![]()
Uno de los componentes importantes, centrales de la religión católica, es la existencia del ALMA. Nos dicen: somos cuerpo y alma, y lo que hay que salvar es el ALMA, que trasciende y nos garantiza la vida eterna. Tenemos vida terrenal finita y vida celestial infinita: la primera, entregada al cuerpo; la segunda, concedida al ALMA. Eso de que somos cuerpo no es un misterio; sin necesidad de teología, lo entendemos y padecemos, con la tranquilidad o el miedo que producen la certeza de que definitivamente ese cuerpo se agota.
Eso de que también somos ALMA, sí resulta por lo menos extraño e inquietante, y lo padecemos con la intranquilidad de quien se siente permanentemente observado y juzgado, a sabiendas de que su destino es la inmortalidad, la infinitud: somos inmortales a partir de algo que no sabemos qué es, dónde está —en todas partes y en ninguna—, a quién representa, dónde y cómo será juzgada. De ahí que eso de la vida eterna no sea una amenaza menor: vida eterna, a partir de las anteriores consideraciones, ¿no es un suplicio?, ¿no representa esa promesa la mayor amenaza que puedan hacerle a quien estima la vida en sus “justas proporciones”?
El cuerpo, la materia, origen de las manchas del ALMA, cenizas terrenales, intrascendente y pasajero, no importa. Cuerpo visible y estorboso, frágil y terrenal; y el ALMA, ¿dónde está? La ciencia no da cuenta de ella y, antes que decir que la está estudiando, la pone al lado para seguir con sus procesos, o la utilizan para darle fuerza a sus afirmaciones. Para unos y otros, para los científicos que la ignoran o para los científicos que la utilizan, el ALMA es un asunto que tratan de alejar de “su problema”. Así las cosas, el ALMA queda suelta, inmortal y observadora.
La gente común la confunde con el corazón, lo que no hacen los cardiólogos que ven ahí un órgano, término muy despectivo para referirse al elemento central de la existencia humana. Los demás galenos no la reconocen: un ortopedista no cree estarse relacionando con Dios cuando interviene las fracturas de un pobre viejo arrastrado tres o cuatro metros por una bicicleta, ni un urólogo piensa en Dios cuando de reojo, y con un guante que lo aleja de la pestilente situación que enfrenta, hace su trabajo sucio.
Los psicólogos no se meten en esas profundidades y más bien prefieren darle la responsabilidad a la madre del paciente; y los psiquiatras, más prácticos que los psicólogos, le entregaron ese problema a los aficionados raros que manejan la temida Tabla Periódica de los Elementos Químicos. Los chamanes buscaron alojar su curiosidad en algunas piedras, en reptiles raros o en sustancias esclarecedoras de la mente y alteradoras del estómago.
Los budistas, más tranquilos, apelaron al silencio, ya que no hay un ALMA permanente y lo que continúa es una especie de flujo de conciencia y energía; muchos pueblos optaron por taparle la cara a algunos de sus integrantes. Los físicos, esos lunáticos que ya salieron a la estratosfera, no se han dado cuenta de la posible existencia de ese paraíso que es el cielo, refugio de las ALMAS buenas y santas enviadas allí, juzgadas y absueltas no sabemos dónde.
Y los demás, los matemáticos, dedicados a sus famosos teoremas, que son esos arrogantes enredos que arman quienes quieren simular profundidad, no aventuran ninguna hipótesis frente al tema; los filósofos, guardianes del pensamiento, decidieron abandonar el asunto para entregarlo a su racionalidad, con un pobre aporte a la discusión: “no sabemos si existe, pero tampoco sabemos si no existe, por eso somos agnósticos”, dijeron con la soberbia que los caracteriza.
Otros, como los curas y las monjas, pero sobre todo los millones de feligreses, recurrieron a lo más descarado con lo que se pueda enfrentar a la inteligencia: “Fe es creer en lo que no se ve”, ni se siente, ni se extingue, ni se explica, ni se reconoce. La nada en su más pura expresión.
Si no hay ciencia que aporte algún elemento cierto, verificable, un indicio aunque sea tan vago como los que utiliza la iglesia católica para engrosar la lista de los santos; si tampoco hay “almatólogos”; si la medicina, que ha desplegado la más rigurosa disección del cuerpo, entregándole a cada una de sus subespecializaciones cada una de sus partes, no ha colonizado el alma, es porque el alma no existe; y sin alma, somos polvo, y a este no vale la pena rendirle ningún tributo.













Comentar