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Hoy nada está cantado. Hace ya varios días que las cajas se cerraron y el ambiente se siente como un buen partido de béisbol: de esos calientes, donde el polvo se te mete hasta las medias. Apenas acaba de caer el primer strike de los tres que se juegan en esta ronda —la elección al Congreso— y ya sentimos encima el segundo: la primera vuelta.
Como dice mi compadre Enrique: “por cómo está la vaina”, lo más seguro es que nos vayamos a los tres strikes, o lo que es lo mismo, a la segunda vuelta. La verdad es que yo no seré Melquíades, pero me arriesgaré en esta nota a dejar escrito un futuro.
Trata sobre el candidato que me parece más viable electoralmente: el honorable prócer de la dialéctica, Ivancito. Digo viable porque habitamos el país de las emociones, y él, al ser el sucesor directo de un hombre que partió la historia en dos, “San Gustavito”, carga con una mística poderosa. Esa fuerza emocional es lo que hoy lo pone en la punta de la carrera, volando de home a primera con la ventaja de quien sabe que, en este juego, el corazón batea más que la razón.
Pero bueno, ya parecemos narradores de radio dándole vueltas a la misma jugada. En esta carta, donde nos atrevemos a dejar escritos para los hermanos del “cambio” (pero del cambio de chequera), le hablaremos a nuestros parroquianos. Porque así como existe el visto bueno del cura para el bautizo, está el Salón Elíptico, ese que tiene un olor a sudor rancio donde siempre suelen enredarse los bejucos.
Hoy, con el dictamen final y la mayoría de las credenciales entregadas —luego de abrir las “cajetas” y contar el resultado de la democracia en su mayor expresión—, tenemos un Congreso que está de todo, menos claro para tramitar lo que los grandes próceres quieren para el país. La fuerza del bien llamado Pacto Histórico hoy apenas llega al 25%. Tienen solo 26 curules en el Senado de las 52 o 53 que necesitan para la mayoría absoluta, y es ahí, señores, donde de verdad se tuerce el rabo.
Hagamos un recuento de cuántos “hermanos” fueron dignos de pertenecer a ese pequeño grupo de ilustres familias que, con sus acciones, pretenden ser la brújula de nuestro hermoso platanal caribe. La “Sagrada Familia” legislativa se encuentra hoy dividida en retazos:
Luego de lo anteriormente mencionado, están los delfines, con 17 herederos del “Innombrable”. Son la segunda familia más grande del Capitolio y, hasta que este hombre no abandone este mundo terrenal, su guardería seguirá ahí, firme en la raya, haciéndole oposición a todo lo que huela a cambio.
Después, con 13 parientes cercanos, siguen los comodines rojos. Esos siempre andan como los buitres: comen en manada y están más interesados en el “qué hay pa’ mí” que en el bienestar del pueblo. Luego aparece la gloriosa estructura inoxidable azul con 10 integrantes del linaje, esos que no los tumba nadie y que aceitan la maquinaria con precisión de relojero.
A renglón seguido vienen los “sin identidad”, con 10 primos lejanos. Una alianza que, desde los tiempos de Mockus, es el ideal para pescar en río revuelto; un nido de incógnitos que en las regiones usan el partido como trampolín cuando las cuentas no dan, salvo contadas excepciones.
Luego sigue la “familia camaleón” con otras 10 ramas del árbol. Expertos en cambiar de color según la luz que les pegue, integrados por el “poderoso de Norte de Santander”, quien a cambio de un par de empujones al Gobierno Nacional, hoy vuelve y repite en el Senado como si nada pasara con la justicia; pareciera que el gobierno del cambio premiara a sus vecinos ilustres.
Con una estruendosa caída nos acompaña la “familia empresarial” (7 ahijados), donde su líder natural está desaparecido y su ungido, el señor Motoa, es el vivo ejemplo del delive. Sus verdaderos patrones residen en palcos VIP donde solo entran a cobrar.
Cerrando el grupo están los “Miller” (5 allegados), que por estos tiempos se tragan el sapo con tal de mantener esa etiqueta dentro de la sagrada familia, incluyendo negociadores del espíritu que son una incógnita con aires de comodín. Y finalmente, a excepción de una ilustres con aires de renovación con olor a pública, con 4 sobrinos perdidos, los “gatitos”, familiares del “Innombrable” que hoy representan a un felino que compite en las elecciones al platanal.
A sabiendas de que esta “Sagrada Familia” hoy no tiene una orientación clara, el panorama para un eventual gobierno de Ivancito se anticipa más enredado que los audífonos de cable de un estudiante promedio universitario. Porque una cosa es ganar la carrera en el home con el fervor de las barras, y otra muy distinta es sentarse a administrar este platanal con un Congreso que parece una colcha de retazos, donde cada quien jala para su santo.
En ese escenario, el jodido, como siempre, será el colombiano de a pie. Ese que se levanta antes de que salga el sol, que sale honradamente a ganarse el pan y que espera que las promesas de “cambio” se traduzcan en algo más que discursos bonitos. Pero la matemática del peñero no miente: con apenas un 25% de fuerza propia en el Capitolio, el camino hacia las reformas no será la autopista 5G de la ANI, sino una trocha llena de barro como la prosperidad en época de invierno.
Si el gobierno no logra sentar a los “camaleones”, a los “buitres” y a la “vieja guardia azul” en una mesa, tendrá que acudir a lo que todos ya conocemos: los acuerdos sucios bajo la mesa. Es ahí donde la “mermelada” vuelve a servirse en bandeja de plata como en los tiempos de Santos, y donde las grandes transformaciones terminan transándose dentro del bolsillo de pocos. Con la suerte de que son los mismos que por años nos han dado con el cáñamo; si no, pregunten en Sucre.
Vecinos del platanal, tranquilos, que aún no pierdo la esperanza de que a nuestro Macondo llegue por fin lo que necesitamos para salir del fango. Porque aquí, donde las mariposas amarillas a veces vuelan entre gases lacrimógenos y promesas de campaña, estamos acostumbrados a sobrevivir a cien años de soledad.
Porque en este rincón del mundo, donde lo imposible pasa cada lunes, todavía nos queda el consuelo de que, después de tanto strike, algún día nos toque, por fin, dar la vuelta al cuadro.













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