintos países no son problemas distintos, sino momentos distintos de un mismo proceso.

Francia, por ejemplo, enfrenta tensiones sobre el gasto en pensiones, el cual representa cerca del 13.8% del PIB y mantiene tasas de reemplazo en torno al 70–75%, por lo que cualquier ajuste implica tocar beneficios o condiciones de retiro que están profundamente arraigadas en el contrato social. La discusión reciente sobre la edad de jubilación no es aislada: responde a una base contributiva que se ha ido estrechando con el tiempo.

Japón se encuentra más adelante en ese mismo trayecto. Con más del 29% de su población en edad de retiro y una tasa de dependencia que supera el 50%, la presión ya no es una proyección, sino una condición presente. Ahí, el sistema no desaparece, pero se adapta continuamente a una estructura poblacional que ya no permite sostener los supuestos originales.

En Estados Unidos, el problema aparece en otra dimensión. Con un gasto cercano al 7% del PIB y tasas de reemplazo más bajas, el sistema no enfrenta la misma presión inmediata que en Europa, pero sí un desajuste proyectado en el tiempo. Los informes actuariales han advertido que, sin ajustes, los ingresos por contribuciones no serán suficientes para cubrir el total de los beneficios en las próximas décadas.

En América Latina, la secuencia es distinta, pero la lógica converge. La informalidad laboral —que supera el 50% en muchos países— implica trayectorias de cotización incompletas. Esto limita la capacidad del sistema desde su origen. Antes de que la presión demográfica alcance su punto más alto, ya existe una debilidad estructural en la base contributiva.

México y Colombia ilustran bien esta dinámica dentro de la región. En ambos casos, el problema no se expresa únicamente en la sostenibilidad financiera del sistema, sino en la dificultad para que una parte significativa de la población logre integrarse plenamente a él. La alta informalidad laboral, las trayectorias de cotización intermitentes y la baja densidad de aportaciones limitan la capacidad de generar pensiones suficientes, incluso antes de que la presión demográfica alcance niveles más elevados.

En Colombia, donde coexisten un régimen de reparto y uno de capitalización, el reto no ha sido únicamente la elección entre esquemas, sino la posibilidad de permanecer el tiempo suficiente dentro de ellos para acceder a una pensión. En México, pese al predominio de las cuentas individuales, la lógica es similar. Los diseños institucionales difieren, pero el resultado converge en un mismo punto: sistemas que no colapsan, pero que operan con cobertura limitada y con tensiones persistentes entre lo que pueden ofrecer y las condiciones reales del mercado laboral.

Sin embargo, incluso dentro de este panorama, hay diferencias en la forma en que los países han intentado responder.

Alemania, por ejemplo, ha optado por ajustes graduales en la edad de retiro, vinculándola de manera progresiva al aumento en la esperanza de vida. No elimina la presión, pero la distribuye en el tiempo.

Suecia, por su parte, introdujo un sistema que incorpora mecanismos automáticos de ajuste. Las pensiones están vinculadas a variables demográficas y económicas, de modo que el sistema se corrige sin necesidad de reformas políticas constantes. No evita el costo, pero reduce la incertidumbre sobre cuándo y cómo se ajusta.

Chile representa otro tipo de experiencia. La transición hacia un sistema de capitalización individual modificó la fuente de financiamiento, pero no eliminó los problemas derivados de trayectorias laborales inestables. La discusión reciente sobre reformas muestra que cambiar el diseño no necesariamente resuelve las tensiones si las condiciones estructurales permanecen.

Las diferencias entre casos son evidentes, pero no cambian el fondo del problema. Los sistemas de pensiones no están enfrentando crisis aisladas, sino una transformación en las condiciones que los hacen viables y sostenibles en el largo plazo.

Desde un punto de vista técnico, el problema es directo. Un sistema de pensiones se sostiene en la medida en que los beneficios que paga pueden financiarse con contribuciones, rendimientos y, en su caso, transferencias públicas. Cuando esa relación deja de cumplirse de manera persistente, el sistema entra en tensión.

La transición demográfica está empujando precisamente en esa dirección.

A esto se suma un elemento que suele quedar fuera de la discusión, pero que resulta determinante: la cultura financiera. En muchos países, el diseño de los sistemas de pensiones descansa, en mayor o menor medida, en la capacidad de los individuos para anticipar su retiro y tomar decisiones de ahorro a lo largo de su vida laboral. Sin embargo, esa capacidad no es homogénea. Mientras en algunas economías el ahorro previsional forma parte de la planeación financiera básica, en otras predomina una relación más pasiva con el sistema, en la que el retiro se percibe como una responsabilidad externa. Esta diferencia no resuelve los problemas estructurales, pero sí condiciona la forma en que estos se manifiestan.

Las opciones son conocidas. Aumentar la edad de retiro, incrementar las contribuciones, reducir beneficios o ampliar el financiamiento público. Cada una implica costos y redistribuye cargas entre generaciones.

No hay una salida sin costo. La diferencia está en si esos costos se distribuyen de manera gradual o si se concentran cuando el margen de maniobra ya es limitado.

Los datos que sustentan esta discusión son consistentes en distintas fuentes internacionales —particularmente en reportes de la OCDE, el Banco Mundial, la OIT y los informes actuariales del sistema de seguridad social en Estados Unidos— y apuntan en la misma dirección.

En este tipo de procesos, el tiempo no corrige los desequilibrios. Solo define qué tan costoso será hacerlo después.

Raúl Barutch Pimienta Gallardo

Soy doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Actualmente soy investigador postdoctoral en El Colegio de la Frontera Norte (COLEF) e integrante del Sistema Nacional de Investigadores en México. Mi experiencia abarca la economía de la educación, la eficiencia del gasto público, el capital humano y el mercado laboral. En los últimos años he combinado la docencia con la investigación aplicada y la divulgación, publicando en revistas especializadas y buscando vincular la investigación académica con propuestas que impulsen el desarrollo económico y social.

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.