Los Oscar: de aquella camioneta blanca a la alfombra roja

A veces la vida te pone frente a una puerta que no estás listo para cruzar. Y a veces, muchos años después, esa misma puerta se abre de nuevo.

Cuando era niño, mis papás, mis hermanos y yo viajábamos a Los Ángeles en una camioneta blanca con camper. Íbamos a comprar ropa para vender, como tantas familias que cruzan la frontera con la esperanza cosida en las maletas. En uno de esos viajes —no recuerdo si fue en el 92 o en el 94— quedamos atrapados en una fila de carros lujosos y limusinas. No entendíamos qué pasaba. De pronto, alguien le abrió la puerta a mi mamá frente a una gran alfombra roja. Era la entrada a los premios Oscar. Mi mamá se asustó, le jaló la puerta al valet parking y la cerró de golpe. Yo era un preadolescente que no terminaba de entender lo que estaba pasando, pero algo se encendió en mí esa noche. Algo que tardó décadas en cumplirse. Ese momento me hizo soñar. Soñé con estar ahí, con ser parte de ese mundo donde las historias se celebran y las emociones se convierten en arte. Como cineasta no lo logré, y hubo años en los que ese sueño parecía haberse quedado en aquella fila de limusinas, tan lejos de nuestra camioneta blanca como la luna de una banqueta. Pero la vida tiene sus propios guiones, y este año ese sueño se cumple: participaré en la cobertura de los Premios de la Academia como periodista acreditado. Quiero que sepan que busqué ser parte de ese momento muchas veces. Me llevó varios años de aplicaciones, de lucha constante, de decepciones, de enfermedades y de todo lo que involucra una vida que se niega a rendirse.

Y creo que eso es exactamente lo que esta ceremonia nos enseña. Los premios Oscar no son solo una gala de la industria del cine. Son el recordatorio de que los sueños, cuando son genuinos, encuentran el camino. Este domingo 15 de marzo, en el Dolby Theatre de Los Ángeles, se celebra la edición número 98 de los premios de la Academia, con Conan O’Brien como anfitrión por segundo año consecutivo. Y mientras me preparo, no puedo dejar de pensar en aquella camioneta blanca, en el susto de mi mamá, en ese niño que miraba todo con los ojos muy abiertos sin saber que la vida le estaba regalando una promesa. Me preocupa a veces que olvidemos lo que significan estas ceremonias más allá del espectáculo. Los Oscar han enfrentado de todo: inundaciones que retrasaron la entrega en 1938, el asesinato de Martin Luther King que pospuso la ceremonia en 1968, el atentado contra Ronald Reagan, la pandemia que los obligó a cambiar de sede y de fecha. Y sin embargo, aquí siguen. Como la vida misma, que nos golpea, nos tumba, nos deja sin aire, pero sigue adelante. Y nosotros con ella.

Creo que es momento de reflexionar sobre esos sueños que cargamos: los del pasado, los del presente y los del futuro. Debemos saber que el sufrimiento y las decepciones son parte del camino, no el final de la historia. Cada película que llega a esta ceremonia es el resultado de alguien que se atrevió a soñar cuando todo parecía imposible, que tocó puertas que se cerraron una y otra vez, que apostó por una historia cuando nadie más creía en ella. Este año, Sinners de Ryan Coogler llega con dieciséis nominaciones —récord absoluto en la historia de los Oscar—, una película sobre hermanos que regresan a sus raíces buscando empezar de nuevo. Frankenstein de Guillermo del Toro nos recuerda que los verdaderos monstruos no son los que nos asustan en la pantalla, sino la indiferencia que nos habita. Y la nueva categoría de Mejor Dirección de Casting, que se estrena en esta edición, reconoce por primera vez a quienes eligen los rostros que dan vida a las historias. Porque hasta para soñar se necesita que alguien crea en ti.

El cine es el reflejo de nuestra sociedad. En ocasiones es denuncia, en otras es motivación para la vida. A veces es las dos cosas al mismo tiempo. Y creo que eso es lo más valioso de estos premios: nos obligan a detenernos, aunque sea una noche al año, para mirar lo que hemos sido, lo que somos y lo que podríamos ser. Cada película nominada es un espejo, y cada espejo nos devuelve una verdad que necesitamos escuchar. Agradezco a Dios por aquel momento de niño. Por mis padres, que lucharon con todo lo que tenían hasta que la vida los aporreó tanto que terminaron separándose. No fueron perfectos —nadie lo es—, pero me enseñaron algo que ninguna escuela enseña: a no rendirme. Mi mamá hoy enfrenta una metástasis, y aun así sigue aquí, de pie, como siempre. Agradezco esa camioneta blanca que se metió donde no debía, el susto de mi mamá frente a la alfombra roja y aquellos ojos de niño que no sabían que estaban mirando una promesa. Agradezco los años de espera, las puertas cerradas, las noches de duda, porque todo eso me trajo hasta aquí. Y si esta columna le llega a alguien que hoy siente que su sueño está demasiado lejos, quiero decirle algo: a veces la vida te pone frente a una puerta que no estás listo para cruzar. Pero no la olvides. Porque un día, cuando menos lo esperes, esa misma puerta se abre de nuevo. Y esa vez —por fin— estarás listo.

Los invito este domingo 15 de marzo a seguir la cobertura de la 98.ª entrega de los Premios de la Academia.

Rubén Eduardo Barraza

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Rubén Eduardo Barraza

Maestro en la Universidad La Salle // Experto en cine.

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