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“No pensamos el tiempo real. Pero lo vivimos, porque la vida desborda a la inteligencia.”
Henri Bergson. La evolución creadora.
En medio del vertiginoso avance de las nuevas tecnologías y la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) en nuestras dinámicas productivas y esferas del conocimiento, surge una pregunta ineludible: ¿qué pasa con la capacidad humana de crear algo verdaderamente original? En una era dominada por la reproducción técnica, la copia y el espejismo algorítmico, urge redescubrir los cimientos de nuestra propia inteligencia.
Una vía para superar el poder alucinatorio y mimético de los dispositivos tecnológicos consiste en comprender que el pensamiento y la creatividad no son meros procesamientos de datos. Crear requiere de la resonancia del cuerpo, de las emociones y de los afectos. Para devolverle a la inteligencia su dimensión humana es menester escuchar el potencial de los cuerpos orgánicos, haciendo un giro filosófico hacia la obra del pensador francés Henri Bergson y su célebre concepto de la evolución creadora.
Un manifiesto por la vida frente al mecanicismo
Publicada en 1907, la propuesta de Bergson constituye un manifiesto por la vida que cobra hoy una vigencia sorprendente ante la amenaza del “tecno-feudalismo” imperante. Frente al paradigma mecanicista de la ciencia moderna, Bergson buscó hermanar la teoría del conocimiento con la teoría de la vida: no existe un entendimiento real desvinculado de la fuerza vital. La inteligencia humana es, precisamente, el eslabón que conecta la ciencia con la experiencia vivida.
Esta visión evoca la noción de conatus en Spinoza —el esfuerzo incesante de todo ser por perseverar en su existencia— y la voluntad activa de Schopenhauer. La evolución creadora nos demuestra que el devenir de la vida no es una secuencia mecánica ni un algoritmo preprogramado. Pensar desde un cuerpo sin órganos o puramente lógico no es más que programación algorítmica; por el contrario, filosofar y crear implica comprometer el pensamiento desde las vísceras y la propia afectividad.
Existir, envejecer y crear
Asumir la existencia desde la perspectiva bergsoniana exige abandonar la frialdad del método geométrico, abstracto e impersonal. Lo que hacemos depende de lo que somos, y existir significa abrirse al cambio continuo, a la maduración y al arte de crearse a uno mismo indefinidamente.
A diferencia de las visiones transhumanistas —como las difundidas por autores de la talla de Yuval Noah Harari, centradas en un futuro dominado por las máquinas e inteligencias artificiales inmortales—, Bergson nos recuerda nuestra condición de inteligencias orgánicas delimitadas por el tiempo. Los cuerpos orgánicos maduran, envejecen, mueren y, en ese mismo tránsito, se vuelven únicos e irrepetibles. Como señalaba el propio filósofo: “Donde quiera que algo vive hay, en algún sitio, un registro abierto en el que se inscribe el tiempo”. (1985, p. 28).
La intuición como respuesta
¿Cómo acceder a esta dimensión creadora que la lógica instrumental no puede capturar? La respuesta de Bergson radica en la intuición. Mientras que la materia puede entenderse como la petrificación de la existencia, la intuición nos reconecta con la conciencia, la libertad y el misterio vital.
En un mercado global que intenta moldear la mente humana a imagen y semejanza del código binario, la filosofía de Bergson emerge como una invitación urgente para el lector contemporáneo: la verdadera creatividad no brota del cálculo frío, sino de la fidelidad a nuestra propia duración, a nuestro pasado condensado y a la fuerza viva del cuerpo orgánico.
Referencias bibliográficas
Bergson, Henri (1985). La evolución creadora. Planeta-Agostini.
Volpi, Franco (2005). Enciclopedia de obras de filosofía. Herder.














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