Evangelizadoras

Neha Mishra, 2024

«Bajo al primer piso, me atajo de las barandas y bien despacioso, con cuidado de no irme a caer, paso de una escala a otra, en cámara lenta: a esos evangélicos católicos les trabajan el oído y son capaces de oírme desde el parqueadero donde el viejo los atiende.» 

«¡Buenas! Somos un grupo de la parroquia (yo vivo en la unidad), y pasábamos casa a casa compartiendo la palabra de Dios. No nos demoramos y las charlas son corticas. ¿Podemos pasar?»

«Ah es que chica, es con mi papá, él los atiende, ¿sí? Ya el sale. Él se organiza y sale…»

«¡Hola muchacha! ¡Holas! ¡Entren bien puedan! ¡Me cogieron con los calzones abajo! ¡Ja, ja!»

Entran los evangelizadores, liderados por la que vive en la unidad, y se quedan un buen rato…

 

***

¿Le fueron a cambiar el pañal a ese vejestorio o qué? Desde que interrumpieron a sus hijos me puse modo estatua, no movía ni las hojas del libro y me escabullí como pude afuera de la pieza: de todos modos ya es hora de la cena, y la nietecita me escatimó el almuerzo y ni me dio un confitico o un pastelito después… tacaña. Para eso me la mandaron, para poner en dieta a un viejo como yo, que ni grasa tengo…

Bajo al primer piso, me atajo de las barandas y bien despacioso, con cuidado de no irme a caer, paso de una escala a otra, en cámara lenta: a esos evangélicos católicos les trabajan el oído y son capaces de oírme desde el parqueadero donde el viejo los atiende.

En la cocina prendo el fogón y pongo a calentar el sartén con el masagote que me deja preparado la nieta: un arroz, ¡una sopa! sin aliños, medio aguacate Hass, una carne sin gordos y la aguapalena fría… Con eso se alimenta el viejito… Y por muy pocos gordos que tenga la carne, no la puedo morder…

Pero me da por ir al baño, me agarra la piquiña y entro al del primer piso.

«Hubieras ido al de arriba antes de bajar.»

«Yo sé pero no fui.»

«Hubieras ido al de arriba antes de bajar.»

«Ya, ¡que ya!»

«Nada ya. Hubieras ido.»

«¡Que ya!»

Y ya: pongo a fuego lento el fogón, me entro rápido al baño rápido y me siento sosteniéndome de las paredes.

«No sale.»

«No, no sale.»

«¿Qué hacemos?»

«No sale.»

«Empuje, haga fuerza, escúrraselo.»

«Que no sale.»

«¿Sí tenía ganas?»

«¡Yo no me siento en el baño a leer!»

«Antes sí.»

«Antes no existía nieta.»

«Jale.»

«¿Y suprima?»

«Usted verá.»

«Siempre yo.»

«Ah, ¿y yo qué culpa?»

No sale.

Y los reyes de Roma toque y toque el timbre… Yo no voy a salir… Que salga ella… Que la despierten y que salga… ¡Y este baño sin puertica!… ¡Muy de buenas el desgraciado! ¡Se metió a la trampa!

«¡Lucy, atendelos!»

«Si hablas conmigo no me digas Lucy; ¿se embobó?»

«Decile a Lucy que atienda a esos cansones.»

«Hable pa Lucy y no pa usted.»

Abro la boca y se entran… ¡Esta muchacha pues se murió!… Voy a concentrarme en la mente de Lucy, voy a concentrar mis energías en despertarla, moveré su espíritu con mi espíritu, le haré caer el escapulario que tiene en la cabecera, solo tengo que concentrarme en el vínculo…

«Pruebe echando a los cansones.»

Me concentro en despejar los intrusos de mi casa, los despejo, los despejo, se van, se apartan de mis dominios, ya tocan el timbre de los que siguen, los veo irse, los veo apartarse, todos junticos se van con sus Biblias y sus ramos, se van con sus lapiceros y sus separadores, los veo irse…

(Tocan el timbre.)

¡C h a n d o z o s cruzaditos con vena várice! Yo no me voy a parar de este baño. Hoy no es domingo.

«Lucy, asómese a la ventana y diga que no estoy.»

«…»

«Estoy orinando un poquito. Gotereo.»

«A mala hora. U orina o lo pillan.»

«¿No orino entonces?»

«Por mí orine, es su vejiga.»

«No, si los esos saben que alguien no les ha abierto y que ese alguien no les ha querido abrir, me sacan de la iglesia.»

«Dos cosas: de la iglesia no lo casa nadie y la puerta estaba abierta.»

«¡La Lucy se me fue!…»

«¡Y que muy dormida la cuidandera!…»

«¡Pobre viejecito!…»

«Y como que oró mal: los cansones se nos metieron…»

El baño queda de frente a la sala, pero tapado por una pared. La «puerta» del baño sale al corredor que une la sala con la cocina. Por mi derecha se asomaron los católicos evangelistas (con sus volantes, sus ramos y sus camisas estampadas con el nombre de la parroquia) a verme…

Pero yo me hice el dormido apoyando descolgando la cabeza…

Y mi chorro, ahí sí, en ese preciso instante, salió largo a estamparse contra el agua, y salía y salía, llenando el retrete y salpicando mi entrepierna y saltando a mis muslos…

«Sobra decir que, con la excusa del humo en la cocina, la que vive en la unidad los mandó a entrar».

Yarumito, junio de 2023

 

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El Narratorio. Antología Literaria Digital, Buenos Aires, Argentina, año 11, N.° 127, septiembre de 2026.

Alejandro Zapata Espinosa

(Itagüí, Colombia, 2002) Licenciado en Literatura y Lengua Castellana (Tecnológico de Antioquia), y maestrando en Educación (Universidad Santiago de Cali). Miembro del Comité Editorial de Contacto Literario (Armenia, Colombia).

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