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Es una tiranía la sonrisa fingida y la pose estilizada, porque lo que develan es una incapacidad de aceptarse tal cual se es.
Las parejas felices de las redes sociales usan la misma simetría de quirófano y los mismos retoques algorítmicos.
Ayer, en la tarde, observaba en una cafetería a dos jóvenes sentados en la misma mesa. Con sus teléfonos fotografiaban una taza de café. Luego, se tomaron varias fotos juntos. Poco después, cada uno volvió a su silla y se dedicó a subir las fotos a sus redes sociales, sin importarles pasar una hora sin cruzar la mirada ni saber cómo habitar el mismo espacio.
Me sentí mal por ellos y por los que se venden en las redes sociales como parejas felices. Me sentí mal porque han hecho de las relaciones amorosas un escenario donde el amor dejó de ocurrir de manera espontánea. Ahora, el amor, o la idea que se quiere dar del amor, es un espectáculo, un montaje etiquetado que busca la aprobación de una audiencia de desconocidos que sacia su propia carencia amorosa con poses impostadas.
Es una tiranía la sonrisa fingida y la pose estilizada, porque lo que develan es una incapacidad de aceptarse tal cual se es. Entonces, se usa una grandilocuencia uniformada para la sumisión y el autodesprecio.
¡Cuánto extraño los gestos ordinarios de las conversaciones desprevenidas en las tardes de café, los gestos auténticos después de un beso a la persona amada! ¡Cuánto echo de menos los gestos que habitan el rostro cuando estás bajo la sombra de un árbol, caminas sin celular y estás lejos de las redes sociales!
La intimidad, como la veo, más que un escondite o un aislamiento, es el espacio donde se puede observar lo auténtico de la naturaleza humana. Una naturaleza que busca el vínculo. Porque todos, por el beneficio de la especie, buscamos vincularnos. Y, para eso, se necesita la intimidad. Sin intimidad es imposible cultivar la honestidad del sentimiento y sentir la robustez de la vida. Es en lo privado donde la vida sabe y tiene sentido. De lo contrario, cuando la intimidad se convierte en un espectáculo donde la vida personal se expone como mercancía, lo que se esconde es el abandono de un ser querido, tal vez de mamá. Y, para evitar recordar esa herida, se busca digitalizar la vida y, así, sentirse real.
En las redes sociales, la vida es una tragedia porque parece que no se puede existir sin ser visto. Se comparten confesiones íntimas, se llora en directo y se exhibe la crisis personal. O, peor aún, se fabrica una vida idílica, repleta de viajes, triunfos y sonrisas. Pero lo que se enmascara es una crisis espiritual. Porque bajo esas poses hay un vacío que no se puede llenar. Y, así como el fumador quiere llenar la ansiedad con humo, se anhela llenar el vacío de vida posteando una plenitud inexistente.
Para mí, no es un buen síntoma que se quiera mostrar el minuto a minuto de cada día. Este desenfreno no es más que otra cara de la desesperación por sentirse acompañado. Porque una persona que se siente bien consigo misma no necesita exponerse constantemente ni buscar la aprobación ajena para afirmar su propia existencia.
Además, estos hologramas digitales odian la textura de la piel, la arruga, la cicatriz y el codo que no posan. No saben cómo sentirse en libertad sin filtros ni retoques y crean un modelo fotocopiado en serie. Por algo, todas las parejas felices de las redes sociales usan la misma simetría de quirófano y los mismos retoques algorítmicos. Son una misma foto proyectada al vacío. Son la misma imagen estéril y vacía por dentro.
Las relaciones auténticas no necesitan figurar bajo los focos de las plataformas digitales. No necesitan etiquetas ni publicaciones periódicas para ratificar su vigencia. Estas relaciones entienden que la intimidad y la privacidad son formas elevadas de autocuidado.
Por eso, defiendo la intimidad y me niego a hacer de mi vida un producto de consumo masivo. Profeso el encuentro análogo, el cara a cara; la conversación con sus torpezas y pausas. Celebro mi cuerpo imperfecto sin el látigo de la notificación. Celebro mi cuerpo sudoroso, de rodillas cicatrizadas.
Defiendo la intimidad de estar fuera del foco de las redes sociales. Porque esa es la revolución que vale la pena ante las pantallas omnipresentes y las miradas vigilantes. Es la insubordinación de vivir en plenitud la vida en pareja, la que se permite sonreír con ternura ante la imperfección.
















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