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La mentira no está en decadencia; que los mil jesuses nos libren de atribuirle semejante flaqueza. La que anda arrinconada es la mentira antigua: aquella sencilla industria doméstica que se ejercía con una cara seria, dos palabras almidonadas y la esperanza de que el vecino estuviera distraído en menesteres de urgencia.
El mentiroso de antes trabajaba por su cuenta y riesgo. Llevaba la mercancía en la boca: un hábil parloteo, una excusa, un ademán de extrañeza, un testigo sonso, una abuela moribunda, una sortija de cobre dorado, un hábil movimiento de manos y, si el negocio se ponía feo, un santo incumplido al que echarle la culpa y piernas, muchas piernas. Debía tener memoria, virtud indispensable para sostener una mentira. Si aseguraba haber estado en misa, convenía que supiera cuál había sido el evangelio del día; y como necesitaba muchas excusas, le convenía mantener un repertorio nutrido para no repetirlas.
No era un ángel, desde luego. Pero tampoco se daba aires de arcángel. Sabía que estaba haciendo una picardía y procuraba hacerla sin demasiada bulla, con ese andadito sinuoso de los gatos en cornisa. Si lo descubrían, se encogía de hombros, miraba el suelo, inventaba una segunda mentira —que es el recurso natural de la primera— y, si tenía buen juicio, desaparecía por una calle lateral, rozando las paredes, esfumoso. En cualquier caso, no llamaba, como hoy, a tres expertos para demostrar que su versión obedecía a una estrategia de comunicaciones o a una sofisticada operación estadística.
La mentira moderna ha cambiado de persona y ha mejorado de domicilio. La arropó el progreso. Ya no vive en la calle, ni se esconde detrás de una puerta, ni anda furtiva; tiene oficina, café de máquina, reuniones a primera hora y almuerzos de trabajo. Puesto que no se trata de la realidad, no se dicen mentiras: se trabaja en narrativas. No se cambia de versión: se precisa el contexto. No se oculta una cosa: se administra la información. La realidad no es el negocio, socio. Es el relato, estúpido.
La mentira contemporánea exige equipo de trabajo. Uno escribe la frase; otro la adelgaza; un tercero le quita los bordes y la pule; un cuarto la acicala y la barniza; un quinto toma la fotografía; un sexto explica que la fotografía, siendo exacta, no debe tomarse literalmente; y un séptimo escoge, entre todas las fotos, la que mejor se acople al relato y menos al objeto. Antes el pícaro necesitaba una buena cara; ahora necesita una presentación con gráficos y un ayudante que sepa poner las flechas y manejar un puntero láser.
La mentira antigua era de mano, artesanal. Nada fácil el oficio, por supuesto. Pero se resolvía con un movimiento de cejas, un ademán de sorpresa, una cara de desamparo y, ya en el colmo, buenas piernas y un descampado por donde escurrir el bulto hacia el bosque anónimo. La moderna es de fábrica: sale en serie, con buena percha, viene empacada en papel verjurado, trae instrucciones y se distribuye con puntualidad. Aquella podía desbaratarla una vecina de memoria larga o un tendero desconfiado o un maestro suspicaz; esta resiste documentos, grabaciones, testigos, la molestia de los hechos y hasta la ley misma puede serle ocasión y no fastidio.
La transformación fue larga: del pregonero al megáfono. A la mentira antigua, la imprenta le cambió el traje y le dio alas. Hasta entonces dependía de la lengua, que es rápida, pero se cansa; de las piernas, que caen rendidas; y de la memoria, que sirve para mucho, pero es traicionera. El papel le permitió viajar sin el mentiroso, llegar a pueblos donde nadie conocía su cara y repetir una versión hasta que adquiriera ese aire respetable que dan las letras negras sobre fondo blanco. El pasquín, el periódico, el aviso y después la radio hicieron lo suyo: no inventaron la picardía, pero la sacaron de la esquina y le consiguieron audiencia.
La prensa no es, de por sí, una oficina de engaños; decirlo sería tan justo como acusar a la cocina de venenosa, porque también ha sido el lugar donde se han sabido cosas que los poderosos habrían preferido dejar bajo llave. Pero aprendió pronto que una noticia puede ponerse pispa, adelgazar, engordarse o mirarse de perfil. Una verdad en primera página con aire de escándalo hace el ruido de un chisme; y una mentira, impresa con letra seria y acompañada por un señor de corbata, adquiere modales de documento.
Luego llegaron las pantallas, que hicieron a la mentira más fotogénica, y finalmente los algoritmos, que le dieron una rapidez y una amplificación que ni el más aplicado de los pícaros, un Guzmán de Alfarache, habría soñado. El viejo embustero tenía que salir a buscar a su víctima; ahora la visita llega a domicilio, con el nombre, el miedo, los rencores y las sospechas del destinatario ya escritos en el sobre. Más aún: todos, hasta los niños, la cargamos día y noche en el celular. Antes la mentira buscaba público. Ahora el público, sin saberlo, le entrega la dirección. Y de sobra, parece que la mentira de hoy fuera hecha por nuestro dedo índice, cuando en verdad es la mentira quien lo mueve.
La picaresca no desapareció; hizo carrera. Ascendió de la plaza del pueblo, de la tienda y la taberna a la oficina con aire acondicionado, sillón de cuero y caja fuerte al fondo. Conserva el gusto por el atajo, por la palabra torcida y por el bolsillo ajeno, pero ahora se lava las manos antes de tocar el dinero y habla de indicadores. De gamín a catrín. El viejo Lazarillo de Tormes, que no era hombre que desperdiciara una oportunidad, habría mirado aquello con respeto y un poco de envidia. Si lo dejaran entrar.
También el poder ha aprendido el oficio, aunque con la falta de modestia que le es propia. El pícaro de antes procuraba engañar a uno a la vez y salir corriendo. El poderoso aspira a que lo engañado sea multitud y que, encima, lo agradezca. Para eso no necesita mentir con descaro, que es cosa de aficionados como Cosiacas. Al buscón de ahora le basta con decir media cosa, dejar la otra media debajo de la mesa y poner delante una bandera, una cifra, un fajo, una palabra de buen aspecto y un whiskycito. La mentira bien vestida no entra diciendo: “vengo a engañarlos”; entra diciendo: “vengo a explicar”, pisando fuerte con zapatos en cuero de avestruz.
No se vaya a creer, sin embargo, que todo lo reservado es tramposo ni que todo silencio es sospechoso. Hay cosas que se callan por prudencia, por cuidado o porque la lengua, cuando trabaja sin freno pegada a un cerebro parlanchín o carismático, hace más daño que una mala intención. Pero una cosa es guardar una carta y otra repartir una baraja marcada. El secreto protege algo; la mentira de poder suele proteger al que reparte las cartas.
Lo que ya no es mentira, aunque lo desmientan, es que a la gente de hoy no solo le gusta el engaño, la mentira, sino que le mientan. Sabe que le mienten y le gusta que le mientan si la mentira sacia sus deseos.
Quizá por eso da una nostalgia poco edificante la mentira vieja, la de barrio y pueblo. La que se sabía mentira. Era sincera, al menos en un sentido: sabía que podía ser alcanzada y apresada por la realidad. La nueva, en cambio, no aspira a huir de ella. Aspira a contratarla.














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