Prefiero la muerte: los zombies que caminan entre nosotros

El muerto viviente no es el monstruo de la serie. Es el vecino que dejó de preguntarse por qué vive y como vive.

Siempre he visto las historias de zombies como algo más que terror. Me parece que el muerto viviente es una de las metáforas más honestas que ha producido la cultura popular. Un zombie es alguien que camina sin conciencia, que come sin hambre, que avanza sin saber hacia dónde. Y si uno mira con atención, no hace falta un apocalipsis para encontrarlos. Están en la calle, en la oficina, en las redes y, a veces, en el espejo. Por eso me detuve en Prefiero la muerte, la serie mexicana que Prime Video estrenó el pasado 2 de octubre, creada y dirigida por Sebastián Sariñana. Son ocho episodios de comedia y terror en los que Archie, interpretado por Diego Bernal, es el perdedor de la preparatoria en Mendoza, un pueblo de provincia. Un día va a un lugar y se convierte en un zombie. A partir de ahí, su lucha no es contra los muertos, sino contra lo que empieza a crecer dentro de él. Lo acompañan Cris, su amiga gótica, interpretada por Lilith Curiel; Brenda, su amor platónico, a cargo de Farah Justiniani; y la detective Sara Díaz, que da vida Fernanda Castillo.

Que la mordida ocurra en un lugar tan cotidiano me parece un acierto. No hay sitio más nuestro, más cotidiano, más inofensivo que donde lo muerden. Y creo que ahí está la clave de la serie: el mal no llega en una nave ni en un laboratorio, llega en lo de todos los días. Uno no se convierte en zombie de golpe. Se va convirtiendo poco a poco, sin darse cuenta, mientras compra un refresco.

El zombie no necesita apocalipsis. Le basta con que dejemos de preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos.

La serie lanza una pregunta casi de paso, pero que a mí se me quedó clavada: si supiéramos que vamos a morir, ¿nos atreveríamos a vivir de verdad? Me pregunto cuántos de nosotros vivimos ya en una versión suave del apocalipsis. Caminamos, trabajamos, consumimos, repetimos lo que escuchamos. Y pocas veces nos detenemos a preguntar por qué hacemos lo que hacemos, de dónde venimos, qué pensamos realmente y por qué creemos lo que nos dijeron que pensáramos. El zombie, en ese sentido, tiene muchas caras. Es el que vive atrapado en las drogas y ya no distingue el día de la noche. Es el que nunca ha mirado su historia ni su cultura y por eso no sabe quién es. Es el que vota, opina y compra sin haberse hecho una sola pregunta. Es el que se dejó morder por la indiferencia y ya no siente nada por el que sufre a su lado. Ninguno de ellos parece peligroso. Pero todos lo son porque muerden, sin darse cuenta.

Y sin embargo, Prefiero la muerte no es una serie amarga. Tiene humor, tiene ternura, tiene esa torpeza adolescente que nos recuerda que crecer también es una forma de resistir. Lo que me gustó es que Archie no se salva solo. Son Cris y Brenda quienes le ayudan a no perder su humanidad, quienes lo sostienen cuando el monstruo aprieta. Me inquieta pensar que esa es, quizá, la única cura que conocemos. Nadie despierta solo. Hace falta alguien que nos vea y nos diga, con cariño, que nos estamos convirtiendo en otra cosa.

Despertar duele. Por eso tantos prefieren seguir caminando dormidos.

Despertar duele. Implica darse cuenta de lo que uno es, de lo que ha dejado de hacer, de las circunstancias que lo tienen caminando en círculos. Por eso creo que tantos prefieren seguir dormidos. Es más cómodo el paso lento de la manada que la pregunta que no deja descansar. Pero la serie insiste en lo contrario: que vale la pena pelear por la conciencia, aunque la mordida ya esté hecha.  Prefiero la muerte, dice el título. Me parece que lo que Archie quiere decir es: prefiero la muerte antes que convertirme en eso. Y me pregunto, frente al espejo, cuántos de nosotros podríamos decir lo mismo con honestidad. Porque los zombies, al final, no están en Mendoza. Caminan entre nosotros. Y en ocasiones, cuando uno deja de preguntarse por qué vive como vive, nos convertimos en uno.

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Rubén Eduardo Barraza

Maestro en la Universidad La Salle // Experto en cine.

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