Entre lo global y lo local

ANTECEDENTES RADIALES

En un reportaje reciente, el Dr. Feinmann, durante su programa de Radio Mitre, entrevistó a un español especialista en redes, quien comentó el origen de las movilizaciones de París, que luego se extendieron a otras ciudades y países, en un efecto contagio potencialmente muy peligroso.

Según relató, todo habría comenzado con unos videos publicados en una red social, muy bien elaborados y tomando como base un hecho real: el deterioro de las aulas en algunos colegios secundarios. Esos videos se viralizaron rápidamente y se difundieron por otras redes de mensajería instantánea. En cuestión de minutos, el fenómeno se extendió como una mancha de aceite.

Otros videos mostraban a jóvenes provocando desmanes, rompiendo vidrieras y robando todo lo que quedaba a mano. Al parecer, la situación llegó a tal punto que hasta el Gobierno francés habría considerado la posibilidad de un apagón informático.

Al reclamo original y al efecto contagio se sumaron otras demandas vinculadas con la pérdida de calidad de vida, el costo de los productos básicos, la carestía general y hasta la inflación, con valores anuales que hoy son apenas superiores a los mensuales argentinos.

El fenómeno se habría trasladado a otros países de la región y parecería encontrarse en una etapa de difícil retorno. Más bien, todo lo contrario.

El periodista le preguntó a su interlocutor qué posibilidades veía que ese fenómeno cruzara el océano. El especialista en redes respondió, sin dudar, que era prácticamente seguro que el mecanismo de conflicto llegaría al otro lado del Atlántico «más temprano que tarde».

Esperemos que no nos pase como con el COVID, cuando pensamos que era un problema de otros y que nunca nos llegaría.

Hasta aquí, la reseña, un poco desordenada, de un reportaje escuchado entre bocinazos e interferencias, con la atención disminuida por el intenso tráfico que se dirigía en la misma dirección que yo, rumbo al centro de la ciudad.

Aceptemos por un instante que este relato sea compatible con lo realmente oído, aunque quizás no del todo escuchado, y preguntémonos: ¿Tenemos en nuestro país condiciones capaces de motivar una situación semejante? Y, de ser así, ¿con qué intenciones podría desencadenarse?

La respuesta, más que obvia, es que sí. Entonces cabe otra pregunta: ¿por qué, hasta ahora, no hemos llegado a ese punto?

HAGAMOS MEMORIA

Apelando a Google, como hacemos casi todos, y que el que esté libre de culpa tire la primera… miga de pan, porque de piedras estamos cansados, encontramos una frase atribuida al filósofo George Santayana. En su obra The Life of Reason (La vida de la razón), publicada entre 1905 y 1906, escribió: «Those who cannot remember the past are condemned to repeat it» («Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo»).

Para refrescar la memoria, un cucharón de Memorex Forte Plus no nos vendría nada mal. Veamos.

En 1966, el presidente quizás más honesto de nuestra historia, el doctor Arturo Illia, dejó el gobierno como consecuencia de un golpe de Estado con mucho aroma a laboratorios farmacéuticos, petroleras ofendidas porque les habían cortado el chorro de los contratos amañados, sectores de la prensa perfectamente identificados y sindicatos que desplegaron intensos planes de lucha y huelgas.

¿Te suena?

En 1989, Raúl Alfonsín adelantó la entrega del poder en medio de una terrible crisis económica que no había nacido por generación espontánea. A eso se sumaron los alzamientos militares, los catorce paros generales del sindicalismo y una oleada de saqueos a supermercados y disturbios en Rosario y el Gran Buenos Aires.

A fines de diciembre de 2012, en la Casa Rosada, la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner rompió un histórico tabú partidario y declaró textualmente: «Quiero ser sincera: se inauguró el primer tomo de los saqueos en el gobierno del doctor Alfonsín, más allá de la situación económica y social, con sectores políticos del PJ. Todos lo sabemos. Fui, soy y seré peronista, pero antes soy argentina, y la verdad no puede ofender a nadie».

A confesión de parte, relevo de pruebas.

En 2001, ante una ola de saqueos y protestas crecientes, se declaró el estado de sitio. La medida provocó inicialmente una protesta espontánea de sectores de clase media, con cacerolazos y la llegada de miles de personas a las plazas de todo el país. La movilización fue rápidamente atravesada por hechos violentos y una represión que dejó varias decenas de muertos en distintos puntos del territorio nacional.

Según las cifras oficiales citadas para aquellos acontecimientos, hubo 39 víctimas fatales: siete en Plaza de Mayo y sus inmediaciones, y el resto en el interior del país.

Varios presidentes pasaron por el poder en pocos días. Finalmente, asumió Eduardo Duhalde, quien pronunció aquella frase: «El que depositó dólares, recibirá dólares». Unos días antes, Rodríguez Saá le había hecho un fuck you al FMI y declarado el default, con el Congreso aplaudiendo de pie.

Si no lo viviste, buscá las imágenes en YouTube: fue apoteótico.

En 2017, frente al Congreso, organizaciones de izquierda, movimientos sociales y sindicatos protagonizaron protestas contra la reforma previsional. Hubo graves incidentes, durante los cuales se arrojaron piedras y se registraron enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, que respondieron con gases lacrimógenos, balas de goma y camiones hidrantes. En aquella jornada no hubo que lamentar víctimas fatales.

Eran tiempos del «Que se vayan todos». Y se quedaron todos.

¿AQUÍ? ¿POR QUÉ NO?

Es perfectamente posible que muchos de los reclamos que movilizan multitudes en Europa y Asia encuentren eco en la Argentina: crisis social, laboral, educativa, judicial, política y previsional, entre otras. Hay, desde luego, diferencias importantes entre las realidades de esos países y la nuestra. Pero, en materia de problemas, aquí tenemos de todo y para regalar.

Hoy, mucha gente prefiere quedarse en su casa y mirar las movilizaciones por televisión, porque con demasiada frecuencia terminan mal: gases lacrimógenos, gas pimienta, chorros de agua de los camiones hidrantes, balas de goma y, quizás, algún tonfazo.

La quinta Marcha Federal Universitaria podría ser considerada un nuevo capítulo de la conflictividad social. Como ha sucedido en otras ocasiones, cabe preguntarse si determinados grupos buscan llevar las protestas al terreno de los actos vandálicos y provocar a las fuerzas del orden para medir hasta dónde puede llegar cada parte.

Y, fundamentalmente, para comprobar qué hace el resto de la sociedad: si se suma a la confrontación o se retira.

Hasta ahora, la gente de a pie viene demostrando que, en general, huye de quienes provocan los hechos violentos. Lo que muchas veces resulta imposible de determinar es quiénes los generan realmente: ¿son infiltrados radicalizados que buscan el caos o hay quienes provocan deliberadamente situaciones de violencia para justificar la represión y dispersar más rápidamente a los manifestantes?

Son preguntas que merecen respuestas, pero no deberían confundirse con certezas mientras no existan pruebas que las respalden.

Al pueblo argentino le sobran razones para reclamar, y de mucha mayor envergadura que las que algunos pretenden atribuirle. Pero está claro que la enorme mayoría no sale a la calle para producir los desmanes a los que nos tienen acostumbrados aquellos a quienes cualquier manifestación les viene bien para embarrar la cancha.

HASTA AHORA, NO. ¿Y MAÑANA?

Entre el ayer y el hoy existe una diferencia fundamental: el auge de las redes sociales, con un nivel de penetración impresionante y una capacidad de captar la atención de los más jóvenes que, por momentos, causa espanto.

Es innegable que las redes son hoy mucho más que un medio para organizar guitarreadas o saludar por los cumpleaños. También pueden convertirse en poderosas máquinas de influencia, capaces de generar una dependencia notable entre adolescentes, jóvenes y adultos. Videos breves, muy bien producidos, se suceden unos a otros y pueden mostrar imágenes de represiones brutales contra manifestantes desarmados que reclaman por necesidades legítimas. Pero, entre esas imágenes, también aparecen los de siempre.

Los que lucran con el desorden, con el caos y con la provocación.

Esos, por lo general, no aparecen en los videos cuidadosamente editados. Sin embargo, sus acciones pueden multiplicarse en las pantallas y terminar arrastrando a quienes, inicialmente, sólo observaban.

En otra secuencia aparecen grupos de jóvenes rompiendo vidrieras y llevándose todo lo que encuentran a su paso. Esas imágenes pueden generar un efecto contagio difícil de dimensionar. Y quien no se suma a esa corriente puede terminar siendo víctima de burlas, presiones o desprecio por parte de su entorno.

No hace falta ser un experto en redes para advertir el fenómeno. Lo difícil es determinar dónde se origina, quién lo impulsa, cuánto se manipula y hasta dónde puede llegar.

OJO AL PIOJO

En distintos países del mundo se han producido episodios de conflictividad social por causas diversas, muchas de ellas relacionadas con el descontento hacia los gobiernos. En Francia, España, Portugal, Italia, Alemania, Albania, Bélgica, Austria, Indonesia, India y Japón, entre otros países, se han registrado protestas y episodios de violencia de distinta intensidad, con respuestas estatales también diferentes.

En la Argentina tenemos una larga y triste experiencia en materia de conflictos y hechos violentos. A eso se suman una oposición que plantea sistemáticamente la caída del Gobierno, problemas de toda índole, internas en el seno del Poder, sindicatos que, a pesar de conservar sus privilegios duermen la siesta, aunque tienen un sueño muy liviano, universitarios movilizados y jubilados pauperizados.

Agreguemos a la lista el antecedente de Bolsonaro, que perdió las elecciones; las modificaciones en la legislación vinculada con la defensa de las Malvinas, cuestionadas por sus posibles beneficios para empresas extranjeras; la actuación poco descollante del presidente en España y la metáfora de la hoguera dirigida a los periodistas.

Todo eso, en conjunto, puede generar un caldo de cultivo de proporciones.

No debemos olvidar la fuerte penetración de las redes sociales en nuestro país. Sería un error subestimar su capacidad para amplificar el descontento, propagar información engañosa, exacerbar los ánimos y convertir un conflicto puntual en una crisis de mayores dimensiones.

Pero hay una pregunta que no deberíamos dejar de hacernos: ¿quiénes podrían beneficiarse de que el descontento social se transforme en caos, de que los reclamos legítimos terminen en violencia y de que la violencia desemboque en consecuencias políticas imprevisibles?

No se trata de atribuir responsabilidades sin pruebas ni de buscar conspiraciones detrás de cada conflicto. Se trata, sencillamente, de no ser ingenuos y de recordar que, en política, no todos los que intervienen en una crisis persiguen necesariamente los mismos objetivos.

Por eso debemos estar atentos y preparados para lo que pueda surgir. Tenemos una larga costumbre de cargar la escopeta, apuntar a los pies y disparar. Después vienen las preguntas, las explicaciones y los lamentos.

Hay que andar con cuatro ojos.

Y, fundamentalmente, no hagamos pogo en ningún campo minado. No vaya a ser que, entre todos, terminemos haciéndolo explotar y volemos por los aires.

Edmundo Fuster

(Bs. As., ARG, 1956) Analista y Consultor independiente, residió en España entre 2003 y 2013.

Actualmente es Gerente Técnico en Consultores Técnicos BFL, colaborador habitual en medios de comunicación sobre temas de actualidad nacional y autor de diferentes colecciones de libros.

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