![]()
Confirmado el estruendoso (y muy merecido) fracaso de la consulta Roy-Quintero me surgen dos impresiones; primero, la base electoral del petrismo atendió mayoritariamente al llamado del presidente y no le dio bríos a una consulta tan improvisada como destemplada, así Petro confirma su posición como el principal elector de la izquierda en la última década y deja claro que en las elecciones nacionales –a diferencia de las subnacionales– sus bases sí le copian al pie de la letra; y segundo, luego de conocidos los resultados al Congreso, me resulta interesante elucubrar sobre un supuesto harto hipotético: ¿y si a Cepeda lo hubieran dejado participar en la consulta?
En primer término, destacando los resultados globales de las listas del Pacto Histórico, considero que su crecimiento en el Senado respecto al 2022 fue aceptable, no fue bueno o excelente. Por qué lo digo, pues bien, a diferencia de ese año, cuando el “Vota Petro-Vota Pacto” se convirtió en el mayor fenómeno de endoso en la elección al Congreso, en esta oportunidad, con resultados de Gobierno para mostrar, con decisiones de altísimo calibre electoral como el aumento del mínimo o la reducción del salario de los congresistas, con el manejo de un aparato gubernamental –verbigracia: miles y miles de contratistas–, y con un presidente empeñado en dejar un sucesor, el Pacto Historico sumó solo cinco senadores.
Cinco senadores que lo convierten en la primera fuerza política pero que en principio le otorgan a la izquierda solo el 25% del control del Senado; es decir, el Pacto Histórico ya como partido queda prácticamente en la misma encrucijada del 2022, obligado a sumar sectores de centro y tradicionales gobiernistas –de esos que nunca faltan y que siempre son del partido de Gobierno– para conformar una coalición mayoritaria. La clásica “coalición cebolla” cuyo núcleo duro arranca en el Pacto y se va extendiendo en capas de afinidad por sectores del verde, liberales, conservadores y del partido de la U. Petro, el pragmático, echando mano de representación y burocracia, sostuvo en tensión dicha coalición a lo largo de cuatro años, habría que ver si Cepeda, por convicción ideológica mucho más inflexible que el presidente en cuestiones de “ganar gobernabilidad”, la podría sostener.
Volviendo a la pregunta, si el Consejo Nacional Electoral (CNE) no hubiera bloqueado a Cepeda para participar en la consulta considero, en atención al 22,72% que sacó su lista al Senado y el ponderado de la tendencia que se viene arrojando en las encuestas, que su votación hubiera oscilado entre los 4,5 o 4,8 millones de votos. Sí superaba a Petro que en la consulta del 2022 alcanzó 4,4 millones de votos, pero hubiera sido una consulta en términos porcentuales menos votada, dado que Roy y Quintero no resultaban para nada competitivos –a Roy la maquinaria le salió chimba y a Quintero el desprestigio lo liquidó–; además, que no hubiera sido una consulta con un fenómeno político al alza como en su momento lo fue Francia Márquez, en esta oportunidad ese factor siempre volátil se movió a favor de la centro-derecha con Oviedo.
Así las cosas, me atrevo a afirmar que, si a Cepeda el CNE lo hubiera dejado participar en la consulta, su votación al cierre de la jornada hubiera sido la individual más alta (triplicando la obtenida en octubre en la consulta del Pacto), sin duda, pero en su globalidad, se hubiese tratado de una consulta cabeza a cabeza con los resultados globales alcanzados por la centro-derecha. Y vale aclarar que estamos hablando solo del bloque opositor que se midió en las urnas, el otro bloque opositor –De la Espriella y Fajardo– no se midió; es decir, la oposición en sus diversos matices cuenta con mayorías electorales que de organizarse les daría la victoria en segunda vuelta, pero si llegan con una candidata como Paloma que podría tener más facilidad para acercar al centro –gaseoso y circunstancial por naturaleza– que un ultra como lo es De la Espriella.
De ahí que la campaña de Cepeda le tenga que apuntar decididamente a una victoria en primera vuelta, contando, además, con dos factores que se le salen de las manos; por un lado, que Paloma y De la Espriella no se vayan a unir previo a la primera vuelta en una amplia plataforma opositora porque si llegan divididos la votación de la derecha se parte (similar al factor Hernández en 2022, aunque siendo Paloma mejor candidata que Federico Gutiérrez); y por otro lado, que Fajardo como única opción vigente del “centro no uribista” se hunda definitivamente en los sótanos del infierno, porque a Claudia en su versión centrista y con su medio millón de apoyos la veo cada vez más cercana a Cepeda.
Veo difícil eso de ganar en primera vuelta, mucho más cuando la campaña de Cepeda ha sido una campaña estrictamente dirigida hacia la izquierda y cuando el presidente, fungiendo como su jefe de debate, hasta le impuso a rajatabla una ilusoria constituyente, algo que ni el mismo Cepeda termina de digerir del todo. Petro ya agotó la artillería de juegos artificiales que le resultaban estratégicos para posicionar a la izquierda más allá de la izquierda. ¿O qué se trae entre manos?
El reto de Cepeda es múltiple: hacer campaña más allá de la izquierda; acercarse a un centro tecnocrático que no le camina a la constituyente y que ha sido muy maltratado por Petro; movilizar a nuevos electores y conquistar indecisos; presentar un programa que conserve lo bueno del Gobierno, se distancie de lo malo y no “asuste” a una porción importante del electorado que no se ubica en el binomio derecha-izquierda pero que al fin de cuentas define la presidencia. Y ni así, creo que le de para ganar en primera. Ya la segunda es otro cuento, y si llega con Paloma, la tendría muy cuesta arriba.














Comentar