“No quién tendrá más poder, sino quién será capaz de utilizarlo sin olvidar que, detrás de cada cifra, cada territorio, cada algoritmo y cada estrategia geopolítica, seguimos estando los seres humanos.”
Hay fotografías que cuentan mucho más de lo que parece.
Esta semana veremos una de esas imágenes: Donald Trump y Xi Jinping sentados frente a frente en Washington, mientras el mundo observa con atención qué pueden acordar y, sobre todo, qué tan lejos están dispuestos a llegar para defender sus propios intereses.
Xi Jinping acaba de iniciar una visita de Estado a Estados Unidos en la que comercio, inteligencia artificial, seguridad, Taiwán y minerales estratégicos están sobre la mesa. No es una reunión más entre dos presidentes. Es el encuentro de dos potencias que compiten por influencia, tecnología y poder, pero que al mismo tiempo saben que sus economías están profundamente conectadas.
Y mientras ellos se encuentran en Washington, en Nueva York se reúne la Asamblea General de Naciones Unidas.
Dos escenarios distintos, una misma pregunta:
¿Quién va a gobernar el mundo del siglo XXI?
Durante mucho tiempo creímos saber cómo se organizaba el poder mundial.
Había grandes potencias, alianzas, bloques y fronteras bastante claras. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética protagonizaron una confrontación que marcó buena parte del siglo XX. Cuando la Unión Soviética desapareció, muchos llegaron a pensar que el mundo había entrado en una etapa de predominio estadounidense difícil de cuestionar.
Pero la historia no suele pedir permiso para cambiar. China creció.
India adquirió un peso económico y demográfico extraordinario. Europa comenzó a preguntarse cuánto puede depender de otros para garantizar su seguridad. Rusia mantuvo una enorme capacidad militar y energética. Y aparecieron nuevos centros de influencia. Por eso creo que estamos intentando entender el siglo XXI con los mapas mentales del siglo XX. Y eso puede ser un error.
El poder cambió de forma
Antes hablábamos de territorios, después hablamos de petróleo. Hoy tenemos que hablar también de datos, chips, inteligencia artificial, energía, minerales críticos, cadenas de suministro y capacidad tecnológica.
El poder sigue estando en los ejércitos, por supuesto. Pero ya no está solamente allí. También está en aquello que un país puede producir y que los demás necesitan.
Ese cambio puede parecer técnico, pero en realidad es profundamente político.
Pensemos en un teléfono, un automóvil eléctrico, un sistema de defensa, un centro de datos o una aplicación de inteligencia artificial.
Detrás de cada uno existe una compleja red de minerales, energía, semiconductores, software, transporte y conocimiento. Quien controle una parte esencial de esa cadena puede tener una capacidad de influencia que no necesariamente aparece en un mapa militar. Ahí comienza a entenderse por qué la inteligencia artificial se ha convertido en un asunto geopolítico. Estados Unidos y China no solamente quieren desarrollar mejores sistemas de inteligencia artificial.
Quieren evitar quedar detrás del otro. La competencia tecnológica se ha convertido en una competencia económica y estratégica. Los semiconductores avanzados, la capacidad de cómputo y las tecnologías relacionadas con la inteligencia artificial forman parte de esa disputa. Y entonces aparece una frase que parece sencilla, pero que deberíamos tomar muy en serio:
El futuro también se está disputando en los laboratorios.
Taiwán: una isla demasiado importante
En medio de esta historia aparece Taiwán.
Para China, es una cuestión de soberanía y de integridad territorial. Taiwán, por su parte, funciona de manera autónoma y se define políticamente de una forma distinta a la posición de Beijing. Estados Unidos mantiene relaciones no oficiales con la isla y compromisos de apoyo a su capacidad de defensa.
Pero hay algo más. Taiwán ocupa un lugar central en la producción mundial de semiconductores. Eso hace que cualquier tensión en el estrecho de Taiwán deje de ser un asunto exclusivamente asiático. Podría convertirse en un problema para la economía mundial. Y aquí encontramos una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: mientras las potencias hablan de soberanía, seguridad y competencia, sus economías siguen dependiendo unas de otras. Se necesitan. Se vigilan. Se presionan. Negocian. Y compiten. Todo al mismo tiempo.
Eso hace que la relación entre Estados Unidos y China sea mucho más compleja que una simple nueva Guerra Fría. Las guerras ya no se libran solamente con armas Quizás una de las cosas que más me inquieta de este nuevo escenario es que hemos ampliado nuestra idea de lo que significa una guerra. Una guerra puede comenzar con misiles. Pero también puede empezar con un arancel. Puede continuar con una restricción tecnológica. Puede afectar una cadena de suministro. Puede alterar el precio de la energía. Puede limitar el acceso a un mineral estratégico. Puede producir escasez de un componente esencial. Y puede terminar afectando a una persona que nunca ha oído hablar de geopolítica. Porque la geopolítica, aunque parezca lejana, termina llegando a nuestra vida cotidiana.
Llega al precio de los alimentos. Al costo de la energía. A la inflación. Al empleo. A las inversiones. A las tasas de interés. A las oportunidades de nuestras empresas.
Y, en ocasiones, también llega a nuestra mesa.
Mientras tanto, Naciones Unidas pregunta qué estamos haciendo con el poder
Hay algo particularmente simbólico en que esta semana coincidan la reunión de Trump y Xi juinping gcon la Asamblea General de Naciones Unidas. Mientras dos grandes potencias negocian sus intereses, los países del mundo discuten cómo enfrentar problemas que ningún país puede resolver solo. António Guterres ha advertido que las fracturas internacionales se están profundizando y ha identificado cuatro grandes desafíos relacionados con el poder: guerra y paz, desigualdad, cambio climático e inteligencia artificial. También ha advertido que las instituciones internacionales todavía reflejan, en buena medida, una distribución del poder heredada de otra época. Y esta es quizá la parte más difícil de aceptar. El mundo cambió. Pero algunas de sus instituciones no cambiaron al mismo ritmo. Tenemos problemas globales y respuestas que todavía dependen demasiado de intereses nacionales. Tenemos una economía mundial interconectada, pero seguimos tomando muchas decisiones pensando primero en las fronteras. Tenemos una tecnología capaz de cruzar el planeta en segundos, pero nuestras reglas para gobernarla todavía están intentando alcanzarla.
¿Y América Latina?
En este nuevo tablero, América Latina no debería limitarse a mirar.
Nuestra región posee algo que el mundo necesita: alimentos, energía, agua, biodiversidad y minerales estratégicos. Colombia también tiene recursos importantes. Pero tener recursos no significa necesariamente tener poder. Esa diferencia me parece fundamental. Durante décadas, buena parte de América Latina ha vivido una historia conocida: exportamos materias primas y compramos productos con mayor valor agregado. El mundo cambia y nosotros corremos el riesgo de repetir la misma historia con nuevos productos. Antes podía ser el petróleo. Después el carbón. Ahora pueden ser los minerales necesarios para la transición energética o las materias primas que demanda la nueva economía tecnológica.
La pregunta que deberíamos hacernos no es solamente:
¿Qué tenemos para vender?
La pregunta debería ser:
¿Qué podemos construir con aquello que tenemos?
Porque si América Latina continúa siendo únicamente proveedora de recursos, otros seguirán tomando las decisiones estratégicas.
Colombia tampoco está lejos de esta disputa
A veces hablamos de geopolítica como si fuera un asunto reservado para Washington, Beijing, Moscú o Bruselas. No lo es. Colombia tendrá que navegar un mundo en el que Estados Unidos y China seguirán teniendo una enorme influencia, mientras otras potencias buscan ampliar la suya. Y eso exige algo que muchas veces olvidamos: una política exterior que piense más allá de la coyuntura. No se trata de escoger amigos y enemigos. Se trata de entender intereses. De saber qué necesitamos. Qué podemos ofrecer. Qué riesgos tenemos. Y qué oportunidades queremos aprovechar. Un país no tiene que ser una superpotencia para tener una política internacional inteligente. Pero sí necesita saber dónde está parado.
Entonces, ¿quién gobernará el mundo?
Después de mirar todo este escenario, no estoy segura de que la respuesta vaya a ser Estados Unidos. Tampoco creo que podamos afirmar que será China. El mundo parece dirigirse hacia algo más complejo: varios centros de poder compitiendo, negociando y tratando de ampliar su influencia. Quizás esa sea precisamente la característica del siglo XXI. No tendremos un único dueño del mundo. Tendremos múltiples poderes tratando de establecer las reglas. Y ahí está el verdadero desafío.
Porque una cosa es tener poder. Y otra muy distinta es saber qué hacer con él.
Podemos utilizar la tecnología para mejorar la vida de millones de personas o para aumentar las desigualdades.
Podemos utilizar los recursos naturales para generar desarrollo o para repetir viejos modelos de dependencia. Podemos utilizar la inteligencia artificial para ampliar nuestras capacidades o permitir que decisiones demasiado importantes queden fuera del control humano. Podemos utilizar el poder militar para disuadir una guerra o terminar convencidos de que la fuerza es la única manera de resolver los conflictos. Por eso, tal vez la pregunta que deberíamos hacernos no sea solamente quién va a gobernar el mundo. Tal vez sea una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué principios gobernarán a quienes tengan el poder?
Esta semana, mientras Trump y Xi jinping se sientan a negociar, mientras las grandes potencias calculan sus intereses y mientras Naciones Unidas intenta recordar al mundo que la cooperación todavía importa, deberíamos mirar más allá de la fotografía. Porque lo que está en juego no es únicamente quién tendrá más influencia. Está en juego el tipo de mundo que vamos a dejar. Un mundo gobernado por la fuerza. Por el dinero. Por la tecnología. Por la competencia. O un mundo en el que el poder, por grande que sea, tenga límites. Quizás esa sea la verdadera batalla del siglo XXI.
No quién tendrá más poder, sino quién será capaz de utilizarlo sin olvidar que, detrás de cada cifra, cada territorio, cada algoritmo y cada estrategia geopolítica, seguimos estando los seres humanos.














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