Futuro del DSM: ¿Una nueva colonización psiquiátrica del sufrimiento humano?

Andrés Kogan Valderrama Caratula alponiente al poniente (6)

En enero de 2026, la American Psychiatric Association (APA) anunció con bombos y platillos su hoja de ruta hacia el futuro del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM), el cual dejaría de ser “Estadístico” para convertirse en “Científico”[1]. Esto implica su actualización año a año y un giro hacia un carácter biopsicosocial, lo que representa un cambio importante en esta guía global de salud mental para diagnosticar trastornos.

Lo menciono porque esta nueva versión del DSM buscará integrar una mirada interseccional que incluya distintas dimensiones de desigualdad (género, raza, orientación sexual y clase), así como determinantes socioeconómicos, culturales y ambientales. Tal como señala María Oquendo[2], presidenta del Comité Estratégico del futuro DSM de la APA, se tratará de un documento vivo.

A primera vista, podría parecer un paso adelante: abandonar la mirada categorial de los últimos DSM y abrirse al contexto de las personas. Sin embargo, desde una perspectiva más profunda y crítica, lo anunciado no constituye un cambio de paradigma real, sino una profundización del mismo dispositivo de poder biopsiquiátrico que ha colonizado la experiencia humana durante décadas, solo que ahora incorporando más dimensiones.

Es decir, la psiquiatría hegemónica actual —biologicista y con el DSM como su biblia global— sigue operando desde una epistemología realista ingenua: cree en la existencia de una realidad patológica objetiva “allá afuera”, independiente del observador, que puede ser capturada mediante variables externas. Agregar factores contextuales medidos no cuestiona esa premisa; la refuerza.

En consecuencia, se mantiene el mismo cartesianismo de siempre —racionalista y objetivista—, que niega sutilmente la experiencia subjetiva de las personas y sus emociones, imponiendo una concepción cerebrocéntrica. Jamás se cuestiona en serio la noción misma de “enfermedad” o “trastorno mental”, más allá de que ahora se intenten incorporar dimensiones no biológicas; en la práctica, lo que se busca es seguir validando diagnósticos patologizantes y reduccionistas.

Esto fue precisamente lo que planteó el psiquiatra Vittorio Guidano, creador de la psicología cognitiva post-racionalista, quien nos recordó insistentemente que no existen trastornos mentales flotando como entidades naturales. Lo que existe es una persona en constante autoorganización recursiva, a partir de su historia relacional, emocional y vincular, que resulta estructurante.

Por ende, como bien señaló Guidano, el sufrimiento psíquico humano no surge de un “desequilibrio químico” o un “circuito disfuncional” que un experto pueda objetivar desde afuera —como sigue pensando la psiquiatría hegemónica—. Surge cuando la coherencia interna del sí mismo se ve amenazada, cuando el mundo significativo que la persona ha construido colapsa o se torna inviable.

Desde esta mirada, el terapeuta no clasifica ni aplica protocolos a un “objeto patológico” extraído de una lista de síntomas del DSM y un tratamiento farmacológico; en cambio, ayuda a reorganizar narrativas hacia mayor viabilidad emocional y relacional. No hay diagnóstico externo que valga: hay diálogo, lo que implica un reconocimiento mutuo de la legitimidad y la dignidad de la persona.

Esta perspectiva post-racionalista de Guidano —crítica de la psiquiatría y del DSM— se inspira en la Escuela de Santiago (Humberto Maturana y Francisco Varela), quienes demostraron científicamente que no existe conocimiento —incluido el clínico— independiente del observador. Mientras la psiquiatría insista en una supuesta objetividad externa (incluso si ahora la maquilla con “interseccionalidad”), seguirá siendo una práctica de control social, no de liberación.

Dicho todo lo anterior, la APA puede cambiar el nombre del manual cuantas veces quiera y agregarle las dimensiones que estime convenientes, pero mientras no realice un giro epistemológico en sus fundamentos, seguirá reproduciendo la misma psiquiatría: reduccionista, mercantil y colonizadora de la experiencia humana. Porque, en el fondo, no necesitamos un manual más “científico”. Necesitamos dejar de fingir que el sufrimiento es un error biológico y atrevernos a acompañar al ser humano en su vulnerabilidad.

Andrés Kogan Valderrama

Sociólogo
Diplomado en Educación para el Desarrollo Sustentable
Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea
Con cursos de Doctorado en Estudios Sociales de América Latina
Profesional de la Municipalidad de Ñuñoa
Integrante de Comité Científico de Revista Iberoamérica Social
Director del Observatorio Plurinacional de Aguas www.oplas.org

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