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Esta columna es un espacio dedicado a la búsqueda del sentido de las palabras. Un ejercicio arqueológico, etimológico y, si se puede decir, biográfico. Cada entrega nos permitirá conocer la historia, el significado, el uso y el sentido de una palabra.
Mauricio Montoya y Fernando Montoya
“Todas las guerras son santas, os desafío a que encontréis un beligerante que no crea tener el cielo de su parte”
Jean Anouilh
Los recientes acontecimientos en Oriente Medio son una muestra más de la incapacidad de sobreponer el diálogo a la violencia, en este caso a la guerra. Los ataques de EE.UU e Israel contra la República Islámica de Irán y la respuesta de esta nación contra ellos y sus vecinos demuestra que la estabilidad del mundo pende de un hilo y qué la errónea resolución de uno o varios personajes, con cierto poder, puede significar una catástrofe de la que no haya vuelta atrás.
Desde la antigüedad, los pueblos se han embarcado en conflictos bélicos ya sea por intereses particulares o para defender su soberanía. Basta con pensar en las guerras que enfrentó Alejandro Magno contra los Persas o las de Julio César en las Galias. Una de las guerras más antiguas fue la que enfrentó a griegos y troyanos, bajo la excusa de recuperar a Helena, esposa de Menelao, que había sido raptada por Paris. Sin embargo, la razón real era la de controlar el Bósforo, una vía marítima que conecta el Mediterráneo con el Mar Negro y permite, a quien la domine, monopolizar el comercio internacional. Algo así como el estrecho de Ormuz, por el que circulan, actualmente, dos millones de barriles de petróleo diarios y un 20% del gas natural licuado que nutre al mundo.
En la lengua latina medieval era común hablar del término bellum para referirse a la guerra. Además, pensadores como Santo Tomás de Aquino defendieron el Jus ad bellum (derecho a la guerra) como una forma de respuesta a un ataque de cualquier magnitud. Un caso representativo de este tipo de justificación podría ser el llamado que hizo el papa Urbano II, en el siglo XI, bajo el lema “Dios lo quiere”, para repeler las invasiones musulmanas de los lugares santos en Jerusalén.
Por otra parte, en el Islam se usa la palabra árabe Jihad para denominar una lucha espiritual interna, pero también, bajo la interpretación de algunas facciones fundamentalistas, como una defensa férrea contra los enemigos de la religión islámica que implica incluso entregar la vida o someterse al martirio. Tal vez fue por esto último que los medios iraníes hablaron del martirologio de Alí Jamenei, líder supremo de la política iraní, ocurrido en el contexto de los bombardeos contra Teherán.
Pero a pesar de todo ello, en la tardía Edad Media se acogió el vocablo werra, del antiguo alemán, con el fin de evitar las confusiones entre los conceptos bellum y bellus (bonito – hermoso). De esta manera, la palabra evolucionó hasta lo que conocemos hoy, en español, como guerra. No obstante, en sus orígenes germánicos, werra significaba querella o enojo y su forma verbal, werrar, remitía a las ideas de desconcertar o confundir. Por eso no resulta extraño que se hable de guerra verbal o de intentos, por parte de medios de comunicación o de los mismos gobiernos, de confundir a la opinión pública o a sus adversarios.
Los diccionarios y la literatura nos han brindado, también, ciertos matices sobre la guerra. El diccionario de María Moliner, verbigracia, ha tipificado la guerra, acompañándola de adjetivos o características: guerra abierta, guerra civil, guerra sin cuartel, guerra de nervios, guerra de precios, entre otras. Ambrose Bierce, por su parte, dice que la guerra es un “subproducto de las artes de la paz” y cita una fábula de Coleridge en la que se concluye que “la guerra se complace en venir como un ladrón por la noche, y la noche está llena de promesas de amistad”. Mientras que Voltaire, en su diccionario filosófico, argumenta que “la guerra, el hambre y la peste son los más terribles azotes de la humanidad”. Y cómo olvidar la gran figura de Sun Tzu con su libro “El arte de la guerra”, en el que una de sus mayores enseñanzas se basa en la búsqueda de la victoria gracias a la inteligencia y la planeación, dejando de lado largas y costosas confrontaciones.
Durante la modernidad (siglos XVIII y XIX), la guerra se definió bajo los parámetros napoleónicos y de aquellos asociados con las luchas de independencia. Ejércitos que buscaron controlar grandes extensiones de tierra, ejemplo de esto fue el intento de invasión de Napoleón a Rusia, o que se enfrentaron a modelos imperiales que los habían sometido por siglos al saqueo y la colonización. Una variable de todo esto fue la guerra de guerrillas, popularizada como un tipo de resistencia que se llevó a cabo en momentos como la independencia de España (1808), la guerra civil española (1936 – 1939), la oposición partisana a los nazis, la guerra de Vietnam, la lucha insurgente en América Latina o los ataques de milicias religiosas contra los llamados enemigos de la fe.
Tras la Segunda Guerra Mundial fue la sociología, en cabeza del estudioso francés Gastón Bouthol, la que acuñó el término polemología para definir una rama del conocimiento encargada de estudiar las guerras como fenómenos sociales. Una forma de rescatar el pólemos griego (guerra, combate, lucha o disputa) que como lo reseña Mauricio Arcila Arango en su obra “El Pólemos antiguo”, puede rastrearse en la literatura homérica y en el pensamiento filosófico de figuras como Heráclito, Platón y Aristóteles.
En tiempos más recientes han sido organismos como la OTAN, actor principal de la guerra en Yugoslavia (1999), y la ONU, con su Consejo de Seguridad, que no pudo hacer nada para oponerse a la invasión norteamericana a Irak (2003), los responsables, por acción u omisión, de guerras que han dividido naciones y destruido otras.
Hoy la guerra vuelve a tocar las puertas del mundo y parece que estamos a merced de megalómanos como Trump o Putin y de sistemas radicales como el sionismo, la teocracia, los talibanes de Afganistán o la monarquía absoluta de la dinastía Al Saud en Arabia Saudita. Son momentos de crisis en los que valdría recordar una famosa sentencia de Mahatma Gandhi: “ojo por ojo y el mundo acabará ciego”.














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