El poder también caduca

Luis Carlos Gaviria Echavarría

La arrogancia puede imponerse por un tiempo, pero ninguna posición de poder está por encima de la ciudadanía.

El poder tiene una particularidad peligrosa: puede hacerle creer a quien lo ejerce que es indispensable, que sus decisiones no admiten discusión y que las críticas son una ofensa personal. Es precisamente allí donde comienza su decadencia.

Quien confunde autoridad con superioridad, popularidad con legitimidad y obediencia con respeto termina alejándose de la realidad. Y cuando pierde la capacidad de escuchar, reconocer errores y responder por sus actos, comienza a perder aquello que ninguna investidura puede garantizarle: la confianza ciudadana.

La corrupción, el abuso de poder y la manipulación de la opinión pública no pueden convertirse en asuntos pasajeros, sepultados bajo nuevas noticias o discursos calculados. La sociedad tiene el derecho y el deber de exigir explicaciones, denunciar irregularidades y retirar su respaldo a quienes defraudan la confianza depositada en ellos.

Pero la indignación también necesita principios. La sanción social no sustituye a la justicia, ni una acusación equivale a una condena. La verdadera defensa de la decencia pública exige hechos comprobables, instituciones independientes y consecuencias legales cuando se demuestran responsabilidades.

Nadie es imprescindible en una democracia. Los cargos son temporales, los gobiernos pasan y los aplausos se extinguen. Lo que permanece es la huella de las decisiones, la manera de ejercer la autoridad y el respeto —o el desprecio— con que se trató a la ciudadanía.

El poder no se mide por el temor que inspira ni por la cantidad de personas que lo aplauden, sino por la responsabilidad con que se ejerce.

Porque, al final, la mayor derrota de quien se cree superior a todos no es perder el cargo: es perder la credibilidad y descubrir que la sociedad puede seguir adelante sin él.

La democracia necesita ciudadanos que no se arrodillen ante el poder, gobernantes que entiendan sus límites y una justicia que no se incline ante los poderosos.

La dignidad no se hereda con el cargo, la honestidad no se proclama con discursos y la confianza ciudadana no es un cheque en blanco. Se merece todos los días.

 

Luis Carlos Gaviria Echavarría

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