El juego del espejo: mi autoritarismo sí vale, el tuyo no

Este ejercicio se me ocurrió una tarde mientras scrolleaba por el timeline de la red social X, antiguamente Twitter. Mientras me deslizaba por este mundillo de discusiones y opiniones, veía una sucesión de publicaciones aparentemente inconexas cuyo punto central era relativizar los crímenes de la extrema izquierda que azotan el norte de América Latina desde hace más de medio siglo.

Entonces me planteé una pregunta: ¿qué sucedería si se invirtieran los papeles en cuanto al tratamiento de algunos regímenes? Mi intención con este breve juego es provocar, claro que sí. Pero… ¿provocar a quiénes?

En principio busco tocar las fibras de aquellos que, aun siendo de izquierda, comienzan a dudar de las bondades del sistema socialista. Luego, por supuesto, quiero señalar y responsabilizar a todos los que siguen creyendo en ese sistema, pese a los resultados ya conocidos.

A estos últimos no pretendo ablandarlos. Si siguen creyendo que sus ideas y su modelo son la panacea, dudo que un simple ejercicio vaya a hacerlos reflexionar. Tal vez sí pueda despertarles un poco de vergüenza, hacerlos sentir que respaldan una forma de vida absolutamente incompatible con la esencia misma del ser humano.

Entonces… ¡juguemos!

Imaginemos, por un instante, que los exiliados cubanos y venezolanos comenzáramos a hablar bien de la última dictadura uruguaya, la argentina o la peruana.

Imaginemos que tratáramos esos procesos cruentos y atroces con el mismo tono, los mismos argumentos y la indulgencia complaciente con la que una parte importante de la izquierda regional habla del castrismo y del chavismo.

No sería un debate histórico: sería un acto de negación y de cinismo ideológico.

Diríamos cosas como:

  • “No fue una dictadura, fue un proceso de orden”.
  • “Hubo errores, pero también estabilidad”.
  • “Fue necesaria”.

Cuando alguien mencionara tortura o desapariciones, la respuesta sería automática:

  • “Eso es relato”.
  • “Eso es propaganda”.
  • “Siempre exageran”.

Negaríamos con reflejos entrenados y justificaríamos con destreza discursiva.

El lenguaje se volvería un escudo, no para comprender el pasado, sino para absolverlo. Las palabras dejarían de nombrar la realidad para proteger una identidad política.

El discurso oficial se ordenaría en torno a una idea simple: aquí no hubo crimen, hubo contexto.

  • No hubo víctimas, hubo excesos.
  • No hubo represión, hubo necesidad histórica.

Podríamos incluso borrar la historia y volver a escribirla:

  • No habría represores.
  • No habría censores.
  • No habría responsables.

En la escuela no se hablaría de una dictadura, sino del “Gobierno cívico-militar de transición histórica”. Se enseñarían carreteras, obras públicas y orden. No se mencionarían las picanas eléctricas.

Este discurso, aplicado a Uruguay, nos parecería obsceno e inaceptable. Sería una afrenta a la memoria y a la dignidad.

No obstante, si ese mismo razonamiento se aplica a Cuba o a Venezuela, se normaliza. Se dice:

  • “Cuba tiene la mejor salud”.
  • “Con Chávez había dignidad”.
  • “No hay presos políticos, son agentes del imperio”.

El desenlace

Cambian los países, cambian los símbolos, aunque la lógica permanece intacta.

La ideología funciona como un detergente moral: lava la represión si proviene del lado correcto del espectro político.

Y así, la palabra “dictadura” deja de significar lo que significa para convertirse en un arma retórica.

Sin embargo, los regímenes autoritarios no son mejores o peores según su color político: no existen tiranías progresistas o populares. Son lo que son. Nada más. En ellas, el poder no se discute, la disidencia se castiga y la verdad se subordina al libreto oficial.

La explicación

Por eso este planteamiento no es una provocación gratuita: es un espejo.

Un espejo que muestra lo que ocurre al relativizarse el totalitarismo por afinidad ideológica, al decidirse que hay unas víctimas que importan y otras que estorban. Y es justo en ese momento cuando el recuerdo colectivo se vuelve partidario y la justicia se vuelve opcional.

Yo jamás sería capaz de negar la realidad de las décadas de los 70 y 80 en Uruguay. Mucho menos de hacerlo de la manera servil y genuflexa en que el Frente Amplio, el PIT-CNT (Plenario Intersindical de Trabajadores – Convención Nacional de Trabajadores) y buena parte de sus votantes niegan los abusos cometidos en mi país.

Aun así, este juego no busca equiparar historias ni competir en tragedias. Busca exponer una incoherencia profunda: la renuencia a condenar la injusticia si nace del mismo bando.

Y esa incoherencia no es un detalle menor. No. Es el punto exacto donde los derechos humanos dejan de ser universales y pasan a ser selectivos. Es en ese punto donde la memoria deja de ser testimonio y se convierte en consigna; donde la verdad deja de importar y únicamente importa quién la dice.

El cierre

Quizá ya sea hora de mirarse en ese espejo sin maquillaje ideológico. Y entender lo que se revela cada vez que se legitima una dictadura solo porque coincide con nuestras ideas.

Porque si la libertad depende del partido que gobierna, entonces nunca fue libertad. Fue propaganda.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Víctor Márquez Cassinese

Miembro fundador de El Insubordinado, analista político y creador de contenido venezolano. Cuenta con estudios en Letras en la UCAB (Caracas) y formación en Marketing Digital. Ha participado como columnista en diversos medios digitales, entre ellos el Movimiento Libertario de Venezuela, México Libertario y Al Poniente. Analiza el contexto latinoamericano desde una perspectiva antiestatista, en defensa de la libertad individual, la propiedad privada y el libre mercado.

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