¿Quiénes son los de “pedigrí” que nos gobiernan o aspiran a gobernarnos?

La democracia no se hereda por apellido; se construye con conciencia, ética y responsabilidad ciudadana.”

Conviene comenzar recordando que Colombia, conforme al artículo 1 de la Constitución Política, es un Estado social de derecho, democrático, participativo y pluralista. En consecuencia, la soberanía reside en el pueblo, que ejerce el poder a través de sus representantes elegidos mediante el voto. Elegir con criterio supone conocer quiénes son esas personas que pretenden representarnos: cuál ha sido su trayectoria, su comportamiento público y privado, su experiencia en la gestión de asuntos colectivos y, sobre todo, qué tanto comprenden la complejidad del país —sus regiones, municipios y problemáticas sociales, económicas e institucionales.

Sin embargo, la experiencia histórica muestra que con frecuencia emergen candidaturas construidas a última hora, impulsadas por avales o respaldos políticos que no siempre están exentos de cuestionamientos éticos o democráticos. Muchos aspirantes se hacen visibles apenas meses antes de las elecciones, sostenidos más por estructuras de poder que por procesos de liderazgo social consolidados o por méritos verificables en lo público.

La noción de “pedigrí” político —entendida como linaje, apellido o cercanía a determinados grupos de influencia— ha servido en algunos casos como carta de presentación suficiente para acceder a corporaciones como la Cámara de Representantes o el Senado. No obstante, el desempeño posterior de ciertos elegidos ha generado decepción en los territorios que confiaron en ellos. Se evidencia desconocimiento del papel esencial de la representación política, de la responsabilidad frente al electorado y del compromiso con el interés general. En los casos más graves, se observa un uso inadecuado de los recursos públicos, pese a la existencia de marcos normativos claros como la Ley 1474 de 2011 (Estatuto Anticorrupción) y las disposiciones del Título XV del Código Penal (Ley 599 de 2000), orientadas a sancionar conductas contra la administración pública.

La cuestión de fondo no es ideológica —no se trata de izquierda, derecha o centro— ni partidista. Se trata de la calidad ética, técnica y humana de quienes aspiran a dirigir lo público. ¿Cómo fortalecer una cultura política que priorice la idoneidad, la transparencia y el conocimiento del país sobre el simple respaldo de maquinarias o apellidos tradicionales? ¿Cómo decidir responsablemente cuando la oferta electoral incluye candidatos poco conocidos o con limitada experiencia en asuntos públicos?

La respuesta pasa por una ciudadanía más informada y exigente, por partidos políticos más responsables en la selección de sus candidatos y por mecanismos efectivos de control social e institucional. El país requiere representantes comprometidos con el desarrollo integral —más allá del crecimiento económico—, conscientes de que el centro de la acción pública son las personas. Sin ciudadanía activa no hay democracia sólida, y sin ética pública no hay nación posible.

Para el período legislativo 2026–2030, el Congreso de la República de Colombia estará integrado por 296 curules principales, aunque la cifra puede presentar variaciones marginales dependiendo de la asignación definitiva de curules especiales. De ellas, 108 corresponden al Senado (100 de circunscripción nacional, 2 indígenas, 5 del partido Comunes y 1 asignada a la segunda votación presidencial) y 188 a la Cámara de Representantes (incluidas curules territoriales, especiales de paz –CITREP–, afrodescendientes, indígenas y la circunscripción internacional). El Congreso se elige cada cuatro años, y su composición refleja tanto la representación territorial como mecanismos diferenciales orientados a garantizar pluralidad e inclusión.

La magnitud de esta estructura electoral implica un desafío significativo para el ciudadano: tomar decisiones informadas frente a un número considerable de candidatos que aspiran a ocupar 296 escaños. Esta realidad pone en evidencia la urgencia de fortalecer la formación en asuntos públicos desde la educación básica. La democracia no puede reducirse a un acto electoral periódico; exige comprensión crítica, responsabilidad y conciencia de sus implicaciones. Niños, niñas y adolescentes deben formarse en cultura política, ética pública y participación ciudadana. En la educación media y superior, estos aprendizajes deben profundizarse, no solo para ejercer el derecho al voto con criterio, sino también para asumir, eventualmente, roles de liderazgo y representación en sus comunidades, municipios, departamentos y en el ámbito nacional.

El problema, sin embargo, no se limita al Congreso. El fenómeno de la debilidad institucional y de las prácticas clientelares se extiende a múltiples entidades del Estado. Colombia cuenta con miles de organismos públicos en los niveles nacional, departamental y municipal, organizados en las ramas Ejecutiva, Legislativa y Judicial, además de órganos de control y entidades autónomas. A ello se suman más de 4.300 instituciones educativas públicas. En este amplio entramado institucional, los escándalos administrativos no son infrecuentes. No puede afirmarse que exista ausencia de normas; el país dispone de un marco jurídico robusto. En muchos casos, el problema radica en la falta de cultura de legalidad, en la débil apropiación ciudadana de las normas y en la instrumentalización del poder con fines particulares.

Una de las prácticas más preocupantes es la utilización de la contratación pública como mecanismo indirecto de presión política. Cuando contratistas o funcionarios temporales sienten que su permanencia depende del respaldo electoral a determinados candidatos, se configura lo que podría denominarse “miedo al contrato”: una forma sutil de coacción que distorsiona la libertad del voto y debilita la autenticidad democrática. Este tipo de dinámicas reproduce círculos de dependencia y favorece la perpetuación de intereses particulares por encima del bien común.

Superar estas prácticas exige una ciudadanía consciente de que el poder público emana del pueblo y que la representación política no genera deudas personales hacia los elegidos. Por el contrario, son los representantes quienes adquieren una obligación ética y jurídica frente a sus electores: cumplir y hacer cumplir la Constitución y la ley, actuar con dignidad y promover el desarrollo integral del país. El fortalecimiento democrático no depende de una ideología específica ni de un partido determinado, sino de la calidad moral, técnica y cívica de quienes ejercen el poder y de la vigilancia activa de quienes lo delegan. Solo así será posible consolidar una democracia más sólida, transparente y orientada al bienestar colectivo.

En síntesis, la discusión sobre quiénes nos gobiernan y cómo se configura el Congreso no es un asunto meramente numérico ni procedimental, sino profundamente ético y formativo. La amplitud de la representación legislativa —con 296 curules y múltiples circunscripciones— exige una ciudadanía informada, crítica y capaz de discernir entre trayectorias sólidas y candidaturas construidas sobre respaldos coyunturales o prácticas clientelares. El problema no radica en la falta de normas ni en la diversidad ideológica, sino en la debilidad de la cultura política y en la tolerancia frente a conductas que desnaturalizan el sentido de lo público.

Si no fortalecemos la educación cívica desde la escuela, si no promovemos partidos responsables en la selección de sus candidatos y si no ejercemos un control ciudadano activo, continuaremos reproduciendo dinámicas de poder basadas en el “pedigrí”, la presión contractual o el miedo. La democracia no se agota en votar cada cuatro años; implica comprender que el poder es delegado, no cedido, y que los elegidos tienen una obligación superior: representar con dignidad, cumplir la Constitución y orientar su gestión al desarrollo integral del país. Solo una ciudadanía consciente de su responsabilidad podrá transformar la calidad de la representación y, con ello, el destino mismo de la nación.

Carlos Alberto Cano Plata

Administrador de Empresas y Doctor en Historia Económica, con Maestría en Administración. Experto docente, investigador y consultor empresarial en áreas como administración, historia empresarial y desarrollo organizacional.

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