La decadencia de la ONU

Cada vez son más las personas que consideran que la Organización de las Naciones Unidas ha perdido su rumbo hasta convertirse en una entidad burocrática empeñada en diseñar el destino de todas las naciones. Visto con detenimiento, la ONU está conformada por un grupo de personas por las que nadie votó; sin embargo, se autoimpusieron la misión de dictar las políticas que se aplican en los 193 Estados miembros. Sus decisiones, en la mayoría de los casos, pretenden ser de obligatorio cumplimiento, pasando por encima de las constituciones nacionales y reduciendo a los mandatarios locales a simples administradores de la agenda globalista.

El presidente de Argentina, Javier Milei, lo dijo sin rodeos en la Asamblea General de la ONU:

«Hace 78 años esta casa dijo que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos… y para este fin se comprometió a respetar el derecho internacional, a defender la soberanía de las naciones y a ofrecer un foro en donde los conflictos se resolvieran por la cooperación en vez de resolverse instantáneamente por las armas. Ese era el contrato original que todos firmamos. Pero hoy, lamentablemente, es momento de reconocer que ese pacto sagrado en los hechos se rompió».

Para Milei, la causa del fracaso es clara:

«Se convirtió en una organización inútil que solo sirve para alimentar a una casta de parásitos fatalmente arrogantes disfrazados de burócratas bien intencionados, a los que les recuerdo lo que decía Mises: “las buenas personas no piensan en controlar la vida de sus semejantes”».

El planteamiento del mandatario argentino no da lugar a dobles interpretaciones: la ONU protege a diferentes regímenes según la conveniencia política y se esconde ante otros. Dictaduras como las de Cuba, Irán y Corea del Norte son blindadas, mientras se critica abiertamente a países que ejercen su derecho a la defensa, como Israel o Ucrania. Se rasgan las vestiduras por la deportación de migrantes ilegales, pero guardan silencio ante la persecución y persecución de cristianos en África. Miran hacia otro lado cuando se lapida a una mujer por llevar la cara descubierta en un país islámico, mientras cuestionan a las naciones que exigen a los inmigrantes aprender el idioma y respetar las costumbres del país de acogida cuando están en Europa.

La primer ministro japones, Sanae Takaichi, también fue categórica durante su alocución ante el organismo:

«En esta situación actual, debe ser dicho que el Consejo de Seguridad no funciona para la paz internacional. […] La estructura que tenemos sigue reflejando el equilibrio internacional de 1945. Es urgente una reforma estructural de la ONU. Es necesario ampliar tanto los miembros permanentes como los no permanentes para representar el orden mundial actual y no el de 1945».

En ese mismo escenario, el Secretario General de la ONU, António Guterres, se refirió a la pérdida de legitimidad y a la parálisis del Consejo de Seguridad debido a mecanismos obsoletos que no reflejan las realidades geopolíticas contemporáneas. Esta postura es compartida por el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, quien insiste en su lema: «El mundo es más grande que cinco», denunciando el poder desmedido del veto que ejercen las cinco potencias permanentes.

Volviendo a la intervención de Milei, el presidente definió la deriva de la institución al señalar:

«Ahora quiero contarles cómo sobrevivió [la ONU] haciendo lo que nadie le pidió y lo que nunca debió hacer: paralelo a este fracaso han montado un leviatán burocrático abocado a decidir cómo deben vivir los pueblos del mundo y sus ciudadanos. Esto constituye una mezcla de anarquía y tiranía».

Países como Colombia conocen bien la postura de sumisión ante la burocracia internacional. Tan pronto como se emite una resolución, el aparato estatal se moviliza para evaluar cómo modificar las leyes locales y adaptarlas a los mandatos externos e incluso, ante una medida local tomada por el poder Ejecutivo o Legislativo, los que se sintieron afectados inmediatamente corren hacia organismos internacionales a levantar la denuncia del país. Un caso de pleno sometimiento a organizaciones por las cuales ningún colombiano votó y avaló.

Esta sumisión nacional por parte de los políticos regionales la expuso Milei magistralmente:

«Un control e imposiciones orwellianas ante las democracias que sí cumplen las normas. Lo vimos con la agenda del nuevo milenio, lo vimos con la agenda 2030, con la regulación económica, las agendas de género, el extremismo ambiental y la inmigración descontrolada».

Como las medidas tomadas desde una posición de poder alejada de la realidad, más aún cuando están en esferas económicas, políticas y geográficas diferentes, siempre tienden a salir mal porque la administración central siempre fracasa como lo evidenció el comunismo en múltiples ocasiones, lo expone crudamente Javier Milei:

«Cada vez que fracasaron, en lugar de revisar el modelo o pedir disculpas, redoblaron la apuesta, como ya están haciendo ahora con la Agenda 2045, la cual adelanto que va a fracasar».

Pareciera que a los actuales dirigentes de la ONU —quienes, se insiste, no fueron elegidos por nadie y aun así condicionan la vida de más de 8.000 millones de personas— les complació ejercer un control absoluto durante la pandemia. En ese periodo promovieron medidas que devastaron la economía y la vida social de las naciones, muchas veces careciendo de la evidencia científica que respaldara su efectividad. Por ello, ya preparan la narrativa de la próxima crisis global para consolidar un mayor control como advirtió el mandatario argentino respecto a las nuevas tecnologías:

«Cuando escuchamos que el Estado debe controlar la Inteligencia Artificial conviene recordar algo elemental: el Estado no es una criatura abstracta, sino hombres, funcionarios y burócratas. Concederles el control sobre la innovación es conceder a algunos, en el mejor y más ingenuo de los casos, la facultad de limitar lo que otros pueden crear. La historia nos ofrece razones para examinar cuidadosamente semejante poder».

Y lo que nos ha enseñado la historia con estos personajes que aplican perfectamente dentro de la Fatal Arrogancia de Friedrich Hayek, es que saben a la perfección que el ser humano es una criatura temerosa sobre un mañana incierto y por ello se pueden controlar como a un rebaño. Durante siglos, ese temor ha sido el pretexto para cercenar libertades en el presente bajo la misma promesa que expuso Javier Milei en la ONU: «Entréguenos una parte de su libertad y los protegeremos de esta nueva amenaza».

El libre comercio y el intercambio global —la llamada globalización— han representado avances gigantescos para la humanidad. La división del trabajo planteada por Adam Smith, las bondades del comercio expuestas por Frédéric Bastiat y la defensa moral del capitalismo desarrollada por Ayn Rand están hoy bajo amenaza por cuenta del modelo de gobernanza que se intenta imponer desde la ONU: el globalismo. Conviene entender que la relación entre globalización y globalismo es similar a la que existe entre una cartera y un carterista: términos que suenan parecidos, pero con significados diametralmente opuestos.

Se hace indispensable el despertar de una nueva generación de líderes que exijan reformar las instituciones internacionales para devolverlas a su propósito original. De lo contrario, los ciudadanos quedaremos a merced de la célebre advertencia formulada por Ronald Reagan:

«Las nueve palabras más terroríficas del idioma son: “Soy del gobierno y estoy aquí para ayudar”».

Refresquemos la Política desde Antioquia para Colombia.

Carlos Echavarría

Ingeniero Civil con especialización en Gestión para el Desarrollo empresarial. Análisis político desde otros puntos de vista que te invitará a pensar diferente.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.